Donna Habenicht - Enséñales a amar

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Basándose en sus estudios y observaciones en los campos del desarrollo infantil y la educación religiosa, la Dra. Habenicht explica cómo los niños se desarrollan espiritualmente y ofrece sugerencias prácticas para ayudar a tu niño a establecer una amistad duradera con Dios. Ella sabe de qué manera enseñar a los niños a amar, confiar y obedecer, a perdonar y pedir perdón y a respetar la Palabra de Dios. Tú aprenderás cómo conducir a tus niños a Jesús y ayudarlos a conectarse con Dios, por medio de la oración.

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Comunicar el amor de Dios a nuestros hijos es un proceso de cada momento, de cada día. Una de las maneras más poderosas de mostrar amor es escuchar verdaderamente a nuestros hijos. Nos llegamos a acostumbrar a su charla interminable y a menudo no prestamos atención cuidadosa a lo que están diciendo. Muchos niños, rara vez, tienen la experiencia de ser escuchados atentamente por un adulto. Cuando atiendo a un niño en terapia por dificultades emocionales, una de las herramientas más poderosas de que dispongo para ayudarle es mi atención indivisa. Le presto atención de una manera que el niño probablemente jamás experimentó antes, y al hacerlo, le comunico un poderoso mensaje de amor y cuidado. Tú puedes comunicar el mismo mensaje.

Tomasito tenía nueve años. Tenía dos hermanas mayores, y su mamá era una madre soltera. Ella me había pedido que tuviera algunas sesiones de aconsejamiento con su hijo para ver si podíamos descubrir por qué actuaba tan belicosamente.

Durante una de nuestras entrevistas, le hice a Tomasito una pregunta que a menudo hago cuando estoy aconsejando a un niño.

–Tomasito, imaginemos que yo pudiera cambiar cualquier cosa que no te guste. Ahora bien, tú y yo sabemos que yo no puedo hacerlo, realmente, pero podemos imaginarlo. En este juego simulado, ¿qué te gustaría que yo cambiara en tu familia?

–Bueno, usted podría hacer que mis hermanas no me fastidien tanto –respondió con prontitud y, después de una pausa, continuó–, pero lo que más deseo, en realidad, ¡es que usted hiciera que mi madre me preste atención! Ella ni siquiera oye lo que le digo.

–¿Qué te hace pensar que no te presta atención? –le pregunté.

–Bien, prácticamente el único momento que tenemos para hablar es después de la cena, cuando lavamos los platos. Al regresar de la escuela, ella está demasiado ocupada con la cena y demás. Y mis hermanas hablan durante la comida. De modo que el único momento que tengo para decirle algo es mientras lavamos los platos. Cuando hablo, ella sigue lavando los platos. ¡Ni siquiera me mira! Yo sé que no oye nada de lo que le digo.

Por supuesto, la madre del niño pensaba que lo estaba escuchando. Pero hay una gran diferencia entre el proceso fisiológico de oír y el emocional de escuchar. Ella oía, pero para Tomasito, no lo estaba escuchando. Y como resultado, pensaba que no le importaba.

Encontré un excelente indicio de lo que significa realmente escuchar en el Salmo 116:1 y 2: “Amo a Jehová, pues ha oído mi voz y mis súplicas; porque ha inclinado a mí su oído; por tanto, le invocaré en todos mis días”.

En el diario vaivén de la vida hogareña, ¿cómo puedes prestar verdadera atención a tus niños?

Primero, deja de hacer lo que estás haciendo. Murmurar, “¡ah!”, “¡oh!”, mientras sigues leyendo el periódico, no es prestar atención. Pero detenerte en tu actividad significa: “tú eres, para mí, más importante que cualquier otra cosa”.

Segundo, agáchate a la altura de tu hijita, mírala a los ojos y sonríe. El acto de mirar a los ojos y sonreír dice: “me interesas”.

Tercero, haz comentarios apropiados. Responder a lo que el niño está diciendo da a entender: “tus ideas son valiosas e importantes”.

Si la madre de Tomasito hubiera detenido momentáneamente su tarea de lavar los platos, y lo hubiese mirado, respondiendo brevemente a sus ideas, podría haber continuado con los platos mientras se desarrollaba la conversación. Su hijo habría sentido que ella estaba realmente prestando atención. De ese modo, le habría transmitido un mensaje de interés y cuidado.

En verdad, prestar atención no toma mucho tiempo; generalmente un minuto o dos. Toma menos tiempo, al final, que tratar con un niño insistente que se siente menospreciado. Imagina a Dios inclinándose para oír, luego imagínate a ti mismo como un canal a través del cual su amor fluye hacia tu hijo. Prestar atención toma solo un momento, pero el mensaje de amor dura toda la vida.

