Juan Manuel Romero Martín - Humanos en la oficina
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En los tiempos actuales, además de expresar esas ideas, hay que hacerlas llegar a todo el mundo y para eso contamos con la inestimable ayuda de los modernos medios de comunicación y las plataformas digitales, que igual pueden encumbrar a una empresa en unas horas que hundirla en la más absoluta de las miserias de la noche a la mañana. El manejo, sobre todo de las redes sociales, es una asignatura pendiente porque nunca se acaba de aprender y hay que ir adaptándose continuamente. En estos momentos tenemos cuatro redes sociales que en mi opinión son las principales: a nivel de negocios, LinkedIn se lleva la palma; Facebook es ideal para relaciones sociales; Instagram es la mejor para mostrar nuestra actividad diaria a través de imágenes, ya sean fotos o vídeos; y Twitter es excelente para informarse y para opinar de casi todo. Ampliando un poco más este tema, podemos decir que LinkedIn nos permite hacer relaciones que, en teoría, antes o después deben darnos resultados económicos, ya sea porque vendamos alguno de nuestros productos o servicios, o porque pidamos o nos pidan algún favor. Es una red profesional seria donde no se admiten tonterías y donde es recomendable no expresar opiniones políticas, religiosas o sociales. Se está en ella para hacer negocios, no para hacer amistades.
Facebook tiene el triple de usuarios que LinkedIn, pero ese no es un valor en sí mismo, sino que depende de lo que queramos hacer en esta red: si queremos relaciones sociales, estamos en el sitio indicado; pero si queremos hacer negocios también lo estamos, porque a través de esta se han montado infinidad de empresas que han dado magníficos resultados, generalmente para pequeños emprendedores, aunque las grandes empresas ya se dieron cuenta tiempo atrás de su potencial y se metieron de lleno en ella.
Instagram es la red ideal para el postureo, para mandar fotos y vídeos de lo que hacemos cada minuto del día; es el gran escaparte. En los últimos años es la red que más está creciendo con diferencia, pero no solo de postureo vive Instagram, porque también se hacen buenos negocios. Hace unos meses visitó mi programa de televisión una emprendedora que había montado una joyería online en Instagram. No tengo la menor idea de cómo lo consiguió, pero el primer año facturó novecientos mil euros. Si pensamos que el beneficio era de un 30 %, parece que el negocio no está nada mal; no nos engañemos, no todo el mundo se va a forrar en Instagram: hay que tener una buena idea y sobre todo saber desarrollarla.
Y llegamos a la última, Twitter, que es probablemente la que más interacciones genera y sirve para mantenerse informado. La verdad es que personalmente no le acabo de ver la vena empresarial y no está muy claro cómo sacarle dinero de forma generalizada. Produce una ingente cantidad de información y comentarios. Es la red preferida por muchas personas y colectivos para insultar a los que no piensan como ellos.
El líder actual no solo tiene que bregar con estas redes y otras muchas, sino con diferentes formas de comunicación, la mayoría digitales, que nos mantienen en vilo en todo momento; vamos de sobresalto en sobresalto. La comunicación es fundamental en este siglo XXI, pero no es lo único a lo que se enfrenta, porque tiene que combatir la insatisfacción de sus empleados: tienes un buen jefe, pero te pagan poco; tienes un buen jefe y te pagan mucho, aunque viajas demasiado; tienes un buen jefe, ganas un buen salario y no viajas demasiado, pero no te llevas bien con tus compañeros. Desgraciadamente siempre hay un pero porque la satisfacción en la organización nunca es plena. A finales de agosto pasado escuché decir que «un líder empresarial es como un malabarista, que tiene que manejar muchos platos sin que ninguno se caiga al suelo y se rompa. Además, tiene que satisfacer las necesidades de sus empleados, clientes, proveedores y accionistas, y esas necesidades en muchas ocasiones no solo no son compatibles, sino que pueden llegar a ser totalmente incompatibles»; todo un ejercicio de malabarismo. Parece claro que mientras el empleado quiere ganar más dinero, el cliente pretende pagar menos y la empresa lucha por aumentar sus beneficios.
