—Eso sería en vida de mi padre —objetó Miguel—, ahora ya no. Ya han pasado diez años, mamá, y ahora las cosas son distintas. Es tiempo, como ella dice, de perdonar. ¿No nos manda nuestra religión perdonar?
En doña María la indignación y el rencor iban cediendo paso a la ambición. “¿Y si de veras nos llamara porque le remuerde la conciencia y quiere restituirnos lo que es nuestro? Yo podría volver a tener piano, y comprarme un rosario de filigrana de oro, y poner todos los días gladiolos en la jardinera… Dios aprieta, pero no ahoga.”
Miguel, considerando el silencio de su madre como un buen síntoma, la apremió:
—Fíjate, podemos ir nada más un día, como prueba. Si te gusta, nos quedamos, si no, no. ¿Qué te parece?
Doña María elevó los ojos al cielo y contestó:
—¡Ay, Miguel! ¿De qué sacrificios no es capaz una madre?
Y así, en aquel lunes de septiembre, quedó decidido que Miguel Prado y su madre serían huéspedes de Georgina Llorente en la quinta de Coyoacán.
De noche, la de los Insurgentes es una de las más hermosas avenidas metropolitanas. Celia Ortiz, recostada en el cómodo automóvil, no se molestaba en admirar el espectáculo resplandeciente y bullicioso. Ese lunes por la tarde había asistido al cine Chapultepec y a Loma Linda en compañía de una amiga. De regreso a su hogar, Celia iba pensando en María Félix.
“¡Qué mujer tan interesante! Pero, sobre todo, ¡qué interesante su vida en las películas! ¿Por qué la vida real será tan aburrida?” A ella, a Celia, le gustaría llevar una vida como la de María Félix, de emociones, de amores tempestuosos, ¡de aventuras!
Ante la reja de su casa, un incontenible fastidio la embargó. ¿Qué iba a hacer ahora? Allí estarían, como siempre, su mamá y sus antipáticas amigas jugando rummy. Su papá estaría por milésima vez encerrado en su sala de cacería limpiando armas o clasificando piezas cobradas, y Marito y Pepe, los insoportables hermanillos, estarían peleando como de costumbre.
Pensó en llamar a su amigo Rique para concertar un encuentro en el Rendez Vous, y con ese propósito, apenas entró en el vestíbulo de su opulento hogar, se dirigió a la mesilla del teléfono. Pero un sobre alargado, color violeta, atrajo su atención.
Iba dirigido a: Señor Mario Ortiz y fam., y el monograma con las iniciales G. Ll. P. enlazadas, hizo saber a Celia su procedencia. Curiosa y un poco impresionada, estudió el sobre. Olía a Risque Tout, de Lentheric. La letra era fina, alargada y elegante, pero Celia, que ignoraba grafología, nada logró averiguar a través del sobrescrito acerca de esa Georgina misteriosa a la que secretamente deseaba conocer.
El “fam.” añadido al nombre de su padre, ¿constituiría una autorización suficiente para enterarse del contenido de la carta? La joven, voluntariosa y mimada, dudó sólo breves instantes. Rasgó el sobre cuidadosamente y leyó la misiva con interés.
Olvidó su propósito de ir al Rendez Vous, y ya sólo esperó con ansia que las amigas de su madre se retiraran para hablar a solas con ella.
Una hora más tarde, al filo de las diez, observó Celia desde su ventana cómo se despedía la última jugadora de rummy y bajó corriendo las escaleras para salir al encuentro de su madre.
Agitó en una mano el sobre color violeta y dijo a Adela, gritando:
—¡Mamá, mamá! ¡Mira qué formidable!
Y la hizo entrar en la sala, apoltronarse en un sofá y leer la carta. Adela, que plegó los labios en un mohín desdeñoso al reconocer la procedencia de la misiva, exclamó ya francamente enojada cuando la hubo leído:
—¡Se necesita frescura!
La carta decía así:
Estimados Mario y Adela:
Aunque nuestras relaciones sociales se han limitado hasta ahora a saludarnos de vez en cuando en los bailes, en la ópera o en los toros, mucho les agradecería acepten esta invitación de venir a mi quinta de Coyoacán a pasar un fin de semana. Trato de reunir a una porción de viejos conocidos y de pasar unos días agradablemente. Hago extensiva mi invitación a la encantadora Celia.