¿Qué sucede cuando un niño no experimenta amor durante su niñez? Carola, la hijita de Ana, había sido una de las pacientes de mi esposo desde su infancia. Cuando Carola tenía cuatro años, sus padres decidieron enviarla al jardín de infantes en el plantel de la Universidad Andrews. Allí Carola oyó a muchos niños hablar de la Escuela Sabática y quiso ir ella también. En vista de ello, Ana le preguntó a mi esposo qué debían hacer para asistir a la Escuela Sabática de la iglesia universitaria. Mi esposo, por supuesto, con gran interés los invitó a asistir el sábado siguiente. Me encontré con ellos en la puerta y los presenté a los líderes de la división de Infantes. A medida que Ana y yo nos fuimos conociendo durante las semanas siguientes, supe que ella se quedaba toda la mañana en la sala de espera de los estudiantes, mientras Carola asistía a la clase de Infantes, porque no quería hacer el largo viaje desde su casa dos veces cada mañana. Como la sala de espera de los estudiantes no es un lugar donde yo quisiera pasar toda una mañana, la invité a venir a casa, donde podría estar más cómoda. Le ofrecí la llave y le dije que podía ir ella misma a casa mientras yo estaba enseñando en el campus. Movió la cabeza y me miró como si no entendiera, pero no aceptó la llave. De modo que no insistí, y le dije simplemente que me sentiría feliz de compartir nuestra casa con ella.

Pasaron los meses, y Ana y yo llegamos gradualmente a conocernos mejor. Comenzó a asistir a la clase bíblica del pastor, y nuestra amistad creció. Cuando H. M. S. Richards Jr. vino a nuestro plantel para la semana de oración de primavera, la invité a asistir conmigo, por cuanto todavía pasaba toda la mañana en la sala de espera de los estudiantes. Aceptó mi invitación y asistió a las reuniones matutinas conmigo.

El jueves por la mañana, el pastor Richards habló acerca de Juan 17 y del amor incondicional de Dios. Cuando salíamos de la iglesia, Ana se volvió súbitamente a mí y me dijo:

–¡Ahora entiendo por qué eres así!

Confundida, me pregunté de qué estaría hablando.

–¿Recuerdas cuando me ofreciste la llave de tu casa de modo que yo pudiera estar allí mientras esperaba a Carola?

Asentí con un movimiento de cabeza.

–Bien, yo no podía entender cómo podías ofrecerme la llave de tu casa cuando solo me habías conocido por un par de meses. No tenía sentido. Ahora entiendo. Amor, ¡por eso eres así! Es el amor lo que te mueve. Ahora lo veo: ¡el amor de Dios en ti!

A medida que Ana y yo seguíamos cultivando nuestra amistad a través de los años, descubrí que ella había crecido en un hogar donde el amor era extremadamente escaso. En efecto, había sido víctima de abusos tan severos durante su niñez que solo tenía vagos recuerdos de algunos de esos años. La única forma de sobreponerse al dolor de esos años era borrándolos de su mente en gran medida. Por eso, cuando yo, una persona relativamente extraña para ella, le ofreció su amor y confianza, el asunto estaba simplemente más allá de su compresión.

Estoy segura de que tú conoces niños o adultos que, como Ana, crecieron con “tazas de amor” vacías. Son miembros de tu clase de la Escuela Sabática, vecinos o compañeros de trabajo. Quizá has llegado repentinamente a darte cuenta de que, a pesar de tu mejor intención, no les has comunicado realmente amor a tus propios hijos. ¿Qué puedes hacer ahora? ¡Ámalos! Recuerda, aprendemos el amor solo cuando lo experimentamos. Siempre puedes empezar hoy a compartir tu amor.

Pero ¿qué pasa si descubres que tu propia “taza de amor” nunca estuvo llena durante tu infancia y tienes poco para dar a tus propios hijos? ¿Qué puedes hacer? Comienza sumergiéndote tú misma en el amor de Dios. Lee su Palabra, busca pasajes bíblicos acerca del amor de Dios y medita en ellos, escríbelos en tarjetas y pégalos donde puedas verlos con frecuencia, y ora por un derramamiento especial de su amor para llenar tu vida. Si has sufrido profundas heridas en tu niñez, tales como el abuso y el abandono, te animaría a buscar un consejero cristiano que pueda ayudarte a poner en orden todas esas experiencias y a alcanzar la plenitud del amor de Dios. Solo de esa manera estarás en condiciones de comunicar ese amor a tu familia.

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