Comienza hoy con una o dos ideas de la lista: “Comunica el amor de Dios”; luego añade otras, a medida que te sientas más cómoda demostrando amor. La habilidad de la comunicación puede ser aprendida. Puedes ayudar a tu hijo a compensar los años en que el amor fue escaso. Uno de mis dichos favoritos es “Hoy es el primer día del resto de tu vida”. Con Dios nunca es demasiado tarde para llenar tu propia “taza de amor” o la de tu niño. ¡Su provisión es inagotable!
Sé generoso con abrazos y besos.
Está atento a las necesidades físicas de tu niño. ¿Tiene hambre, está cansado o enfermo? Responde prontamente atendiendo tales necesidades.
Ponte en sintonía con las necesidades emocionales de tu hija. ¿Necesita ella una dosis extra de amor porque su mundo se le hizo pedazos? Asegúrate de que la reciba.
Separa un tiempo especial para cada uno de tus hijos, al menos una vez por semana. Deja que el niño elija lo que ambos harán juntos durante ese tiempo.
Deja de hacer lo que estás haciendo para escuchar a tu hijo.
Mira a los ojos de tu hijo mientras lo escuchas, pero no lo mires fijamente. Sonríe y muéstrate interesada.
Haz comentarios apropiados acerca de lo que tu hijo ha dicho. Exprésale a tu hijo algunos elogios sinceros. Encuentra algo por lo cual animarlo varias veces por día.
Une tu amor –y el amor de Dios– al valor de tu hijo como ser humano; no conforme a su conducta. Nunca lo amenaces con retirarle tu amor cuando se porte mal. Cuando fracasa es cuando más necesita de tu comprensión y ánimo.
Nunca lo abandones saliendo del cuarto o de la casa cuando estás enojada por algo que hizo.
Perdona y olvida. No sigas sacando a relucir los “pecados” pasados.
Haz una “galería” para exhibir el arte, las tareas escolares, etc., de tu niña. Hazle ver que estás orgullosa de sus esfuerzos.
Dale a tu hijo tantas opciones como sea posible durante el día. No le dictes cada movimiento y cada minuto.
Cuando tu niña está desanimada, ayúdala un poco hasta pasar la parte más difícil.
Anticípate a las necesidades de tu hija. Si parece estar muy sola, abrázala.
Dale a tu niña una segunda oportunidad, o una tercera, o una cuarta, si es necesario. Hazle ver que tú confías en que ella triunfará.
Haz de tu hijo el “invitado especial” de una comida en honor de sus logros (buenas notas, ganar un partido, etc.). Usa tu loza especial y cocina su comida favorita.
Lee con tu hijo relatos bíblicos acerca del amor de Dios. Háblale de cómo Dios mostró su amor a su pueblo en la historia.
Menciona con frecuencia cómo Dios ha mostrado su amor para con tu familia: bendiciones, ayuda en la dificultad, etc.
Pon un cuadro de Jesús en la habitación de tu niño. Dile con frecuencia a tu bebé: “mamá [papá] te ama y Jesús te ama”. Abraza a tu hijo cuando se lo digas y señálate a ti mismo y al cuadro de Jesús. Pon tu amor junto al amor de Jesús y asócialos ambos con el acercamiento y los abrazos de tu parte.
A niños mayores, háblales de las diferentes maneras en las cuales Dios muestra su amor. A veces, el amor es suave, cálido y mimoso, pero también es duro cuando hemos hecho algo errado y necesitamos aprender un mejor camino.
Ten siempre en la casa láminas que den énfasis al amor de Dios (DIOS TE AMA) o pinturas que muestren a Jesús amando y cuidando de los niños, o jugando con ellos.
