Luis Alfonso Zamorano López - Ya no te llamarán abandonada

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Estrella lloraba sin parar, no lograba articular palabra. Intentaba contar cómo, de pronto, había sido asaltada violentamente por los tristes y dolorosos recuerdos de su infancia, que habían sobrevenido inesperadamente y despertado una tormenta en su alma. Treinta años hacía ya que Estrella sufrió su primer abuso sexual por parte de un familiar, cuando tenía precisamente cinco añitos, los mismos que ahora cumplía su sobrina; la fiesta de cumpleaños de su adorada sobrina le hizo revivir en segundos aquella tarde fatídica en que fuera hecha pedazos su inocencia. Estrella, y Julia, y otros muchos están presentes a lo largo de este libro. Las heridas están curadas, pero las cicatrices siguen supurando. Hay mucha y excelente literatura en cuanto a las consecuencias psicológicas que provoca el abuso y los caminos de terapia y reparación. Pero esos textos no están muchas veces al alcance del público general; están pensados para psicólogos, jueces, abogados, forenses, psiquiatras… pero no para el panadero, el albañil, la pescadera o la peluquera, o el catequista. Este libro pretende transmitir un conocimiento y unas herramientas que sean asequibles a todos. Si algo puede ayudar a alguien a comprender su drama y su conmovedora lucha a lo largo de toda su vida, ya merece la pena. Ojalá contribuya a ese anhelo que tenemos como Iglesia de pasar de la cultura del abuso y del encubrimiento a la del cuidado y la protección. «La envergadura del drama de los abusos sexuales está reclamando una mirada humanizada. Echaba yo en falta voces de esperanza para las diferentes personas implicadas. Luis Alfonso nos muestra que hay esperanza», señala, en el prólogo, José Carlos Bermejo.

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Personalmente, al igual que muchos, no pude menos que sentirme perplejo, dolido y contrariado ante lo que consideraba una metedura de pata descomunal. La visita a Chile terminaba de la peor manera, dejando un triste y amargo sabor, y sintiendo que había sido una preciosa oportunidad desperdiciada. El mismo cardenal de Boston, Sean Patrick O’Malley, presidente de la Pontificia Comisión para la Protección de Menores, afirmó no poder «explicar por qué el Santo Padre eligió las palabras particulares utilizadas en ese momento», e hizo público un comunicado manifestando su desconcierto y desaprobación, asegurando que las palabras del papa fueron «fuente de gran dolor para los supervivientes de abuso sexual, porque transmiten el mensaje de que, “si no puedes probar tus reclamaciones, entonces no se te creerá”; así se abandona a quienes han sufrido violaciones reprensibles de su dignidad humana y se los relega al exilio desacreditado» 5.

Menos mal que el papa Francisco supo reconocer su error y pedir perdón con gestos y hechos más que con palabras compungidas. En su misiva a los obispos de Chile, después de recibir el informe con las conclusiones de la investigación realizada por el arzobispo de Malta, Charles Scicluna, Francisco reconoce «haber incurrido en graves equivocaciones de valoración y percepción de la situación, especialmente por falta de información veraz y equilibrada. Ya desde ahora pido perdón a todos aquellos a los que ofendí, y espero poder hacerlo también personalmente» 6.

Después del encuentro con las víctimas escribe una preciosa y sentida Carta al pueblo de Dios que peregrina en Chile, que no tiene desperdicio. En ella vuelve a insistir en el reconocimiento de su culpa:

Creo que aquí reside una de nuestras principales faltas y omisiones: el no saber escuchar a las víctimas. Así se construyeron conclusiones parciales a las que les faltaban elementos cruciales para un sano y claro discernimiento. Con vergüenza debo decir que no supimos escuchar y reaccionar a tiempo. […] Como Iglesia no podíamos seguir caminando ignorando el dolor de nuestros hermanos. Luego de la lectura del informe quise encontrarme personalmente con algunas víctimas de abuso sexual, de poder y de conciencia, para escucharlas y pedirles perdón por nuestros pecados y omisiones» 7.

En los múltiples encuentros con mis amigos chilenos, algunos me expresan que no están de acuerdo con que el papa haya recibido en Santa Marta a las víctimas del P. Fernando Karadima: «Son unos oportunistas […] han escupido mucho veneno y sembrado cizaña, y lo que buscan es hacer leña del árbol caído». Tal vez haya algo de razón, pero no soy quién para juzgarlo. Además, parece comprensible que la expresión de su rabia y su dolor no siempre haya sido serena y pacífica. Han sido muchos años de humillación, de llevar en soledad absoluta su vergüenza y, sobre todo, de encontrarse con la indolencia y negligencia de una Iglesia que tardó en creerles y escucharlos. Por mi parte, les digo a mis amigos que a mí sí me parece un gesto reparador y oportuno y que hemos de comprender, que, hagamos lo que hagamos, jamás llegaremos a reparar del todo su dolor. Nunca será suficiente. La herida es de tal proporción, ha corroído tantos años su existencia, les ha marcado tan profundamente, que jamás como Iglesia llegaremos a honrar suficientemente su dolor. Esto aún nos cuesta mucho digerirlo como Iglesia y como sociedad.

