Otro peligro que resulta de exagerar la importancia de los judíos es el de menospreciar la iglesia. A la comunidad del nuevo pacto del Mesías, compuesta por judíos y gentiles, se la llama el cuerpo glorioso de Cristo, y eso es lo que es. Hay que evitar cualquier intento de minimizar su posición bíblica como cumplimiento y vértice del plan de salvación de Dios cuando se insista en el interés que Dios tiene por Israel. Según mi propia experiencia, he descubierto que esta tendencia en muchos de los que aman al pueblo judío suele ser lo que más desagrada a quienes comienzan a considerar estas verdades acerca de los judíos. Hay quienes creen que la iglesia nunca formó parte del plan del Señor, sino que recurrió a ella solo como una especie de Plan B cuando los judíos, como pueblo, no aceptaron a Jesús como el Mesías. En consecuencia, su plan de establecer un reino mundial, centrado en Jerusalén, quedó en suspenso, y la “era de la iglesia” se instituyó como fase intermedia hasta que él vuelva a establecer su reino milenario. Tal punto de vista presenta inevitablemente a la iglesia como mejor opción secundaria, y plantea serias preguntas acerca de la soberanía de Dios.
Dificultades y objeciones
Estoy seguro de que, a estas alturas, aunque espero haber respondido a la mayoría de las preguntas que surgen de este problema, algunos lectores habrán dicho varias veces: “Sí, pero…”. Sin embargo, me vienen al pensamiento otras dos preguntas que trataremos a continuación.
El período de transición de los Hechos de los Apóstoles
Hechos habla no solo de los comienzos del evangelio, sino también del singular período de cambio del antiguo pacto al nuevo. Hay cosas en los Hechos que pertenecen solo a ese momento de transición; por ejemplo, el que los creyentes judíos continuaran asistiendo fielmente al culto del templo. ¿Podemos decir lo mismo sobre lo de “al judío primeramente”? Para responder hemos de preguntarnos, ¿se enseña esta práctica o principio en las epístolas? Si es así, es vinculante hoy y no algo transitorio. Ya he demostrado anteriormente que lo de “al judío primeramente” se enseña claramente en las epístolas.
Cristo derriba la pared intermedia de separación (Ef 2:14)
Él lo hace en verdad. Pero es algo que sucede en Cristo cuando los pecadores creen en él. Sin embargo, la expresión “al judío primeramente” habla de judíos y gentiles mientras son inconversos, hayan o no recibido promesas de Dios. Espiritualmente hablando, el mundo no se divide simplemente en creyentes y no creyentes, pues el mundo no creyente, a la vista de Dios, se divide a su vez en judíos y gentiles, según escribe Pablo: “No seáis tropiezo ni a judíos, ni a gentiles, ni a la iglesia de Dios” (1Co 10:32).
Preguntas:
1.¿Por qué escribió Pablo que el evangelio se dirige “al judío primeramente”? ¿Se puede aplicar eso hoy?
2.¿Qué peligros hay en exagerar lo de “al judío primeramente”?
3.¿De qué modo reconoce tu iglesia que el evangelio va dirigido “al judío primeramente”?
CAPÍTULO 4
El olivo
¿Crees que los judíos son las ramas naturales o las silvestres? Si la pregunta te confunde, imagina entonces un árbol que representa a la iglesia del Nuevo Testamento, con sus propias ramas naturales y también con otras silvestres que le han sido injertadas. ¿Cuáles de ellas crees que representan al pueblo judío, las primeras o las segundas, las naturales o las silvestres? Para Pablo, los judíos son las ramas naturales y todas las demás son las silvestres. Yo mismo soy una de ellas. Pero me temo que muchos cristianos no ven a los judíos como las ramas naturales. Al parecer, la iglesia es la última organización a la que los judíos querrían pertenecer; entonces, ¿cómo podemos verla como su ámbito natural? Usando otra metáfora: la iglesia es el medio en el que más se sentirían como pez fuera del agua. ¿De qué se trata, pues? Para responder a esa pregunta, tenemos que pensar en el olivo de Romanos 11:16-24.
