La madre, Helene Weber, de soltera Fallenstein, venía de una familia enraizada en la tradición calvinista, lo que significó que sus antepasados eran profundamente religiosos y vinculaban su ética religiosa con un gran esfuerzo para prosperar en la vida laboral. Helene intentaba trasmitir a sus hijos aquella actitud experimentada en la casa paterna, pero con poco éxito. En su juventud, Max Weber hijo no demostraba mayor interés en cuestiones religiosas, se dejaba orientar más bien por una ética del éxito, representada por su padre. Recién cuando entró en contacto con la familia de su madre comenzó a interesarse por problemas teológicos y el ethos religioso. En los últimos años de sus estudios universitarios Weber trabó relaciones muy estrechas con los Baumgarten, sobre todo con el sobrino, Otto Baumgarten, un pastor luterano (Weber, 1995). Fue él quien incentivó a Weber para colaborar con el movimiento del social cristianismo alemán. No obstante que Weber nunca llegó a ser un creyente practicante, participó en el movimiento socialcristiano. Creía que la religión en su forma institucionalizada era de gran importancia social, por ello la tomaba en serio. Además, le permitió demostrar que el mundo no se basa solamente en cuestiones materiales, una idea que le acompañaba desde sus estudios de la época de colegio. Con todo, Baumgarten, un poco mayor de Weber, le recomendó lecturas teológicas que fueron de mucha influencia en esta época. De allí llegó a conocer de cerca ciertos problemas tratados en la teología y en la filosofía de aquella época del cambio del siglo.
Más adelante, Baumgarten se hizo miembro de la Asociación de la Ética Social y editó una revista a la cual Weber aportó varias investigaciones. La madre de Weber ya era miembro de aquella asociación y convenció a su hijo para que también colaborara en ella. La idea principal de la Asociación de la Ética Social era sensibilizar a teólogos y políticos de corte conservador liberal, así como ciudadanos comprometidos con esa clase de política. Esta necesidad se presentó después del rechazo de la ley contra los socialistas, propuesta por Otto von Bismarck. El canciller exigía en dicha ley autorizar a las autoridades del Estado a desterrar socialdemócratas opuestos a las políticas sociales de entonces. Los diputados liberales, inclusive el mismo emperador Guillermo II, no aceptaron la dureza de la ley y la derogaron (Mommsen, 1973:110-111). «En enero de 1890 se opusieron a Bismarck, que deseaba convertir la ley contra los socialistas en una ley permanente que conservase el temido artículo de proscripción permitiendo imponer el destierro ilimitado a los políticos socialdemócratas ingratos» (Mommsen, 1973:111). Posteriormente, el canciller tuvo que dimitir porque ya no era oportuno manejar las exigencias de los obreros con métodos represivos. Al mismo tiempo, se tenía que preparar a la opinión pública para buscar una mejora a la situación de los trabajadores en dirección distinta a las que exigían los socialdemócratas. Esta tarea la asumió el socialcristianismo, con el que Weber se sentía comprometido, y por ello le prestó apoyo a Baumgarten con sus trabajos. Su compromiso era tan intenso que inclusive se hizo amigo del fundador del partido socialcristiano, Friedrich Naumann. Comenzó entonces a dedicarse a la investigación de las condiciones sociales de los peones agrícolas en la región al este del Elba.
Esta región del este del Elba, llamada también la Prusia Oriental, presentaba en aquel entonces un problema nacional, porque sus terratenientes, los famosos Junker, representaban un poder económico y político enorme, pero ya decadente y sustituido por los industriales de las ciudades grandes. La resistencia de los Junker a pagar impuestos puso en peligro la reforma del Estado porque los empresarios capitalistas no querían asumir solos la carga del pago de impuestos sin ser acompañados por el sector agrario. Además, los Junker querían mantener intactos sus antiguos privilegios, hecho que el sector industrial tampoco aceptaba. Weber dedica a ese problema una investigación amplia: La situación de los trabajadores agrícolas en la Alemania del Este del Elba. Ese trabajo resultó ser sumamente amplio y finalmente comprendió alrededor de novecientas páginas. El impacto del estudio dio a Weber gran prestigio como investigador en el área de la historia económica. Es en esta obra donde percibimos una inclinación a explicar la actitud de actores sociales sobre la base de su compromiso religioso y a ventilar la posibilidad de cuánto influyen las ideas sobre una decisión laboral.
