Sònia Borràs - 365 días para cambiar
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Un accidente muy grave, la pérdida de un ser querido y el querer avanzar y ser fuerte hicieron que durante ese año su vida cambiara día tras día.
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Hay varias personas que me están atendiendo y no he procesado nada. A veces siento que me ahogo, sobre todo cuando en un reflejo inconsciente intento levantarme de la camilla, pero alguien me lo impide. Temo por mi vida y siento que, por un tiempo, deberé dejar mi mundo en un segundo plano. Estoy sumergida en un estado en el que me siento levitando, escucho voces distorsionadas, alguien me pregunta algo, oigo que me pregunta si recuerdo algún número de móvil. Me esfuerzo por recordarlo, pero no sé cuántos segundos o minutos pasan hasta que recuerdo el número de casa de mis padres. En cuanto asumo que puedo hablar, aunque apenas reconozco mi voz quebrada a causa de las lágrimas, indico el teléfono de mis padres, y nuevamente vuelvo a escuchar voces a mi alrededor. Estoy nerviosa, intranquila. No logro ser consciente de nada, solo veo a gente que corre en varias direcciones, lo único que escucho son frases a medias. Y entonces por fin me desvanezco, cayendo en brazos de la oscuridad.
Al abrir los ojos, he perdido toda noción de tiempo; no puedo decir exactamente si aún estoy a día diez de junio o si ya ha pasado una semana. Lo único que reconozco es el lugar en el que me encuentro: estoy en el hospital. Entre las paredes frías de la habitación, pienso en por qué he llegado aquí. ¿Qué me ha llevado a estar inmovilizada? Seguramente me han dado alguna medicación, algún sedante para que esté tranquila y a la vez solo tenga recuerdos confusos. No siento nada, ni dolor ni alegría, y tampoco recuerdo qué fue lo último que pasó antes de que todo quedase reducido a la más absoluta nada. Por momentos me siento calmada, en paz, sedada por todos los calmantes fluyendo por mis venas, sé que todo este estado ha sido inducido y por lo tanto es falso; aun así, con toda la nube de reposo envolviéndome no puedo evitar llorar de sufrimiento, de saber que sea como sea mi vida a partir de ahora va a cambiar. Y tengo miedo.
Mi llanto alarma a las enfermeras, que entran apresuradamente en la habitación. Preparan más calmantes, veo jeringas y agujas que dejan sobre la cama y botes de medicamento, quiero decirles que no necesito nada, que solo quiero saber qué ha pasado y salir de esta constante incertidumbre, pero no tengo fuerzas ni siquiera para preguntar. Se acercan a mí y me preguntan si me duele algo. Les respondo que no, a decir verdad, solo me duele la cabeza y queman en mí las ganas de saber qué ha ocurrido. Una de las enfermeras me pone más medicación a través del gotero y me dejan navegando entre mis pensamientos hasta que unos leves toques en la puerta me hacen volver a la realidad. Veo llegar a mis padres. Mi madre tiene los ojos inyectados en sangre, pero intenta mostrarse fuerte. En cambio, es mi padre quien refleja mayor sufrimiento en su rostro. Cuando se acercan a la cama les pregunto qué me ha pasado. Se muestran reticentes a decirme qué ha pasado, y no se sorprenden que no recuerde nada de lo sucedido o vivido en las últimas veinticuatro horas o las que sea que hayan pasado.
Es mi madre quien se atreve a hablar después de algunos segundos de miradas furtivas entre ellos. Como si estuvieran sopesando quién será el primero en hablar.
—Has tenido un grave accidente de coche, Elise. Nos han llamado a las dos y diez de la madrugada, al parecer a la hora en la que salías de la fiesta. Un coche que iba a mucha más velocidad que el tuyo ha provocado un fuerte choque. El conductor del otro automóvil ha salido ileso, en cambio, hija, es un milagro que tú no estés muerta —algunas lágrimas aparecen en sus ojos, pero se detienen antes de salir. Quiero decirle que no se lamente, que a pesar de todo estoy bien, pero no sé si es cierto que esté bien, tampoco no logro reunir las fuerzas necesarias para decirle todo lo que en el fondo siento. Aun con toda la situación que estoy atravesando, el primer pensamiento que asalta mi mente va dirigido al concierto.
