Esa misma noche acondicionamos a toda prisa el viejo cobertizo del jardín trasero de casa. Hubo que vaciarlo de trastos y realizar una limpieza a fondo. Después llevamos la cama donde solían dormir los abuelos cuando venían de visita, además de una silla, una mesita de noche, una lámpara de pie y una estufa. Todas cosas que no utilizábamos y que habían estado guardadas en el sótano desde hacía años. El cobertizo era pequeño y un tanto espartano, pero aun así resultaría cálido y acogedor para la anciana, pues la mantendría a cubierto de las inclemencias del exterior. Papá ni siquiera se olvidó de su carrito. Podía parecer atestado de basura, pero sin duda era muy valioso para ella.
En un principio mamá manifestó sus dudas al respecto, en verdad no sabíamos nada acerca de aquella mujer, tampoco encontramos a nadie que fuera capaz de decirnos quién era. Sólo una vagabunda desconocida, sin pasado y sin nombre, que un día apareció como por arte de magia. Sin embargo mamá siempre había confiado en papá, lo consideraba el hombre más justo y más bueno sobre la faz de la Tierra, incapaz de hacer nada que pudiera perjudicarnos. Tras discutirlo durante más de una hora ambos acordaron que nos ocuparíamos de la anciana, pues estaban convencidos que no viviría demasiado.
Mi hermana mayor, Sandra, no se lo tomó nada bien. Estaba en esa edad rebelde en la que contravenir los deseos o imposiciones de los progenitores resulta casi una obligación, por lo que no tardó en manifestar su profundo descontento.
-¡Eres un bobo ingenuo papá! - protestó airadamente - ¿Qué diablos vamos a hacer con esa vieja chiflada? ¡Pero si tan siquiera tienes la menor idea de quién es! ¡A mí no me vais a liar en esto, no pienso lavarla, ni llevarla al baño ni ninguna de esas mierdas!
A lo que mamá contestaba con calma:
-No hables así de tu padre y haz el favor de ponerte en el lugar de los demás. Dios no quiera que un día acabemos como esa mujer. Es horrible terminar tus días completamente solo y sin hogar, sin tener a alguien a tu lado para que te eche una mano cuando más lo necesitas. Sentir compasión hacia el que sufre, procurar aliviar su dolor aun cuando sea un simple desconocido, es una de las cosas que nos hace humanos.
Siempre he dado las gracias por tener unos padres como los que tuve, a veces pienso que es casi imposible que existieran unos mejores. Supongo que muchos otros piensan eso mismo en relación a los suyos, después de todo te dieron la vida e hicieron lo imposible para que lograras salir adelante. Pero por aquel entonces yo no tenía forma de saber lo que me depararía el futuro y, al igual que mi hermana, de entrada no acepté de buen grado la decisión de acoger en casa a una extraña. Si no lo manifesté tan abiertamente como ella fue porque quise darle un voto de confianza a papá.
Confieso que la vieja vagabunda me daba miedo al principio. No me agradaba su olor a decrepitud, la fealdad de su vejez y de las cicatrices que surcaban su arrugado y consumido cuerpo, sus sucias ropas que finalmente terminamos quemando y mucho menos aquella mirada casi vacía y sus incomprensibles soliloquios. Tal vez me recordaba demasiado a las brujas malvadas de los cuentos infantiles, esas que encerraban a los niños en jaulas para cebarlos como marranos y después comérselos. Pero casi desde el primer momento pude percibir algo más en ella, algo misterioso, una fuerza ignota y al mismo tiempo irresistible. No era una chiflada sin hogar más, escondía numerosos secretos y, a pesar del temor, me moría por descubrirlos. Sandra se burlaba de mí cuando manifestaba estos presentimientos, asegurando que, como todos los mocosos de mi edad, dejaba volar demasiado la imaginación. No había misterios, sólo una vieja senil delirando al final de su vida.
Las semanas fueron pasando y, poco a poco, nos fuimos acostumbrando a la presencia de nuestra huésped en el cobertizo. Papá consiguió medicinas y, a pesar de que la anciana comía más bien poco, su estado de salud mejoró visiblemente. La atención médica, el reposo, un mayor higiene y tener un lugar abrigado en el que dormir, habían producido efectos casi milagrosos. Pronto comenzó a pasar más y más tiempo fuera de la cama, a dar pequeños paseos y a no necesitar tanta ayuda para asearse, vestirse o comer.
