Mito de Prometeo: ¿cómo nos ajustamos al mundo en que vivimos?
Platón, un filósofo griego que vivió en los siglos V-IV a. C., en su diálogo Protágoras nos cuenta que, cuando se generaron las distintas especies animales, los dioses encargaron a Prometeo y Epimeteo que las revistiesen de facultades para poder sobrevivir. Epimeteo se encargó de hacer la distribución, que sería revisada después por Prometeo. A unas especies las dotó de fuerza, pero no de rapidez, que la entregó a las especies más débiles. A otras les proporcionó armas, mientras que a las más débiles les dio lo que necesitaban para poder defenderse. A las que daba un cuerpo pequeño las dotó de alas para huir o de escondrijos para esconderse, en tanto que a las que dio un cuerpo grande, precisamente mediante él las salvaba. De este modo equitativo fue distribuyendo las restantes facultades, tomando la precaución de que ninguna especie fuese aniquilada. Cuando les suministró los medios para evitar las destrucciones mutuas, ideó defensas contra el rigor de las estaciones enviadas por Zeus: las cubrió con pelo espeso y piel gruesa, aptos para protegerse del frío invernal y del calor ardiente, y, además, para que, cuando fueran a acostarse, les sirviera de abrigo natural y adecuado a cada cual. A continuación suministró alimentos distintos a cada especie. En una palabra, Epimeteo distribuyó a los individuos de cada especie lo que necesitaban para adaptarse al medio en que tenían que vivir y poder sobrevivir. Por ello podemos decir que los individuos de cada especie nacen adaptados al medio en que han de vivir.
Cuando Epimeteo terminó de repartir todas las facultades que tenía entre las especies animales, se dio cuenta de que ya no le quedaba ninguna para otorgársela a los seres humanos, los cuales se quedaban desnudos, inermes, incapaces de vivir adaptados a ningún medio. Prometeo roba entonces a Hefesto y a Atenea la sabiduría de las artes junto con el fuego (ya que sin el fuego era imposible que aquella fuese adquirida por nadie o resultase útil) y se la ofreció como regalo al ser humano. Con ella recibió este la sabiduría para conservar la vida, pero no recibió la sabiduría política, ya que esta estaba en poder de Zeus, y a Prometeo no le estaba permitido acceder a la mansión del padre de los dioses, en la Acrópolis. De este modo, los seres humanos reciben los recursos necesarios para poder vivir. Al participar de la sabiduría divina, el hombre es el único animal capaz de inventar el lenguaje y las herramientas materiales y conceptuales que le permiten construir vestido, calzado, vivienda..., es decir, todo lo necesario para poder sobrevivir en medios diferentes. Pero no eran capaces de vivir juntos, buscaban la forma de reunirse y de salvarse construyendo ciudades, pero, una vez reunidos, se ultrajaban entre sí por no poseer el arte de la política, de modo que, al dispersarse de nuevo, morían. Entonces Zeus, temiendo que nuestra especie quedase exterminada por completo, envió a Hermes para que llevase a los hombres el pudor y la justicia, a fin de que rigiesen en las ciudades la armonía y los lazos comunes de amistad. Y estas virtudes, que podemos llamar éticas, fueron entregadas a todos los seres humanos, porque eran necesarias para la construcción de las ciudades políticamente constituidas (las polis).
Podemos concluir de este relato que los animales nacen, de alguna manera, ajustados biológicamente al medio físico en que viven, mientras que los seres humanos, al no nacer ajustados, tenemos que ser nosotros mismos los que nos ajustemos, los que convirtamos el medio en que vivimos en un mundo, es decir, en un espacio ordenado por leyes y valores, justo y bello.
