Pero ¿qué pasaría si viviéramos en una sociedad sin normas? La primera reacción que tienen algunos de los niños de la novela El señor de las moscas, del británico galardonado con el Premio Nobel de Literatura en 1983 William Golding (1911-1993), cuando, después de un accidente aéreo, caen en una isla desierta y se dan cuenta de que están solos, es la de gritar con júbilo: «¡Ni una persona mayor!». No hay autoridad, pueden hacer lo que quieran. Se sienten libres. Pero pronto se darán cuenta de que necesitan organizarse de modo que puedan sobrevivir y conseguir ser rescatados. Y para ello necesitan acordar unas reglas. Si no lo consiguen, no serán más libres, no podrán decidir cómo vivir, pues el grupo más fuerte se impondrá a los demás usando la violencia.
Como decía Aristóteles, otro filósofo griego que vivió en el siglo IV a. C., discípulo de Platón, lo que es propio de los seres humanos frente al resto de los animales es que poseemos el sentido de lo bueno y lo malo, de lo justo y lo injusto, y las demás apreciaciones. Para vivir como humanos necesitamos vivir con los demás, y para que nuestra convivencia sea buena debemos establecer normas, debemos darnos leyes justas. Por ello, cuando justificamos una acción y la elegimos entre varias opciones, la presentamos como justa, como buena.
Pero ¿qué entendemos por «bien»? ¿Cuándo decimos de algo que es «bueno»? Por supuesto, no es mi intención dar aquí una definición de estos términos con la pretensión de que sea aceptada universalmente. Nos fijaremos en algunos de los usos que damos a estas palabras y en el significado que tienen en cada uno de ellos. En general, decimos que algo es bueno cuando lo deseamos o lo necesitamos para conseguir otra cosa. Cuando tenemos sed, por ejemplo, el agua es un bien muy apreciado. Cuando tengo que hablar con alguien que no está a mi lado, el teléfono es un bien, porque es un medio apropiado para conseguir el fin que me propongo. Y, según el propio Aristóteles, hay bienes que deseamos por sí mismos y no como medios para conseguir otra cosa, como la felicidad. No tendría sentido, entonces, la pregunta de para qué quieres ser feliz, pues conseguir la felicidad sería, según él, un fin último.
También decimos que algo está bien cuando es correcto, teniendo en cuenta algunos criterios de carácter objetivo. Así, por ejemplo, decimos que la resolución de un problema matemático está bien si se ajusta a unas determinadas reglas. También decimos que una acción es correcta si se ajusta a determinadas normas o códigos de conducta vigentes en una sociedad y en un momento dado.
Cuando antes de salir de casa le pregunto a alguien si voy bien y me contesta afirmativamente, entiendo que me he vestido y arreglado apropiadamente para la actividad que voy a realizar. En este caso, el significado que damos a la palabra «bien» equivale a «idóneo», «apropiado».
Decimos también que «bien» es aquello que es perfecto en su género. De este modo diremos que un buen zapatero, por ejemplo, es aquella persona que hace bien los zapatos. Y, en este sentido, podríamos afirmar también que un buen ser humano, una buena persona, es aquella que vive como lo que realmente es, como persona.
En términos generales se dice que una acción es buena cuando se conforma o se ajusta a una norma o conjunto de normas reconocidas como válidas. Las normas nos indican lo que debemos hacer en determinadas circunstancias. Las normas se basan en criterios generales o valores que los seres humanos reconocemos y establecemos para ordenar nuestra convivencia y posibilitar el respeto de los derechos que tenemos. En este sentido, podemos decir que los deberes son la otra cara de los derechos: todo derecho implica el deber de respetarlo.
Hay diferentes clases de normas, dependiendo de su origen y del tipo de bien que con ellas se pretende alcanzar:
1. Hay normas de tipo social, como las que se basan en las costumbres o tradiciones de una sociedad, las que rigen los buenos modales o las conductas socialmente aceptables en una sociedad determinada. El cumplimiento de estas normas nos facilita ser aceptados como miembros de un grupo social.