Y aquí entramos de lleno en la diferencia entre el jefe y el líder, que se produce en muchas ocasiones por la percepción que de ellos tienen sus empleados y colaboradores. Mientras el líder suele tener mejor imagen, al jefe se lo ve con ciertos clichés, como que no merece lo que gana mientras los empleados merecen más de lo que reciben. Al jefe se le percibe estando en su despacho con su “secretaria dóberman” en la entrada para no dejar pasar a nadie mientras él tiene la nevera llena de bebidas frescas. Se le acusa de no saber gestionar y es malo por definición, con poder para bajar el sueldo a los trabajadores cuando el suyo sigue creciendo; tiene poder para quitar los vales de comida o modificar los horarios de los trabajadores; además, sale tarde de la oficina, lo que obliga al resto de la empresa a quedarse para que el jefe compruebe que están allí, aunque no estén haciendo nada. Y para más inri, algunos fines de semana programa reuniones de trabajo.
Por su parte, el líder trabaja en las mismas condiciones que el resto. Tenemos infinidad de ejemplos, pero a mí me gusta en especial uno que demuestra la implicación de los más modestos con el de arriba. Es la historia del famoso general Wu Ch’i (440-381 a. C.), que comía los mismos alimentos y llevaba las mismas ropas que el más humilde de sus soldados. No aceptaba viajar a caballo o en palanquín y se ocupaba de llevar sus raciones de comida envueltas en un hatillo. El general compartía con sus hombres todas las incomodidades a pesar de que su posición le habría permitido tener ciertos privilegios. Durante una de sus campañas, uno de sus soldados padecía una infección por una inflamación; Wu Ch’i abrió y succionó personalmente ese fluido ponzoñoso. Cuando la madre del soldado se enteró, comenzó a sollozar desconsoladamente y una vecina le preguntó: «¿Por qué lloras? Tu hijo solo es un soldado raso y, sin embargo, el propio comandante en jefe ha succionado el veneno de su llaga». La mujer, completamente afligida, le respondió: «Hace muchos años, el general le hizo algo parecido a mi esposo, que tras eso ya nunca lo abandonó. Al final mi marido encontró la muerte a manos del enemigo. Ahora que ha hecho lo mismo por mi hijo, estoy segura de que él también caerá luchando, aunque no sé en qué lugar ni en qué momento; pero sí sé que morirá». Parece claro que el líder triunfa por dar ejemplo y por hacer las cosas bien: sus subordinados confiarán en él si demuestra que es el mejor en la actividad que pide a los otros que desempeñen. Generalmente es humilde y tiene los pies en el suelo, sabiendo que hoy está en la cúspide y mañana puede estar otro sitio, y siendo consciente de que su principal obligación al marcharse será dejar la organización mejor de lo que la encontró; siempre tiene que crear un clima de esperanza. Pensemos que el capitán pusilánime hace cobardes a todos sus tripulantes. En África tienen un ejemplo mucho más gráfico: «Si el líder cojea, los demás acaban cojeando». El líder es una persona que ocupa buena parte de su tiempo en pensar y buscar la claridad porque, como decía Confucio, «el pensamiento claro y el liderazgo eficaz van de la mano». También señaló que «cuanto más alto sea el lugar que ocupamos, más larga será nuestra sombra, es decir, la influencia del ejemplo que demos».
Al fin y al cabo, como nos recuerda un proverbio ruso, «sin pastor, las ovejas no son un rebaño». No olvidemos que los depredadores siempre están al acecho, a la espera de su oportunidad para tratar de dispersarlo y atacar a esas ovejas de una en una. Por eso, saber trabajar en equipo sin individualismos es fundamental. Al final se trata de predicar con el ejemplo y ser consecuentes. Como en su día escribió el célebre filósofo, político, abogado y escritor inglés Francis Bacon (1561-1626), «el que da buenos consejos edifica con una sola mano. El que da un buen consejo y un buen ejemplo construye con las dos. Pero el que da buenos consejos y mal ejemplo construye con una mano y destruye con la otra».
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