En la medida en que los animales no humanos nacen adaptados al medio en que viven, gracias a su estructura biológica, podemos decir que su vida les viene dada de antemano. Sin embargo, los seres humanos tenemos que adaptarnos y, para ello, debemos elegir qué hacer con nuestra vida. Por supuesto, nuestra conducta, en parte, está condicionada por nuestra biología y por el medio natural y social en que vivimos. Así, por ejemplo, sabemos que para seguir viviendo debemos alimentarnos correctamente. Pero cada uno de nosotros tenemos que pensar y decidir sobre lo que queremos hacer con nuestra vida, pues esta no nos viene dada de antemano, la tenemos que construir nosotros.
Y si no nacemos ajustados a un medio, entonces tenemos que elegir qué hacer en determinadas ocasiones y qué hacer con nuestra vida, teniendo siempre en cuenta las circunstancias en que nos encontramos. Y si tenemos que elegir entre varias posibilidades y tomar decisiones, entonces hemos de ser capaces de justificar nuestra elección ante nosotros mismos y ante los demás, que pueden pedirme razones de mi conducta. Al elegir tenemos que ser capaces de justificar nuestras acciones, hemos de ser capaces de responder ante nosotros mismos o ante los demás de nuestra elección. En esto consiste la responsabilidad, en la capacidad y obligación que tenemos de responder del porqué de nuestras decisiones y de asumir sus consecuencias.
De todo ello podemos deducir que, en parte, somos responsables de nuestra vida, y, por lo tanto, con frecuencia nos preguntamos qué estamos haciendo con ella. ¿Qué estoy haciendo con mi vida? ¿Es la mía una buena vida? ¿Merece la pena vivir así? Estas preguntas suponen que cabe la posibilidad de vivir de otro modo, que es posible darle otra orientación a mi vida. Que puede haber un desfase entre cómo es mi vida y cómo debe ser.
¿Y si no coinciden lo que es y lo que debe ser?
Del hecho de que el ser humano tienda a la felicidad ¿se deduce que yo, que soy un ser humano, debo buscar la felicidad? Del hecho de que sea un ser racional ¿se deduce que debo comportarme como ser racional? Del hecho de que los seres vivos nazcan, crezcan, se reproduzcan y mueran ¿se deduce que yo debo reproducirme? En estas preguntas se plantea si a partir de juicios de hechos, de juicios que nos dicen cómo son las cosas, pueden deducirse imperativos morales que nos dicen cómo debemos obrar.
Según algunos filósofos, estos razonamientos no son correctos, son falaces, pues en ellos se pasa injustificadamente del orden del ser (juicios de hechos) al orden del deber ser (imperativos). De cómo son las cosas no se puede deducir, dicen ellos, cómo deben ser.
Kant, uno de los filósofos más importantes de la filosofía moderna, que nació en 1724 en Königsberg, capital de Prusia oriental, en un bello texto dice que hay dos cosas que le producen total admiración y respeto: «El cielo estrellado sobre mí y la ley moral en mí». La primera se refiere al lugar que ocupa en el mundo sensible, y se ve como una criatura animal en una pluralidad de mundos sobre mundos. La segunda le hace tomar conciencia del valor infinito que tiene como ser inteligente, pues la ley moral le descubre una vida independiente de la animalidad y de todo mundo sensible, en la medida en que esa ley no está condicionada por los límites de esta vida, sino que lo proyecta al infinito.
Es muy importante distinguir entre el ámbito del ser y el ámbito del deber ser, entre lo que hago y lo que debo hacer, ámbitos que, con frecuencia, no coinciden. No siempre es fácil responder a las preguntas que se refieren al deber ser. Kant decía que una de las misiones de la filosofía consiste en responder desde la razón a la pregunta: «¿Qué debo hacer?». Para responder a esta pregunta nos puede ser útil, en ocasiones, acudir al derecho, a las ciencias biológicas, psicológicas, sociales, etc., pero, en último término, nos encontramos con una pregunta abierta, de carácter filosófico. La rama de la filosofía que se ocupa de pensar esta pregunta y otras relacionadas con ella es la ética o filosofía moral. Posteriormente intentaremos aclarar estos conceptos.
Читать дальше