— Caray , veo que ha decidido usar el cerebro, Lipe, ¡y yo que todavía no me conseguí la poronga adecuada!... Más tarde prometo hacer una minuciosa inspección de chotas hasta encontrar la más grande. Tampoco es cuestión de llevarme cualquier porquería a la boca, ¿no? Pero lo prometido es deuda: al final del día, ambos habremos hecho algo que nunca hicimos antes... y entre mañana y pasado festejamos juntos.
— Va a ser mejor que me vaya –gruñó Lipe, furioso.
—Veo bien que haya decidido estrenar el cerebro, Lipe, pero no exagere, que se le puede estropear si lo sobreexige ya desde el primer día de uso–respondió Ude, feliz de no tener que soportar más al desagradable sacerdote–. Igu, haz el favor de acompañar al señor Lipe hasta la salida.
Escoltado por Igu, Lipe se acercó a la salida, pero una vez allí se detuvo y se volvió hacia Ude:
—¿Está usted al tanto de que una pobre chica se suicidó arrojándose a la calle desde un primer piso? Ocurrió poco antes de que yo llegase aquí–dijo.
—Algo sabía–contestó Ude. ¿Te vas o no te vas, la puta que te parió?
—¿Y ni así piensa hacer algo respecto a esos degenerados guardias que sirven aquí?
—¿Y qué tiene que ver una cosa con la otra?
—Todo tiene que ver con todo, Ude.
—En eso tiene razón. Por ejemplo, en apariencia no tenía usted la menor relación con un caballo, pero ahora que se ha dignado estrenar su cerebro, hay esperanzas de que alcance el mismo grado de raciocinio que ese animal.
Lipe reprimió una exclamación de rabia y salió seguido de Igu. A la espera del regreso de su asistente, Ude quedó meditando sobre la triste noticia del día confirmada por Lipe, el suicidio de esa muchacha. Por desgracia, no era la primera ni sería la última: ahora miles de personas, jóvenes muchas de ellas, se suicidaban en todo el mundo por motivos que la mayoría decía no entender. Se hablaba de una ola de locura juvenil, pero ni Ude, que no tenía buena opinión de la cordura humana, aceptaba esta explicación simplista. Algunos sospechaban que más que de verdaderos suicidios, se trataba de víctimas propiciatorias ofrecidas en holocausto a dioses creados por el hombre, y Ude empezaba a creerlo también. Como fuera, era muy triste.
De repente llamaron a la puerta. Automáticamente una expresión sufrida afloró al rostro de Ude: había olvidado que en el menú de baja estofa programado para aquel día se había agregado a último momento un postre que no podía ser peor que el plato fuerte, pero que caería mal de todos modos.
— Adelante –gruñó de mala gana; y cuando entró el guardia, agregó–. Sí, sí, ya sé . Que pase ese arquitecto sin sesos.
—Correcto, señor–dijo el guardia–. Otra cosa: Azrabul y Gurlok están aquí. Ya sabe, los luchadores. Han venido con su hijo y solicitan audiencia con usted. ¿Les digo que esperen?
— ¡NO, NO, NO, NO, NO! –exclamó Ude, aliviadísimo–. Que pasen ya mismo, los estaba esperando con urgencia. En cuanto al señor Rotalik, qué pena, tendrá que volver en otro momento....– digamos en unos veinte o treinta años , añadió para sus adentros.
No le hacía mucha gracia ver de nuevo a esos bribones ni a nadie, para ser más exactos; pero entre escuchar rebuznos de asnos de extracción villana y oírlos de boca de un licenciado en arquitectura, prefería lo primero. Al menos aquéllos no habían estudiado varios años sólo para perfeccionar tales rebuznos.
Dos hombres y un muchacho entraron a la oficina. Ude los había tenido allí otras veces. En la anterior ocasión, el muchacho había llegado desmayado, y los otros dos, algo así como padres adoptivos suyos, se hallaban preocupados por la salud física de él y por la salud mental de los tres. Al retirarse, el muchacho estaba fresco y lozano, y los tres de buen ánimo.