Pero lo más sorprendente de todo fue que la recuperación llegó también a su mente. De no saber dónde se encontraba y ser incapaz de reconocer a nadie, pasó rápidamente a estar bastante lúcida la mayor parte del tiempo. Todavía tenía bastantes lagunas, pero incluso así fue posible mantener conversaciones coherentes con ella. No tardó en agradecernos encarecidamente lo que habíamos hecho, aunque no sabía de qué forma podría compensárnoslo, a lo que papá y mamá respondieron que no suponía ninguna carga y que podía quedarse en el cobertizo todo el tiempo que quisiera. Bien sabían que aquella desdichada no tenía donde ir y que las almas caritativas no abundaban tanto como les gustaría.
Así fue como la fuimos conociendo un poco mejor al tiempo que ella nos conocía también a nosotros. Dejé de tener tantas reservas y me atreví a charlar con ella, al principio sólo de cosas banales y no especialmente interesantes. Comenzó a sonreír y a saludarme con cierto afecto cuando me veía aparecer y, sin que apenas me diera cuenta, un singular vínculo se estableció entre ambos. Yo seguía siendo un niño como cualquier otro del vecindario. Iba al colegio y tenía mi círculo de amigos, con los que jugaba al terminar las clases, asistía a la iglesia junto a mi familia todos los domingos y, al fin y al cabo, llevaba la vida habitual de alguien de mi edad. Pero ahora alguien más había entrado en mi vida, no era una sustituta de esos abuelos que perdí siendo mucho más pequeño o a los que nunca llegué a conocer, aquella relación prometía ser distinta y quizá también mucho más fascinante.
Papá y mamá no censuraron esta aproximación, más bien al contrario les sorprendió agradablemente que quisiera atender a una anciana necesitada. Ellos se debían a sus respectivos trabajos y obligaciones y muchos días apenas sí tenían tiempo para nada más. Conversaban con la mujer siempre que podían y, de forma un tanto poética, papá comenzó a llamarla la Peregrina, pues a pesar de todo seguíamos sin saber su verdadero nombre. Al intentar sonsacarla ella siempre replicaba desviando el tema de conversación o mostrando su agradecimiento con frases como:
-He sido realmente afortunada al dar con una familia tan maravillosa como la suya. Se encuentran además en un marco incomparable, esta villa parece como suspendida en el tiempo. Una escena costumbrista que bien podría pertenecer a otro siglo ya lejano.
A lo que papá respondía con una sonrisa e indicando que aquella era mayormente una comunidad sencilla compuesta por gente honrada y muy pegada a sus tradiciones. Sin duda la anciana era mucho más dura de roer de lo que aparentaba y guardaba los secretos de su pasado con el mismo celo que los viejos, y en apariencia inútiles, trastos de su carrito. A pesar de ello todos empezamos a sentir cierto afecto por ella. Todos salvo mi hermana Sandra, que siempre la miraba con desdén y apenas sí le dirigía la palabra. Nunca dejó de verla como una gorrona que había venido a aprovecharse del buen corazón de unas personas honestas y tal vez demasiado blandas.
***
Recuerdo perfectamente el día en que todo empezó. Fue poco después del fin de las vacaciones de Navidad, hacía muchísimo frío y la nieve lo había cubierto todo provocando un montón de complicaciones. La Peregrina, como así terminamos llamándola todos, se había sentido indispuesta unos días antes. Por ese motivo decidió guardar cama y yo acudía con mayor regularidad para atenderla en lo que pudiera necesitar. Por entonces ya me había acostumbrado a escuchar sus historias, eran entretenidas y extrañas y mamá solía decir que sólo eran cuentos que ella me relataba porque le agradaba mi compañía. La anciana aseguraba haber vivido toda clase de aventuras a lo largo de sus innumerables viajes, una larguísima vida recorriendo el mundo entero de país en país. De vez en cuando su ánimo se ensombrecía al recordar y regresaba temporalmente al ensimismamiento, como si una parte de su pasado fuera demasiado oscura, demasiado dolorosa, como para mostrarla a un niño de nueve años y a su amable familia.
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