Aquel trabajo sirve, además, para demostrar que Weber no cumple con lo que él mismo como investigador social exige: un acercamiento al objeto de investigación sin ningún juicio de valor. Aparentemente, estamos ante una evaluación de datos estadísticos sobre el nivel de vida de trabajadores rurales en este territorio y la presentación de explicaciones sobre por qué aquellos abandonan esta región, pero, en cambio, nos da un claro ejemplo de cómo Weber ejerce función de propagandista a favor de una Alemania imperial que se prepara para una política expansionista. Es más, Arthur Mitzman, investigador norteamericano, afirma en su libro La jaula de hierro (1976) que entre los trabajos de Weber sobre la situación de los trabajadores agrícolas al este del Elba (vemos más adelante que se dedica en tres oportunidades al tema) y las posiciones nacionalistas étnicas allí reveladas, existe una directa conexión hacia una Alemania nacionalsocialista y autoritaria, la cual engendra un espíritu de sumisión en sus ciudadanos y por ende sirve al surgimiento del fascismo en Alemania. Es interesante ver cómo Mitzman llega a una evaluación tan radical con respecto a la función de Max Weber, no obstante que aplica, en la mayor parte de su libro, una interpretación psicológica de Weber y no se concentra mucho en problemas políticos o sociales. Aun así, llega a este resultado, lo que significa que la politización e ideologización en la obra de Weber son primordiales.
Georg Lukács, por su parte, subraya la función ideológica de Weber; por ello, su argumentación en El asalto a la razón (1978:485) es muy diferente a la de Mitzman. Lukács asume una evaluación completamente política de Weber. A Lukács no le interesa explícitamente si la obra de éste ha influido en el desarrollo de un sistema fascista en Alemania, sino, más bien, ubicarlo en una corriente que hace posible que las ciencias sociales se vuelvan reaccionarias. En este sentido, Weber sería colaborador de las fuerzas nacionalistas que más adelante se vuelven fascistas. Lo que Georg Lukács resalta acerca de éste es que estamos ante un representante en el área de las ciencias sociales que no acepta las explicaciones marxistas. Por esta razón, nuestro economista se ve obligado a buscar explicaciones que tampoco ignoran la existencia de tensiones sociales y las luchas que ellas requieren. Weber no niega la existencia de la lucha de clases, aunque emplea este concepto de modo diferente al marxista, y tampoco ignora la importancia de la economía sobre el desarrollo histórico. Lo que Weber refuta es la posición marxista de explicar el porqué del desarrollo histórico. Según la teoría marxista, son las fuerzas productivas las que impulsan el desarrollo. Para Weber el impulso está en la lucha del individuo hacia su libertad (Lúkacs, 1978:485). De allí también debemos concluir que, para Weber, la lucha de clases consiste únicamente en el anhelo del individuo de liberarse de su amo, sea patrón o empresario. Esta lucha, aunque puede presentarse como colectiva, de una clase contra la otra, nunca aspira a cambiar el sistema vigente (Lúkacs, 1978:485). Debemos aclarar para el lector que, no obstante que Weber pueda emplear conceptos marxistas, nunca les da en sus trabajos el mismo significado que ellos tienen en la teoría marxista. De allí surge, según nuestro entender, la confusión y la mala ubicación de Weber como un científico social progresista en lugar de conservador, lo que realmente es. Ese carácter moderno progresista, sin ser marxista, es, según Lukács, justamente el rol que Weber cumple en el espectro de las grandes teorías vigentes en el cambio del siglo.
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