Eric Nepomuceno - Las tres estaciones

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Un grupo de conscriptos comparte las fotografías de una en un ritual que entraña compañerismo y excitación; mujer después de años, cumplir la ilusión que alimentó su deseo adolescente. Un hombre alcalde se enamora de una mujer joven por la que está dispuesto a dejarlo todo, pues ella encarna la última y uno de ellos la conoce por causalidad y decidir más grande felicidad que la vida le puede ofrecer. Niños que espían en la ducha a la esposa de su maestro. Jóvenes que juran amistad eterna sin sable que una tradición ensombrece su futuro. Todos decididos un saltar al vacío.
Los cuentos de Eric Nepomuceno desmienten la percepción arraigada que tenemos de la experiencia como el remedio a los machos humanos. No importa si los personajes se enamoran por primera vez, si necesitan confiar en la pureza de las pasiones, si deciden apostar su resto por una mujer que estremece esa parte de si mismos que parece llevar muerta demasiado tiempo: el corazón. Todos optarán por perder el mundo con el recuento de no perder la esperanza. En su decisión pesan más los sueños, el apego, el deseo de felicidad, que la realidad. Porque presienten que no vale la pena vivir de otra manera.

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Hay un problema que no he mencionado, y que conviene mencionar ahora. Precisamente en ese momento, mientras estaba hundido hasta el alma en dudas sobre la táctica que debía utilizar, me di cuenta de que sentía una pasión infinita por Camila.

Era el tipo más enamorado del mundo. Y así, de golpe, todo eso empezó a parecerme un poco ridículo, una pérdida de tiempo. De pronto sentí, tuve la seguridad más absoluta de que debía levantarme, tomar a Camila por la mano con toda la delicadeza de la que fuera capaz e irnos de ahí, porque juntos desbravaríamos universos, conquistaríamos mundos. Empecé a pensar eso, empecé a sentir esa seguridad absoluta y decidí que tenía que hacerme de valor y concentrarme únicamente en dos puntos: aplicar la táctica de la mano y esperar a Brigitte Bardot con su escote inspirador. Lo demás sería consecuencia… o resultado. Yo sólo dependía de mí.

Mi brazo derecho estaba bien apoyado en el respaldo de la butaca del cine, la mano que había al final del brazo derecho bajó con una suavidad fría, calculada pero decidida, y se apoyó ligeramente sobre el hombro de Camila. La mano derecha sintió una ligera contracción. La cara del dueño de la mano derecha se volvió ligeramente a observar la cara de la dueña del hombro. La cara de la dueña del hombro estaba impasible, pero había un brillo extraño, único, veloz, en aquellos ojos. Entonces la mano que estaba al final del brazo derecho apretó con suave determinación, con una seguridad absoluta, el hombro de Camila, que dejó ver una sonrisa imperceptible y suspiró.

Yo tenía un pánico del tamaño del universo. Sabía que había ganado la batalla. Y decidí saltarme etapas y barreras. Abrí la mano, estiré los dedos y apreté con un poco más de firmeza el hombro de Camila, para darle a entender que pretendía atraerla suavemente, sólo en el grado justo, hacia mí. Y ella se dejó. Sí, se dejó.

La cabeza de Camila levemente apoyada sobre mi hombro derecho, mi mano abierta, mis dedos torpes e impregnados de una avidez que yo desconocía apretando con suavidad el hombro derecho de Camila. El mundo casi era mío, y yo no sabía qué hacer con él. Intenté otra operación mucho más arriesgada: extendí despacio el brazo izquierdo para buscar a tientas la mano izquierda –cualquier mano– de Camila. Encontré primero su brazo izquierdo. Lo toqué levemente, fui bajando y encontré su mano –cerrada como una ostra–. Puse con suave pavor mi mano izquierda sobre la mano izquierda de Camila, siempre cerrada, y arriesgué el gesto postrero, suicida: le estreché la mano muy suavemente. Ella apoyó todavía más la cabeza sobre mi hombro. Yo sentía un anillo de fuego oprimiéndome la frente, sentía un temblor descontrolado en las rodillas, sentía una orquesta en la cabeza. Estaba feliz y aterrado. Después de un rato, ella delicadamente retiró la mano encogida dentro de mi mano. Y la mano de Camila desapareció en la oscuridad.