—Llevo preparándome durante tanto tiempo para el concierto… De golpe, un accidente lo deja todo a medias —manifiesto con incredulidad.
—Sé que te sientes frustrada y de mil formas más que no se pueden describir hasta que no se viven. En estos instantes no puedes con el peso de tu vida y es normal, pero piensa que dentro de todo lo que ha ocurrido, aún conservas lo más importante: tu vida. El accidente no te ha arrebatado la vida —sin duda, son tal vez las palabras más duras que nunca antes hasta hoy había escuchado, pero la realidad a la que me enfrento aún es más fuerte.
—Pero me ha privado de muchas cosas, ¿no es así?, ¿por qué no me puedo mover? —exclamo enfadada y no lo disimulo.
—Elise, cariño, verás… No creo que en estos momentos quieras hablar de tu movilidad… —intenta hablar, pero no dejo que se explique, necesito saber qué ha pasado, aunque creo que lentamente lo voy comprendiendo.
—No necesito mentiras, no puede ser que vosotros sepáis qué es lo que me ocurre y yo, que soy la implicada, sea la última en saberlo —digo—. No me puedo mover, así que debo saber el alcance de los daños. —Prácticamente les estoy gritando furiosa, así que intento serenarme un poco.
—Sabes que no soporto las mentiras —me dice mi madre mirándome con seriedad—. Así que, si quieres saber la verdad, lo vas a saber —hace una pausa en la que calcula qué tan fuerte será el impacto de sus palabras y vuelve a hablar—. No podrás volver a andar —inspiro algunas veces mientras espero las lágrimas, pero estas no aparecen—. Para recuperar un poco de movilidad deberás hacer muchas horas de recuperación a cargo de la rehabilitación del hospital. Durante un año, cada día harás varias horas de rehabilitación para fortalecer la musculatura. Pero no esperes volver a tu rutina normal, porque sería necesario un milagro para que volvieras a andar. Piensa que los médicos no saben hasta dónde llegan los daños y por el momento nada es seguro. Cabe la posibilidad de que sus predicciones no sean acertadas y se equivoquen…
Siento que ya he escuchado bastante, les pido que abandonen la habitación, quiero quedarme sola y poder procesar toda la información que se ha cernido sobre mí como si de un alud de nieve se tratara. No es ninguna sorpresa, llevo horas sin notar las piernas, ¿qué esperaba? Ya sabía que había ocurrido algo grave, pero una parte de mí quería protegerse y se negaba a admitir los inminentes hechos. Como han dicho, tengo suerte de seguir con vida, pero nunca llegué a imaginar que estuviera tan maltrecha, no sabía que el precio que había que pagar por seguir respirando fuera tan caro.
¿A quién quiero engañar? Ahora mismo odio mi vida con todas las fuerzas que aún me quedan. Si miro atrás veo que lo tenía todo, no podía pedir nada más, y aun así, no era feliz. Soy una chica estudiosa y entregada, veo que soy querida por la gente de mi alrededor, tengo amigos y a todo aquel que me importa a mi lado. Me gusta el deporte, soy trabajadora y lucho por todo lo que quiero… A pesar de que sé que ni mucho menos está todo perdido, sé que hay muchas cosas que sí lo están y también comprendo que una gran parte de mi vida ahora ya no será parte del presente sino del pasado.
En estos momentos solo me queda ser luchadora. Es lo único que me conviene y el único llamado que sigo, el seguir adelante. Pero no sé si quiero seguir luchando si sé que mi vida jamás volverá a ser la que un día fue.
Grito una vez más y vuelvo a llorar, a pesar de que sé que no sirve de nada, es absolutamente inútil lamentarse. Puedo estar muy enrabiada, y culpándome a mí misma pensando que no debería haber ido a la fiesta, pero es absurdo pensar qué habría podido pasar, porque las catástrofes simplemente se presentan y evitarlas es algo prácticamente imposible.
Estoy estirada en esta cama de hospital, preocupándome por todo lo inimaginable, excepto por lo que ha dicho mi madre: para recuperar fuerza en las piernas, durante 365 días haré rehabilitación.
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