Elicura Chihuailaf - La vida es una nube azul
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En el extremo poniente había dos baúles en los que mi gente guardaba los comestibles, y dos o tres barricas que contenían harina cruda, afrecho, cereales; también un gran cajón, destinado a las papas, puesto sobre maderos que lo alejaban del suelo (para facilitar la aireación) y dos vasijas de greda, una para el muday –bebida de kachilla trigo o gvilliw piñón– recién fabricado, al que podíamos recurrir los niños, y otra con muzay fermentado. Desde el techo de esa zona pendían tres o cuatro zarandas de coligüe en las que se ordenaban –para secarlos– quesos, carne, hierbas medicinales, «orejones» (frutas en delgadas rodajas puestas además sobre una llepv o balai). Y en un rincón, encima de un trozo de árbol, la kuzi piedra de moler trigo. Más un altillo en el que estaban los cueros de oveja y los tejidos (mantas, choapinos, pontro / frazadas) que se ponían sobre los wanku asientos o se extendían a orillas del fogón. La tierra estaba tan transitada que llegaba a brillar, apretada como si fuera piso de madera, meticulosamente barrida cada mañana
En las paredes había colgantes de distintos productos: ajíes, ajos, maíz seco, cebollas, ristras de frutos secos. Y afirmados en ellas, el witral telar y un secador de madera para extender las mantas mojadas; a veces uno o dos yugos con sus cabestros extendidos. En distintos sectores, próximos a las paredes, se distribuían los zapallos y alcayotas más alguna cesta con manzanas
La ubicación de las cosas y la realización de las acciones se correspondían con las normas derivadas de cada espacio: zomo ñi eltukawe espacio femenino; wentru ñi eltukawe espacio masculino; pichikeche ñi eltukawe espacio de los niños
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Por las noches oímos los cantos, cuentos y adivinanzas a orillas del fogón, respirando el aroma del pan horneado por mi abuela, mi madre o la tía María, mientras mi padre y mi abuelo –Lonko / Jefe de la comunidad–observaban con atención y respeto. Hablo de la memoria de mi niñez y no de una sociedad idílica. Allí, me parece, aprendí lo que era la poesía. Las grandezas de la vida cotidiana, pero sobre todo sus detalles, el destello del fuego, de los ojos, de las manos
Sentado en las rodillas de mi abuela oí las primeras historias de árboles y piedras que dialogan entre sí con los animales y con la gente. Nada más, me decía, hay que aprender a interpretar sus signos y a percibir sus sonidos, que suelen esconderse en el viento… Así me digo y les estoy diciendo en mi poema Kallfv Pewma mew Sueño Azul
Las voces, los sonidos, las imágenes de mi infancia son las que –me parece– permanecen con mayor nitidez en mi memoria. Me emociona con frecuencia la clara sensación de libertad y ternura de esos días, rodeados por las y los integrantes de nuestra numerosa familia, incluidos tías, tíos, primas, primos (algunos aparecían y desaparecían en diferentes lapsos de tiempo) y también por otras personas –familiares o no– que llegaban de visita o, simplemente, porque debido a los más diversos motivos habían sido acogidas por mis padres y mis abuelos. Entre ellos recuerdo a Hipólito, azadón al hombro, cantando: «Las campanas del rosario, por qué no repicarán…». El fuego de nuestra ruka estaba siempre encendido. Por las noches se cubría con una delgada capa de ceniza (de la Luna, decían). Las llamas del fogón representan las llamas del Sol que nunca deben apagarse para que continúe la vida en la Tierra
Con cierta frecuencia –sobre todo por las tardes– nos gustaba columpiarnos sentados en el extremo de una rama de coigüe o sobre una tabla amarrada a un cordel que pendía del castaño. Pvllchvwkantun se dice columpiarse. A veces mi hermano y hermanas mayores organizaban juegos a los que nos «invitaban» a participar, a mi hermano Carlitos y a mí. Jugábamos al awarkuzen el juego de las habas, a las visitas, a las escondidas, al pillarse, al lefkantun carreras a pie desnudo, a las carreras en zancos de coligües, a buscar objetos escondidos entre el pasto o en los huecos de los árboles o entre las raíces de los árboles que habían sido destroncados y se ocupaban como cercos (para nosotros casi todos los lugares eran un awkantuwe espacio de juegos para los niños y niñas)