2. Las normas legales tienen como finalidad regular la convivencia de los miembros de una sociedad determinada. Proceden de una autoridad reconocida como tal, capaz de sancionar su incumplimiento. De este modo, si una persona quebranta una ley, se expone a ser castigada por la autoridad competente.
3. Los seres humanos nos damos también otras normas que se basan en el tipo de persona que queremos ser y del mundo que queremos construir. Estas son las normas morales, normas cuyo cumplimiento nos permite ir realizándonos como buenas personas. Estas normas se basan en el reconocimiento y respeto de los derechos que la persona tiene como tal y de su dignidad, que es su fundamento. El incumplimiento de una norma o deber moral es sancionado por nuestra conciencia moral.
Las normas morales y, en parte, las normas sociales tienen también una dimensión de descubrimiento. A lo largo de la historia, los seres humanos vamos descubriendo como resultado de un largo proceso evolutivo aquellos modos de convivencia que nos permiten vivir mejor y respetar los derechos que vamos descubriendo que tenemos como personas. Al mismo tiempo vamos descubriendo y tomando conciencia también de las obligaciones que tenemos de cuidar la herencia cultural que nos han dejado las generaciones anteriores y el medio natural en que vivimos.
Hay que tener en cuenta que hay normas que pertenecen a más de un grupo. Así, por ejemplo, la norma que nos obliga a respetar la vida de los demás es de carácter legal y moral. Una acción también puede ser considerada legal y al mismo tiempo inmoral, como es el caso de la pena de muerte, que en algunos países es considerada legal en determinadas circunstancias, mientras que en otros está abolida porque se considera que viola el derecho a la vida que todos los seres humanos tenemos por ser personas. Por otro lado, no hay que confundir legalidad con legitimidad. La acción que está de acuerdo con la ley es legal, mientras que la ley que va en contra de los valores que se aceptan como normativos en la propia legislación o en contra de los derechos humanos es ilegítima.
A veces nos encontramos con el dilema de si tenemos que obedecer antes la ley de la ciudad o la propia conciencia cuando estas se contradicen. Antígona, la protagonista de la tragedia de Sófocles (496-406 a. C.) del mismo nombre, era hija de Edipo, rey de Tebas, y de Yocasta. Cuando el trono de Tebas queda vacío, los hermanos de Antígona, Polinices y Eteocles, acuerdan que se turnarían el gobierno de la ciudad cada año. Pasado el primer año, Eteocles no quiso ceder el gobierno a Polinices, quien, con un ejército extranjero, lucha contra su hermano y los tebanos. Ambos se dieron muerte mutuamente en la batalla, pero fueron los tebanos quienes ganaron la guerra. Creonte, entonces rey de Tebas, prohíbe hacer ritos fúnebres al cuerpo de Polinices, como castigo ejemplar por traición a su patria. Antígona desobedece la orden del rey y entierra a su hermano para honrarlo. Cuando es llevada ante Creonte, explica que ha desobedecido debido a que las leyes divinas prevalecen sobre las leyes humanas. Antígona está orgullosa de su decisión y acepta las consecuencias trágicas que le acarreará su desobediencia.
Podríamos decir que Antígona, al negarse a cumplir las leyes de la ciudad porque se oponían a su conciencia, a lo que ella creía que era lo correcto, estaba cometiendo lo que ahora se llama un acto de desobediencia civil. En 1848, el estadounidense David Thoreau dio una conferencia en el Concord Lyceum David Thoreau, en la cual exponía los principios de la desobediencia que él mismo puso en práctica dos años antes al negarse a pagar los impuestos a un Estado que protegía la esclavitud y emprendía guerras injustificadas, como la que entonces se estaba llevando a cabo contra México. Thoreau revisó esa conferencia y la convirtió en un ensayo, publicado en 1849, titulado Resistencia al gobierno civil, también conocido como Desobediencia civil.
Читать дальше