La figura del olivo
Pablo presenta esta ilustración como parte de su intención de mostrar en Romanos 11 que Dios no se ha lavado las manos con respecto al pueblo judío. Su metáfora del olivo es única en el Nuevo Testamento porque usa una figura para describir al pueblo de Dios, desde sus comienzos con el pacto de Abraham hasta su cumplimiento en el nuevo pacto. Otras metáforas, como la del cuerpo, la novia o el templo, pueden captar imágenes del Antiguo Testamento, pero no pretenden ilustrar la transición del Antiguo al Nuevo. Con el olivo, Pablo nos muestra un árbol que tiene raíz, savia y dos tipos de ramas: las naturales y las injertadas. Los judíos son las ramas naturales y los creyentes gentiles son las ramas injertadas (v. 24). Al tratar de entender su lenguaje aquí hemos de recordar que el pasaje va dirigido a cristianos de origen gentil (ver 11:17,24), en el que “vosotros” (o ustedes), a quienes se dirige, se refiere a aquellos que no pertenecen por naturaleza al árbol: los gentiles.
El árbol de partida es el pueblo de Israel antes de la venida de Jesús. Podemos pensar que la raíz son los patriarcas, Abraham, Isaac y Jacob, los primeros receptores de las promesas de Dios. La savia representaría la bendición de Dios que fluía hacia los judíos por ser su pueblo. Hay quienes piensan que el árbol representa a Cristo, pero esa es una idea que emerge más de la lógica espiritual que del propio texto. No se hace mención de Cristo, sino que el texto se centra en el pueblo de Dios. Pablo declara que los judíos son las ramas naturales del árbol (Ro 11:21,24), por tanto, el árbol, en su origen, es Israel. Además, la idea de que Cristo es el árbol ignora que el propósito de Pablo es evitar que los cristianos gentiles se jacten frente a los judíos recordándoles que dependen de lo que Dios ha hecho a través de Israel. Sin duda, es Cristo quien nos otorga la gracia, pero Pablo no está hablando aquí de la fuente de provisión, sino del canal por el que se suministra la gracia de Cristo.
Sin embargo, hay un cambio que se produce con la llegada del Mesías. La fe en Jesús se convierte en la condición para permanecer en el árbol y recibir así la bendición del pacto con Dios (Ro 11:24). Los judíos que creyeron permanecieron en él, como Pedro, Santiago y Juan, y recibieron las bendiciones del nuevo pacto de Dios. Los judíos que no creyeron, la mayoría de la nación con el paso del tiempo, siguieron un curso diferente. Como rechazaron a las nuevas iglesias, y tras la destrucción del templo, fueron apartados de los medios de gracia de Dios; para ellos la savia dejó de fluir.
¿Pero, acaso no era tan importante y necesaria la fe antes de que viniera el Mesías? Si es cierto que “sin fe es imposible agradar a Dios” (Heb 11:6), eso quiere decir que las cosas no han cambiado tanto, ¿no? Claro que sí, pero también tenemos que recordar que, según el antiguo pacto, un israelita podría carecer de fe y, sin embargo, seguir siendo realmente alguien perteneciente al pueblo del pacto de Dios, por nacimiento natural. La gente era cortada del pueblo solo por un número limitado de pecados graves. Mientras un israelita evitara cometerlos, él o ella podían carecer de una fe salvadora y, aun así, disfrutar de algunas de las bendiciones temporales del pacto de Dios, como buenas cosechas, liberación de los enemigos y un código moral sublime; cosas de las que era beneficiaria toda la nación. Claro que, tratándose de experimentar bendiciones espirituales y tener vida eterna, la fe en el camino de salvación de Dios era esencial. Si consideramos los reinados de David y Salomón, cuando toda la nación experimentaba gran bendición de parte de Dios, seguro que habría muchos de ambas categorías. Un ejemplo claro sería el de Nabal y su esposa Abigail (1Sa 25). Parece que él carecía de la verdadera fe, pero ella sí la tenía de manera clara; aun así, ambos conocían las bendiciones temporales de Dios como parte de la gracia de su pacto con toda la nación durante los reinados de Saúl y de David.
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