—Ya te expliqué por qué lo hacemos y me dijiste que lo entendías.
Silencio. Indignación.
Una densa lágrima escurriéndose de sus ojos y deslizándose por su mejilla.
Antonio se lo había explicado mil veces, pero ella hacía caso omiso a sus palabras. El joven no había querido besarla y Rosario se sentía rechazada. No había pájaros cantando, violines tocando y los hechizos no se habían roto. Rosario se sentía desgraciada, la pena y la congoja anudaron su pecho.
—Tú no me quieres porque soy retrasada —terminó sollozando.
A Antonio, su teoría le partió el alma. Escucharla hablar así era muy doloroso. No le gustaba ver a Rosario llorar. No quería que lo pasara mal, ¡y mucho menos por su culpa!
—Eso no es verdad —le contestó con cariño—. No llores, por favor —insistió.
Rosario, abatida, lo miró con ojos frágiles y apoyó la cabeza en su pecho. Estando así con él se sentía mucho mejor. Su novio la acariciaba y ella deseaba morir, porque la vida era muy injusta y no iba a cambiar nunca.
—¿Por qué soy diferente a las demás? —le preguntó derrotada—. ¿Por qué no soy una chica normal de la que tú puedas enamorarte?
Sus mejillas enrojecidas y su nariz con una hilera de mocos colgando. Antonio le prestó su pañuelo de tela y ella se sonó. Sus labios delgados. Sus orejas enormes. El chico la abrazó y sintió que su obligación era protegerla.
El café enfriándose en la mesa.
—No hay nada malo en ser distinto —le susurró al oído mientras ella esbozaba una pequeña sonrisa—. Ser normal es aburrido, y tú eres especial.
Rosario se limpió las lágrimas con el pañuelo y lo miró fijamente tratando de comprenderlo.
—El problema no eres tú, soy yo —continuó Antonio, y ella arrugó la nariz sin entender nada.
—¿Tú? —le preguntó.
Antonio, quitándole un mechón de pelo que se había adherido a su cara por las lágrimas, asintió.
—Sí —le respondió—. Pero no te preocupes, porque me esforzaré para que no lo notes.
Los dos se quedaron en silencio un rato abrazados. Piel con piel. Rostro con rostro. Antonio enternecido y Rosario emocionada.
Mercedes los espiaba desde el pasillo y observó preocupada cómo su hija inspiraba el olor de su pecho.
Los geranios de la ventana temblando.
—A mí nunca me han besado —susurró Rosario como si aquella confesión fuera una deshonra.
Antonio, conmovido, le acarició la frente y le regaló una sonrisa.
—El primer beso es especial —le contestó—. Debería dártelo alguien que te ame de verdad.
Rosario se quedó en silencio unos segundos y repitió una frase que más de mil veces había leído en sus cuentos.
—Un beso de amor verdadero —susurró, y Antonio asintió con cariño.
ONCE
LA BRUJA
21 de marzo de 1970
Las brujas son seres oscuros que se esconden en los cuentos. Son mujeres malignas, enigmáticas, que dominan la magia negra y la usan para atormentar a los demás. Rosario las odiaba, le aterraban. Cuando en alguno de sus libros aparecía una hechicera dibujada, cerraba rápido los ojos y pasaba la página.
Arpías, pécoras, pérfidas, malvadas…
Las brujas se paseaban por las historias maldiciendo a los que estaban a su alrededor, eran capaces de dormir a los habitantes de un palacio, arrancarle la voz a una sirena y convertir en príncipe a una bestia.
—Tengo miedo… —le confesó una noche a su madre.
Doña Mercedes, arisca, torció el gesto desaprobando sus sentimientos y la acarició con su huesuda mano.
—No seas estúpida —le riñó—. Algún día entenderás que los monstruos de los cuentos son inofensivos; a los que debes temer es a los de la realidad, que asustan mucho más.
Aquella tarde, al salir de la casa, doña Mercedes lo estaba esperando en el recibidor. La mujer lo miraba fijamente y por la actitud agria de su rictus parecía que lo que iba a decirle no era nada agradable.