Llego a casa, entro en la capilla y dejo que ante la presencia de Jesús afloren los rostros, las conversaciones, los encuentros. De todos ellos voy sacando la conclusión de que tanto los creyentes y comprometidos como los alejados e indiferentes no llegamos todavía a comprender con el corazón el drama de las víctimas y a hacernos cargo de su sufrimiento. Y una voz me susurra en el silencio de la noche: «¿Por qué no te animas, desde tu experiencia de acompañamiento a las víctimas, a escribir algo que ayude a entender las causas, la dinámica, las características y las consecuencias del abuso sexual?»

Me hago el remolón, me resisto. Pero me encuentro con Julia y me cuenta su historia. Fue violada desde los 8 años por un amigo muy cercano de la familia. Esto sucedía cada vez que iban de vacaciones al pueblo de sus padres. Cada vez que llega el verano es un suplicio para ella: solo pensar en pisar la casa del pueblo la angustia sobremanera. Las vacaciones son la ocasión para juntarse como familia todos los hermanos. Pero ella, que está casada y tiene tres niñas, no se siente con fuerzas de volver a la escena del crimen. Así que tiene que dar un montón de explicaciones, inventarse enfermedades, alergias en las niñas, etc. Todo son excusas para no ir al pueblo. Su familia sospecha. No entienden su reticencia; no comprenden su aislamiento; la última vez solo fue el marido con las niñas, cosa que igualmente aterraba a Julia. Ella se asombra de que, a pesar de haber pasado más de treinta y cinco años, aun no pueda siquiera pisar el pueblo. Como las excusas se acaban y la incomprensión aumenta, decide, con mucho susto, contar su historia. Nunca sospechó el tsunami que generaría su revelación. Ni sus padres, ni sus hermanos, ni siquiera su marido, con quien ya llevaba más de quince años, sabían nada. Nunca se lo habrían imaginado. En vez de recibir compasión, apoyo y abrazos recibió recriminación y cuestionamientos: «¿Por qué no lo dijiste antes? ¿Por qué ahora…? ¿Cómo no tuviste confianza en mí…? ¿Cómo sé que no tienes otros secretos que contarme? ¿Te das cuenta de que así has amargado la vejez a los papás? ¿Qué consigues con contarlo ahora…? ¡Solo hacer sentirse culpable a tus padres…!». Julia se queda abrumada, desconcertada; comienza a dudar muy seriamente de si mejor tenía que haberse llevado su secreto a la tumba. Las recriminaciones van aún más allá: «A lo mejor fuiste tú la que lo provocaste». ¿Cómo era posible? No solo la criticaban por haber abierto su historia, sino que además la acusaban. Y, para rematar, no faltó quien no la creyera: «Para mí que se ha inventado esta historia…», «siempre buscando llamar la atención». Julia sigue adelante; tiene la certeza de que ha hecho lo correcto, pero la incomprensión de los suyos ha ahondado más aún su soledad y su dolor. Lamentablemente, sus temores se han cumplido. Los comentarios y reacciones la han herido profundamente. Ella no usa esta palabra, pero lo que le ha sucedido se llama revictimización.

La historia de Julia me da el impulso definitivo. Me doy cuenta, una vez más, de la gran ignorancia que hay respecto al abuso, su dinámica y sus consecuencias. Es un tema desconocido; Tal vez ya no es tabú, como años atrás, pero, cuando se opina sobre él, suele hacerse desde mucha superficialidad. Y cuando se habla y es tratado por los medios, muchas veces se hace más desde el morbo y el deseo de conquistar audiencias o lectores –o por resentimiento hacia la Iglesia– que desde una verdadera preocupación por las víctimas. Me anima pensar que tal vez escribir algo sencillo, asequible y entendible por todos, donde se dé espacio para entender el drama y el combate contado por las mismas víctimas, puede aportar un granito de arena en la prevención y acompañamiento de los supervivientes. Sé que hay mucha y excelente literatura en cuanto a las consecuencias psicológicas que provoca el abuso y los caminos de terapia y reparación. Pero estos manuales y escritos no están muchas veces al alcance del público en general; están pensados para psicólogos, jueces, abogados, forenses, psiquiatras… pero no para el panadero, el albañil, la pescadera o la peluquera, o el catequista… Mi idea al escribir esto es transmitir un conocimiento y unas herramientas que sean asequibles a todos. Por intentarlo que no quede. ¡Se lo debo a ellos! Me mueve la profunda admiración que siento hacia estos hermanos y hermanas. Y si algo puede ayudar a alguien a comprender su drama y su conmovedora lucha a lo largo de toda su vida, creo que ya merece la pena. Bienvenido el intento si contribuye a ese anhelo que tenemos como Iglesia de pasar de la cultura del abuso y del encubrimiento a una cultura del cuidado y la protección 8.

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