Cuando terminó la película, tenía el brazo derecho dormido, la mano izquierda me ardía como una brasa, me galopaba el pecho, sentía la boca seca y estaba angustiado. Ella se separó de mí en un relámpago, se volvió con una sonrisa delicada, y yo me levanté. Metí las manos hasta el fondo de mis bolsillos, respiré con toda mi alma y me hundí en una duda ácida: ¿debía salir tomado de la mano de Camila? Ella se encargó de aclarar las cosas: sostuvo fuerte su bolsa con ambas manos, mientras murmuraba:

–¿Vamos?

Salimos caminando seguidos por el séquito de las otras chicas, pasamos junto a las sonrisas victoriosas de Sergio Eston, Fernando y Bernardo; yo extrañaba a Guto Pompéia, él podría explicármelo todo, él siempre tenía una explicación para los misterios de la vida y del mundo, y yo imaginaba cuántos pasos faltarían hasta la entrada del cine.

De pronto recordé con agobio que no le había preguntado si quería ser mi novia. Todavía tenía muchas batallas que librar. Había un largo y desolado camino hasta la acera a través de aquella multitud de cuerpos, en cada cuerpo sentía un par de ojos clavados sobre mí. En la confusión de la salida decidí enfrentar ese peligro mortal.

–Necesito hablar contigo. ¿Podemos caminar más rápido?

–¿Tiene que ser ahora?

Creí que era un buen momento para recurrir, por segunda vez, a mi voz sombría, cuidadosamente ensayada:

–Sí.

Ella bajó los ojos sin decir nada y se fue caminando, guiándome. La seguí. En la esquina, me dijo:

–Hasta aquí puedo llegar. Después voy a reunirme con las niñas. Tenemos que volver juntas a casa.

Ahí, parado en la esquina, yo tenía que mantener una calma que no existía, ante Camila, cara a cara, con el peso de su cabeza, de su pelo, todavía sobre mi hombro derecho, y el suave contorno de su hombro derecho todavía clavado en la palma de mi mano derecha, y en mi mano izquierda el vacío del dorso de su mano izquierda: era todo o nada.

–Es que quería preguntarte algo. Y tiene que ser hoy. Tiene que ser ahora.

Y ella seguía tranquila, mirándome a los ojos.

–¿Puedo?

–¿Cómo voy a saber? Tú eres el que quiere preguntármelo…

No estaba preparado para eso. No estaba preparado para nada.

–Entonces creo que sí puedo.

–Entonces sí puedes.

Y ella inmóvil, mirándome a los ojos. Aventuré:

–Creo que sí puedo.

–¿Y dónde está la pregunta?

– Es que no estoy preparado.

–Entonces, ¿por qué tiene que ser hoy?

–No sé. Pero tiene que ser hoy.

Y ella inmóvil, mirándome a los ojos. Disparé:

–¿Quieres ser mi novia?

–¿Eso era?

–Sí.

Ella sonrió con los ojos, respiró hondo, tardó toda una vida y finalmente dijo:

–Sí.

Y yo inmóvil, mirándola a los ojos. Y ella murmuró:

–Claro.

Y yo inmóvil, mirándola a los ojos.

Y ella siguió. Soltó de nuevo la sonrisa más hermosa del mundo y, sin decir nada, repitió con los ojos “sí”, me volvió la espalda y se fue caminando hacia el grupo de chicas que esperaban en la puerta del cine. Y yo sentí que me hundía poco a poco en el suelo de aquella esquina, y que el cielo de aquella esquina me envolvía como una sábana negra.

Tenía una novia. Y el mundo era mío.)

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