Espero que se mostrarán ustedes lo suficientemente modernos como para estar en esta su casa el próximo viernes a las diecinueve horas.
Cordialmente,
Georgina Llorante, viuda de Prado
—Mamá, vamos a ir, ¿verdad? —preguntó anhelante Celia.
—Ni lo pienses —contestó Adela—. ¿Cómo vamos a ir a la casa de la ex esposa de tu padre?
—Y ¿por qué no, mamá?
—Pues, porque no.
—Porque no —remedó Celia—. Esa no es una razón, mamacita. Mira, sería una magnífica puntada. Hay que ser modernos, como dice esa señora. Ha de ser muy sport.
—Ahora resulta que te cae bien y que la admiras. Muchas gracias.
—Pero mamá, no seas así. No te enojes. ¿Cómo se va a comparar ella con mi mamacita chula? Además, ¿qué tiene que ver que haya estado casada con mi papá? Ella se casó también después, ¿no? ¿O a lo mejor estás celosa?
—No digas tonterías, Celia. Sencillamente, no me parece conveniente que vayamos.
—Pues deberías ir. Si no, ella va a creer que no vas porque estás celosa. Yo, en su lugar, pensaría lo mismo.
—¡Ay, hija, por Dios! Ahora te vas a encaprichar, y no pararás hasta salirte con la tuya, te conozco.
—Pues claro, mamacita. Va a ser retedivertido. Algo diferente, no lo mismo de toda la vida: el juego y el cine; el cine y el juego.
—Mira, mira, como si tú no fueras a donde quieres.
—Bueno, pues por eso ahora iré a casa de Georgina.
—Pero tu papá, ¿qué dirá?
—Mi papá... Oye, ¿no podrá cazar conejos o gorriones en esa quinta? Mira, mamá: mi papá va si nosotros le decimos que vamos.
—¿A dónde? —preguntó una voz masculina desde la puerta de la sala.
Celia y Adela se miraron sorprendidas y se ruborizaron. Celia pensó: “¿Habrá oído lo de los conejos y lo de los gorriones?” Pero pronto se rehízo y mimosamente llegó hasta Mario Ortiz y le entregó la carta a guisa de explicación.
El señor la leyó, la guardó nuevamente en su sobre y preguntó:
—¿Ya ustedes decidieron ir?
—Pues yo digo que... —empezó Adela, pero calló porque al mismo tiempo Celia decía:
—Sí, papacito, por favor. Vamos, ¿verdad? Va a ser retedivertido.
Mario se encogió de hombros, encendió pausadamente su pipa y al fin dijo:
—No creo que resulte divertido, pero en fin...
Y así, en ese mismo lunes de septiembre, quedó decidido que la familia Ortiz sería huésped de Georgina Llorente en la quinta de Coyoacán.
***
Despierta aún, Celia urdía un sinfín de ensueños. Cinco veces por lo menos había hecho el inventario de su guardarropa para el fin de semana, y como no le bastaba lo que poseía, decidió ir al día siguiente a Liverpool a proveerse de otro traje de baño, batas, vestidos y un extenso surtido de artículos diversos.
Imaginaba la casa de Georgina como una mansión de novela, y esperaba de esos días, aventura y emoción. “Quizá conoceré a algún hombre interesante y se iniciará entonces un romance apasionado... o dos romances, mejor: dos rivales a punto de matarse por mi amor… ¡Qué interesante!”
En la penumbra de su alcoba, Celia soñaba. Una veladora eléctrica esparcía suave luz. La joven, desde pequeña, tenía miedo a la oscuridad, un miedo enfermizo que se avenía mal con sus ímpetus apasionados y su sed de emociones fuertes.
Pronto aprendería la pobre una dura lección y quedaría para siempre curada de sus aventureros afanes.
***
Adela, en su lecho solitario, no podía conciliar el sueño. Se arrepentía de haber cedido sin lucha a la voluntad de su hija, pero al mismo tiempo sabía que era preferible ir contra sus propios deseos que oponerse a los de Celia.
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