Juan Manuel Romero Martín - Humanos en la oficina
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Todos hemos oído hablar en más de una ocasión del garbanzo negro, que no tiene nada que ver con la producción agraria ecológica, sino que se refiere a esa persona que se aleja de mala manera de las ideas o la forma de comportarse de su familia o del grupo profesional o humano al que pertenece. Un profesional así puede hundir una empresa, un lujo que la propia compañía no puede permitirse; por eso hay que seguir las enseñanzas de Darwin y ser capaces de adaptarnos a todas las circunstancias y abrazar de forma sincera esa cultura empresarial. La adecuada combinación de las habilidades blandas y duras, junto con esa cultura corporativa, son prácticamente una garantía de éxito para el profesional. Eso es en lo que se fijan los reclutadores; en eso y en que el candidato a un puesto sea una buena persona, que puede parecer un tema menor, pero es lo que marca la diferencia. Difícilmente un líder será carismático si no es capaz de empatizar con sus colaboradores y es una buena persona. Es la diferencia entre que a uno le obedezcan o le sigan porque creen en su liderazgo.
Y precisamente en esa diferencia entre el líder y el jefe es donde encontramos la necesidad de trabajar en equipo, al menos en el primero de los casos. El líder valorará esas habilidades blandas y duras mientras que al jefe parecen preocuparle solo las últimas. Es uno de los grandes problemas a los que se enfrentan los reclutadores, que tienen que encontrar un candidato con la adecuada combinación de ambas habilidades, que esté cualificado, pero que sepa manejarse en su entorno y relacionarse con él; y que sea capaz de decir «no» cuando hay que decirlo y dar su opinión, aunque sea contraria al punto de vista del resto del grupo. Eso sí se valora, porque la única forma de innovar es probar cosas nuevas, y si no tenemos la suficiente valentía para expresar nuestra opinión contraria a lo que se viene haciendo desde hace años y ofreciendo alternativas viables, no seremos de valor para la empresa.
En la actualidad se aprecia mucho esa capacidad de trabajar en equipo y ofrecer opiniones valientes. También se valora la forma de presentarnos; no nos referimos a la indumentaria, que ha cambiado radicalmente en los últimos años, pero sí a ir aseados, que algunos piensan que vestir ropa cómoda es sinónimo de no ducharse. La puntualidad es otro valor que algunos colectivos van perdiendo a pesar de que todos sabemos que cuando alguien llega con retraso transmite una pésima impresión, a no ser que exista una causa justificada que se explica al llegar a esa reunión; si se trata de una primera reunión, los efectos pueden ser devastadores para nuestros intereses y los de nuestra empresa. En mi caso, siempre llego puntual (puede haber alguna excepción por algún imprevisto, que todos somos humanos, pero no suele ocurrir); cuando empecé en el mundo laboral y tenía una entrevista de trabajo llegaba una hora antes, me sentaba a tomar un refresco en la cafetería de la esquina, que siempre hay una allí, y esperaba a que se hiciese la hora. Llegaba a la cita diez minutos antes, que era algo prudente. Estar en esa cafetería esperando te permitía relajarte y acudir a la cita sin agobios de tiempo. Además, podías conseguir cierta información, porque a ella acuden los trabajadores de la empresa que comentan temas que en un momento dado te pueden resultar útiles haber escuchado de cara a la entrevista que vas a mantener unos minutos después; información sobre la cultura empresarial o sobre tal o cual proyecto que podía ayudarte. No era habitual conseguir este tipo de información, pero alguna vez sí ocurrió y me resultó ventajoso.
La identidad corporativa refleja las diferencias de una empresa respecto a otras, pero también sus similitudes. Esta debe ser fuerte y aceptada por el conjunto de los miembros de la firma porque en caso contrario no tendrá valor alguno. Todo ello se basa en la misión, visión y valores de la compañía: la misión es el motivo por el que fue creada, su razón de ser; la visión son sus planes de acción y sus proyectos para el futuro; y los valores son aquellos atributos de la empresa relacionados con su comportamiento con proveedores, cliente, empleados e incluso con la competencia, y que marcan tanto su línea de actuación como sus valores éticos. El trabajador del siglo XXI no solo tiene que asumir esos valores y compartirlos, también debe ser capaz de adaptarse sobre la marcha cuando la compañía considere necesario cambiar su visión y valores por la razón que sea.
Esto ya no es lo que era: de la mañana a la noche
Las empresas son conscientes de que todo se ha transformado y es completamente diferente no solo su trato con los empleados, sino con los clientes y usuarios que han cambiado su forma de actuar. Lo que hace unos años era habitual ahora no se hace, y si no que se lo pregunten a los vendedores de periódicos diarios y revistas en papel, que cada día venden menos. Volvemos a hablar de Darwin porque hay que ser capaces de adaptarse a la nueva situación; las empresas necesitan profesionales que sean capaces de asumir esos cambios y ofrecer alternativas que permitan mantener la rentabilidad de la compañía. La sociedad se ha transformado tanto que, como decía aquel, «no la reconoce ni la madre que la parió». Vamos a hacer un pequeño repaso de algunas actividades cotidianas que hace apenas unos años no realizábamos y que ahora nos resultan imprescindibles. Todo esto que veremos son oportunidades de negocio que están siendo aprovechadas por los más avispados, además de negocios que se pierden, porque ya no son útiles para el consumidor o no han sabido adaptarse a los nuevos tiempos.
Habitualmente, te acuestas a las doce de la noche más o menos. A esa hora pones el despertador, que no es el reloj que has usado hasta no hace mucho, sino el teléfono móvil; antes utilizábamos despertadores analógicos o digitales, ahora eso ha pasado a la historia. Aunque cuando salgo de viaje a las cinco de la mañana, además del móvil con tres alarmas, me pongo el despertador de toda la vida, por si acaso; más vale prevenir que llegar tarde o no llegar. Hace años para informarnos teníamos que encender la radio, la televisión o bajar a por el periódico; pero, claro, el que se levanta antes de las seis, como es mi caso, no se plantea ni de lejos bajar al kiosco. Es más, llevo varios años sin comprar periódicos, sino que lo veo todo en Internet.
Lo primero que haces nada más despertarte es sentarte en la cama con los pies en el suelo y consultar tres diarios digitales para saber qué ha ocurrido en el mundo en las últimas horas; yo intento que sean de ideologías diferentes para poder valorar y adoptar mis propias conclusiones. Antes, cuando compraba el periódico, esto no era posible porque no era cuestión de hacer un desembolso elevado para adquirir varios diarios. Otra desventaja del papel frente al mundo digital es que los periódicos se escribían con varias horas de antelación a su venta, porque había que cerrar la edición, imprimirlo y mandarlo al punto de venta: se perdía la inmediatez; ahora no ocurre porque todos los diarios se actualizan al minuto. Esto es un muy mal negocio para los kiosqueros y también para quienes distribuyen prensa en grandes compañías: muchas de estas empresas han dejado de comprar decenas o cientos de periódicos cada día y apuestan por la información online , gratuita y al alcance de todos sus empleados. En ocasiones, las compañías que siguen queriendo tener acceso a la información de los periódicos de papel escanean esos diarios y los ponen a disposición de todos sus empleados a través de su propia intranet. Seguir comprando estas publicaciones, hoy en día, resulta antieconómico para las compañías y más teniendo en cuenta que lo que recibimos se ha escrito varias horas antes. Por eso, estas empresas periodísticas no tienen más remedio que reinventarse para no desaparecer: si ahora se compran pocos periódicos de papel, dentro de unos años se comprarán muchos menos.
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