Antonio, temeroso, tragó saliva antes de hablar y mantuvo las distancias.
—Buenas noches, doña Mercedes —la saludó.
La señora, que no estaba dispuesta a dejarlo marchar, le lanzó una mirada desafiante y se interpuso en su camino.
—Espera un momento, Antonio, por favor —le pidió usando un tono, que más que de sugerencia, era de orden—. Me gustaría hablar contigo.
El chico se metió las manos en los bolsillos con nerviosismo. No le gustaba aquella mujer. Le asustaba. Doña Mercedes era capaz de hacerlo sentir insignificante, y sus ojos altivos veían más de la cuenta.
—Claro, doña Mercedes —balbuceó—. Lo que usted guste.
Los dos se quedaron en silencio, observándose, analizándose, mantuvieron un pulso con las miradas en el que Antonio fue el perdedor. El hombre agachó la cabeza derrotado e instintivamente se miró la puntera de los zapatos, que volvían a estar sucios. Ella, satisfecha con su victoria, sonrió.
Doña Mercedes, aunque no tenía más de cincuenta años, estaba avejentada. Las canas se habían apoderado de su melena, y su rostro marchito reflejaba mil derrotas. Su sonrisa, más que relajarle las facciones, la cubría de dureza. No era una sonrisa natural, sino forzada; hacía años que su rictus había perdido la dulzura.
—Rosario está muy contenta —comenzó a argumentar la mujer como si ese hecho, en vez de ser algo positivo, fuese un problema—. Desde que te conoció cuenta los minutos que faltan hasta tu próxima visita.
Antonio, conmovido, asintió mientras se metía la camisa por dentro del pantalón para estar más presentable.
—Lo sé —contestó.
Doña Mercedes, con su pérfida mirada, lo miró de arriba abajo como si lo que viera no le gustara y no fuese digno de estar en la puerta de su casa.
—El trato era que te casaras con ella —le advirtió—. No era necesario que se enamorara, y Rosario se ha enamorado de ti.
Enamorada, enamorada… Una palabra tan bonita que saliendo de su boca parecía un arma arrojadiza.
Rosario lo quería, era evidente; él se había dado cuenta, aunque había preferido ignorarlo. La chica le había hecho un dibujo de un corazón con sus dos nombres dentro y se lo había regalado. Antonio se había emocionado, pero había bromeado con ella para quitarle importancia.
Doña Mercedes se aproximó a él y su huesuda mano le sujetó el brazo y le clavó las uñas. Las hundió, las enterró y las movió violentamente para provocarle un arañazo.
La arpía atacaba. Le inyectaba su veneno.
—Si le haces daño, te mato —le advirtió con su lengua cenagosa—. Si le rompes el corazón a mi niña, será la último que hagas —prosiguió sin que su garra lo soltara—. Acabaré contigo y desearás no habernos conocido nunca.
La maldición. La maldición de la bruja retumbando en el alféizar de la casa.
Antonio, asustado, no dijo nada. Se quedó esperando a que doña Mercedes lo soltara y se alejara de él, pero ella, no se separaba. Permaneció así unos segundos, alargando conscientemente el momento, porque disfrutaba inspirando el olor del miedo. El joven se estremeció.
La puerta de la calle abierta, y un grupo de chicos jugando pasó corriendo delante de ellos. La plaza Costa del Sol ante sus ojos, con sus ruidos, sus aromas e historias imborrables.
—No se preocupe —balbuceó mientras intentaba librarse de su garra—. Yo la cuidaré.
La señora, con el rostro mustio y cargado de tristeza, negó con la cabeza.
—Lo dudo mucho —le respondió—. Los hombres solo sabéis hacer daño a las mujeres, siempre nos destruís.
DOCE
DOÑA MERCEDES
10 de enero de 1949
Mercedes sufrió cuatro abortos antes de dar a luz a Rosario y en cada uno de ellos la curandera le había dicho que iba a tener un varón.
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