1 Sé sensible a las necesidades de tu hijo.
2 Presta atención a tu hijo.Deja de hacer lo que estás haciendo.Míralo a los ojos y sonríe.Haz comentarios apropiados.
3 Sé generoso(a) con abrazos y besos.
4 Hazle elogios sinceros.
5 Perdona y olvida.
6 Lee relatos acerca del amor de Dios.
7 Relaciona tu amor con el amor de Dios.
Capítulo 2
Primeros pasos: la confianza
“Confiad en Jehová perpetuamente, porque en Jehová el Señor está la fortaleza de los siglos”. Isaías 26:4
–Mañana todas tenemos que llevar una foto de nuestra familia a la escuela, para ponerla en el tablero de anuncios. Necesito una foto de nuestra familia. ¿Me ayudarás a encontrar una, mami?
Las palabras se atropellan en un apresuramiento lleno de excitación, mientras Cristina arroja su mochila sobre la silla más cercana.
–Me ayudarás, mamá, ¿verdad?
–Por supuesto –le responde su madre, mientras se mueve por la cocina buscando los ingredientes para preparar la cena–, pero ahora estoy ocupada. Lo veremos después de cenar.
Pero después de la cena, mamá habla por teléfono largamente, el vecino viene de visita; luego llega la hora de ir a dormir. Cristina está angustiada. ¿Cómo podría encontrar la foto? La madre le promete ayudarla en la mañana. Pero el bebé pasa molesto la mitad de la noche, y en la mañana, mamá está demasiado cansada y no tiene ánimo de buscar una fotografía de la familia.
–No importa, Cristina. Solo dile a la maestra que la llevarás mañana.
–Pero, mamá, me dijiste que me la buscarías... ¡Y la maestra dijo que debíamos llevarla hoy! –se lamenta Cristina con lágrimas en los ojos, mientras sale pesadamente hacia la escuela sin la prometida fotografía.
A sus cuatro años, Miguelito es un torbellino. Con energía para regalar, está lleno de preguntas acerca de cualquier cosa imaginable. Un domingo de tarde, cuando la familia está yendo a nadar, él y su hermana comienzan a pelear en el asiento trasero del automóvil.
–Si no dejan de pelear ahora mismo, no habrá nada especial para comer después del baño –grita papá, pero la pelea continúa.
Finalmente, mamá se da vuelta para detener la bulla, y advierte:
–¡Se terminó, no habrá nada especial hoy!
Pero después de nadar, el niño ruega por un bocadillo.
–No voy a pelear en el viaje de regreso, ¡de veras, lo digo!
Sus padres aflojan y todos reciben su helado.
Cristina y Miguelito están absorbiendo una lección importante: que mamá y papá no son dignos de confianza. Están descubriendo que sus padres dicen una cosa y hacen otra, y que no se puede esperar que cumplan sus palabras o promesas. Las palabras no significan demasiado; son las acciones las que realmente cuentan. Algún día, más adelante en el camino de la vida, Cristina y Miguel pueden tener también dificultades para confiar en Dios, porque aprendieron bien sus lecciones. Si mamá y papá, las personas más importantes en sus vidas; no son dignos de confianza, probablemente tampoco Dios lo sea.
Por supuesto, como padres no tenemos la infalibilidad. Ciertamente nos olvidamos a veces, y las cosas no ocurren de la manera que queremos. Los hijos pueden olvidar descuidos ocasionales. Es la tendencia lo que realmente importa. ¿Pueden nuestros hijos confiar en nosotros? ¿Queremos decir lo que decimos? ¿Cumplimos nuestras amenazas? ¿Les damos primera prioridad a las promesas que hacemos a nuestros hijos? Cuando lo hacemos, estamos construyendo en ellos la confianza hacia un Dios que nunca les falla a sus hijos. Les estamos enseñando una de las lecciones fundamentales de la primera infancia.
¿Cuán importante es la lección de la confianza? El amor y la confianza van de la mano. Sin uno de ellos no podemos tener el otro. El amor envió al Salvador. La confianza acepta su sacrificio. El amor proveyó un camino para tratar con el pecado. La confianza acepta su gracia y su vida perfecta en lugar de nuestra pecaminosidad. El amor anhela mostrarnos una vida mejor. La confianza lo acepta como el Señor de nuestra vida; una guía que podemos seguir con certidumbre. La confianza aprendida en la niñez se traduce en fe y confianza en Dios, más tarde en la vida.
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