Viéndolos de nuevo, Ude los notaba cambiados, para bien en el caso de Amsil, el muchacho. A éste lo había conocido inhibido y tímido en exceso y más bien escuálido. Más tarde había ganado algo de seguridad y autoconfianza, en tiempo asombrosamente breve; y ahora casi no parecía el mismo de la primera vez. Para empezar, había pegado un notable estirón. Se lo veía bastante más robusto y llevaba el pelo más largo, aunque mucho mejor cuidado que las desgreñadas melenas de sus padres adoptivos. Su cutis, nunca blanco del todo, ahora estaba directamente bronceado por continuas marchas al sol, lo que le sentaba bien. Pero quizás su cambio más notorio estaba en la expresión de su semblante, segura de sí misma sin caer en la soberbia, que invitaba a la confianza. Sonrió al saludar a Ude, y su sonrisa era bella y franca. Qué festín para los ojos de las mujeres y los gun, pensó el Bibliotecario en Jefe. Ahora bien, no siendo él joven ni gun , sino sólo Ude, y no teniendo interés en que Amsil ni nadie se quedara a leer ni a ninguna otra cosa, toleraba sólo a Igu, por cebar los mejores mates de Tipûmbue hasta donde le constaba al viejo. Así que ante la resplandeciente belleza del muchacho, el cual sí era gun , prefirió no hacer el menor comentario, por si se hubiera vuelto vanidoso y decidiera quedarse aunque más no fuera a que le acariciaran el ego... u otras cosas . Esta gente era rarísima.
Había en el pasado del chico unos cuantos misterios que seguramente hacían que a otros les resultara todavía más atractivo. Uno de ellos tenía que ver con sus verdaderos padres: nadie sabía quiénes habían sido. Era casi seguro que estaban muertos, porque nadie había sobrevivido a la tétrica tragedia del Pueblo Condenado , como se conocía ahora al villorrio donde él se había criado y cuyos habitantes, según se decía, habían sido instantáneamente devorados por un horrendo y desencarnado dios despertado mediante invocaciones imprudentes y, quizás, mal hechas. Las sospechas acerca de la paternidad del joven apuntaban a cierto posadero para el que había trabajado, pero de oídas parecía haber sido un personaje tan desagradable que más que en un padre hacía pensar en un enemigo. En su momento, el asunto había inspirado curiosidad a Ude, pero ahora había vuelto a su normal deseo de ignorancia.
Sus dos acompañantes, superficialmente, eran muy similares: melenudos y feos como el diablo ambos, colosales, musculosos, toscos, de aire temible y hediondos hasta la exageración. Incluso Ude, acostumbrado a la fetidez de la Guardia de la Biblioteca, se preguntaba cómo hacía ese par para soportar su propio tufo. También ellos eran gun , y evidentemente lo eran por sobrevaloración de la hipermasculinidad. Se dedicaban a la lucha beocia y de oídas sabía Ude que eran muy buenos en eso, en parte por su talla descomunal, pero también porque esa actividad los apasionaba y excitaba sexualmente como a fieras salvajes. Varios de sus contrincantes confesaban haber temido que los violaran en pleno cuadrilátero.
—Señor Ude...–saludó uno de ellos, inclinando respetuosamente la cabeza.
—Hola, viejo– dijo el otro, sonriendo de modo insolente aunque sincero.
Asomaba así la primera de muchas diferencias entre uno y otro. Azrabul, el más alto y fornido de los dos, tenía barba chivesca y una mirada casi diabólica que no hacía justicia a su carácter, ya que era uno de los hombres más buenos que conocía Ude, quien sin embargo lo había tratado poco. El efecto de aquella mirada sobre quienes lo enfrentaban por primera vez en el cuadrilátero era sencillamente devastador, pues se sentían vencidos de antemano. No tenía muchos sesos, pero al menos lo sabía, a diferencia, por ejemplo, de Mox, que tampoco los tenía pero se creía inteligente e instruido. Y amaba los desafíos, el combate y la acción lo que, combinado con su talla descomunal y su escaso cerebro, lo volvían una bestia salvaje e impetuosa que se guiaba por instintos y sentimientos. Eso a menudo terminaba haciéndolo un líder, por ser el primero en avanzar sin reflexionar siquiera ante eventuales peligros, arrastrando consigo a otros incapaces de detenerlo o que se embravecían ante su ejemplo o temían quedar como cobardes. Tenía dificultades para ver más allá del momento presente, por lo que, poco previsor, gastaba el dinero tan rápidamente como lo ganaba, y a menudo lo hacía en favor de otros. Tan feroz para el amor como para la lucha, si veía en peligro a alguien que amaba saltaba en su defensa arriesgando su propio pellejo. Ahora se veía muy desanimado.
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