Pero lo más memorable para mí eran las «tardes culturales» dirigidas por mis hermanos Arauco y América. Hacíamos representaciones de escenas cotidianas o de escenas rituales, especialmente del choykepurun o tregvlpurun baile del avestruz o del treile, que requería de indumentaria y plumaje; y vl cantos, konew y epew, adivinanzas y relatos de la tradición protagonizados por zorros, perdices, garzas, pumas y otros animales y aves, o diversos textos aprendidos por nuestro hermano y hermanas en la escuela de la comunidad
A Carlitos y a mí nos agradaba mucho salir a caminar por los bosques próximos a nuestra casa y, sobre todo, cabalgar en pelo y saltar sobre los troncos de los árboles que habían sido derribados por el viento (más de una vez nos caímos, aunque los golpes eran atenuados –pensábamos– por el colchón de hojas del bosque); mi hermanito montado en la Kurv / Kurü Negra y yo en la Zomo Dama, siempre acompañados por nuestros perros. Con frecuencia cumplíamos también con la recomendación de ver si los vacunos andaban juntos y lo mismo las ovejas, a las que detectábamos rápidamente porque a la oveja-guía le colgaban un cencerro en su cogote. A veces teníamos que arrearlas hasta el corral aledaño a la casa
Cuánto recuerdo esas travesías en las distintas Lunas del año: la diversidad de hojas, de pájaros, de insectos, de animalitos. Las ramas movidas por el viento que revela las distintas cadencias de la arboleda; cada árbol posee su ritmo, su pausa propia, como las personas o los animales al andar. Y a veces la neblina o el aire tibio, la nieve, la llovizna o la lluvia maravillosa. El sonido de los esteros, la intensidad de sus aromas, la luz. ¡La luz!, la humedad, las texturas de las hojas y los troncos de los árboles: canelos, coigües, hualles, robles, ulmos, laureles, radales, lingues, avellanos, olivillos, mañíos, tepas, lumas, arrayanes, temu, maitenes. El colorido de las bayas –azules y blancas– de los espinos y de las flores silvestres, de las enredaderas y de los diversos hongos. El misterio de la negatividad y positividad esplendorosa
En mi pensamiento está también la blanquecina aparición de los digüeñes que cuelgan resplandecientes –o se aferran a los nudillos– en los hualles de la primavera. Hongos que bajábamos sacudiendo las ramas con largos coligües, y que comíamos hasta hartarnos, mientras también los acumulábamos en una bolsa para en casa cortarlos en delgadas rodajas para preparar una ensalada, agregándole trocitos de ajo, cilantro picado, una pizca de merken / ají rojo, seco y ahumado, sal y vinagre de manzana (mi aderezo predilecto). Un platillo con un fresco y sabroso color anaranjado que la familia compartía y disfrutaba acompañándolo con papas cocidas
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A lo menos una o dos veces en la semana nos despertábamos al amanecer –wvn– con la letanía de mis abuelos que, solos o acompañados por mis padres y/o por alguno de mis tíos y tías, realizaban la llellipun rogativa en el sitio destinado para ello en el lado oriente del huerto. Es en el momento en que se asoman los primeros rayos del Sol, ligaf pvrapan Antv. ¡Oo, Kushe - Fvcha Genechen; Kushe- Fvcha Genmapun! Anciana-Anciano Sostenedor de la Gente; Anciana-Anciano Sostenedor de la Tierra, decían vueltos hacia el levante. La reiterada interjección que siempre me conmovía: Oooo...!
En los días de primavera y verano la familia se afanaba en el proceso de ordeñar las vacas, cuyos terneros y terneras habían sido encerrados en un pequeño corral contiguo al galpón. La primera fase era el acarreo del agua desde el witrunko estero, a unos cien metros de la casa o desde la wvfko vertiente que está algo más distante; todo dependía del caudal. Esta era una tarea en la que nos gustaba colaborar
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