“Al judío primeramente” y el testimonio de la iglesia local
En primer lugar, ver a los judíos como hijos de la promesa es una cuestión de perspectiva. No podemos tratarlos como si fueran un grupo étnico más, con su propia cultura. Son únicos porque son el pueblo al cual Dios hizo las promesas mesiánicas. Para ellos, el mensaje de un Salvador prometido es especialmente oportuno. El alma de su cultura apunta a una esperanza de salvación; toda su razón de ser es esperar esa salvación. La mayoría de sus días santos y fiestas fueron ordenados por Dios para enseñar el método y la meta de la salvación. Ninguna otra nación ha sido así creada y moldeada por Dios. Por eso Pablo, en Romanos 11:24 y en otro capítulo posterior, habla de ellos como las ramas naturales. Por esa razón, hay que presentarles a Jesús como el cumplimiento de aquellas promesas.
Una iglesia cercana a una comunidad judía, para alcanzar a los judíos de su barrio, ha de estar preparada y sensibilizada. Hay que esforzarse en instruir a la iglesia sobre el modo de predicarles siendo el pueblo de la promesa y, si nos lo tomamos en serio, capacitar de algún modo a alguien del liderazgo de la iglesia para que aprenda a predicarles a los judíos, responsabilizándose del testimonio de la iglesia a sus vecinos judíos. Deberíamos considerar que es un privilegio de Dios tener al pueblo de la promesa en el barrio de nuestra iglesia, y no algo incómodo. Yo seré el primero en admitir que hacer un esfuerzo especial así para alcanzarlos puede que traiga inconvenientes, pero no parece que Pablo dejase que algo así alterara su estrategia.
Esas iglesias deberían ver que tienen una oportunidad única de mostrar el “nuevo hombre” en Cristo (Ef 2:15). En su sabiduría, Dios ha dispersado al pueblo judío por todo el mundo, y especialmente por tierras donde oirán el evangelio. ¿No podemos verlo como parte del plan de Dios para salvar a algunos y lograr su propósito de crear un nuevo hombre en Cristo, compuesto por judíos y gentiles? Esas iglesias deberían entender que se trata de una oportunidad para algo glorioso, no como un problema a evitar.
A veces me pregunto si esta tendencia de ignorar a los judíos se debe a que algunos cristianos piensan que los judíos de hoy ya conocen el evangelio puesto que tienen el Antiguo Testamento. ¿Nos gozamos viendo al Mesías Jesús y la salvación en sus páginas, y por eso estamos seguros de que ellos también pueden verlo? Nada más lejos de la verdad. Por ejemplo, cuando les digo a amigos judíos que la muerte de Jesús satisface la gran demanda de sangre expiatoria enseñada en sus Escrituras hebreas, generalmente palidecen. No se les ha enseñado que aquellos sacrificios tuvieran ningún valor salvífico y no los vinculan con la sangre de Jesús. Creo también que, a algunos cristianos e incluso a líderes de la iglesia, les asusta la comunidad judía. Saben de la oposición que la comunidad judía puede levantar contra los intentos de evangelizarlos, y renuncian a hacerlo. A ninguno nos gusta ese tipo de conflictos, pero tanto nuestro Salvador como sus apóstoles anduvieron ese camino; y difícilmente podemos esperar que ahora sea distinto.
“Al judío primeramente” y la misión de la iglesia local
Globalmente, la iglesia aún está obligada a llevar el evangelio al judío primeramente y también al gentil. Si podemos teorizar por un momento, imaginemos a los líderes de una iglesia recién plantada sentados para discutir cómo hacer obra misionera más allá de su propio barrio. Su programa misionero es una hoja en blanco. Saben que son responsables de llegar a un mundo necesitado, pero la cuestión principal es a dónde ir o qué apoyar. Pero, retrocediendo un paso, ¿qué es lo que los hace ser conscientes de su responsabilidad? Es el mandato de Jesús el Mesías de ir a todo el mundo (Mt 28:19). También es lo que Pablo enseña: que, yendo, han de ir primero al judío. Quiere decir que han de reconocer que tienen la obligación de apoyar la obra entre los judíos, al tiempo que también buscan lo que Dios quiere que hagan en el mundo gentil. La estrategia ha de ser siempre doble, como lo fue la de Pablo hasta el final de Hechos. La conclusión es que las denominaciones eclesiásticas, o las iglesias locales independientes, son responsables al considerar la obra misionera, por participar en la evangelización de los judíos. Doy gracias a Dios porque muchos lo hacen, pero también me entristece que muchos no entiendan su responsabilidad. Puede que muchas iglesias sean celosas de la misión y envíen misioneros a todo el mundo y, sin embargo, se olviden por completo de los judíos. Es una omisión que hay que confesar y arrepentirse. ¿Y tú y tu iglesia, qué?
La oración por el pueblo judío en la vida de la iglesia
Cuanto estoy diciendo acerca de ir primeramente al judío, no habría sorprendido a algunos grandes hombres de Dios de generaciones precedentes. Por ejemplo, The Directory for Public Worship in the Westminster Confession of Faith (El Directorio para el Culto Público de la Confesión de Fe de Westminster) es una de las primeras y más completas declaraciones de fe y práctica escrita por protestantes, que fue creada por ministros británicos del evangelio reunidos en Londres en 1646 y es utilizada por muchas iglesias de todo el mundo. Hay un artículo que dice que cuando se ora por la venida del reino de Cristo, se debe mencionar de manera específica la conversión de los judíos. En la lista de motivos de oración está en primer lugar. Entre quienes escribieron aquel directorio se contaban algunos de los mejores y más capacitados predicadores y teólogos que jamás se hayan reunido para definir las enseñanzas de las Escrituras. No es poca cosa que llegaran a esa conclusión. ¡No hace falta ser muy imaginativo para entender cómo crecería el interés de los cristianos por la salvación de los judíos si cada predicador orara por su salvación cada domingo! Y esto no es solo para los predicadores; la oración habitual pública y privada de cada cristiano a favor de los judíos significa obedecer a esta enseñanza: “Al judío primeramente y también al griego”.
Peligros a evitar
La palabra “primeramente” en la frase “al judío primeramente” a menudo se entiende mal. No significa que los judíos tengan una espiritualidad innata que los haga distintos de los demás. Como dijo un ingenioso judío: “Los judíos somos como todo el mundo, solo que más”. Una simple lectura del Antiguo Testamento debería bastar para disipar cualquier idea de que el pueblo judío sea una nación de superhombres espirituales, aunque la idea persiste.
Con todo, hay quienes siguen pensando que los judíos no necesitan a Jesús el Mesías para llegar al cielo. Enseñan que los judíos tienen su propio pacto con Dios y que eso basta. Lo dicho por Pablo y Pedro debería ser suficiente para refutar tal idea: “Por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios” (Ro 3:23); “No hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos” (Hch 4:12).
Este mito de la espiritualidad innata de los judíos hace que haya cristianos que vean a los judíos que creen en Jesús como poseedores de un aura especial. Muchas veces me han dicho con un tono bastante efusivo: “¡Son tan maravillosos cuando se convierten! ¿no es cierto?”. Es muy interesante tener tradiciones nacionales y familiares cuyas raíces están en la revelación de Dios. Todo el mundo siente un atractivo natural hacia sus raíces, y las de los judíos están en la Biblia. Pero nada los hace de manera innata mejores seguidores de Jesús el Mesías. No existe un camino fácil que nos haga espirituales y que seamos una bendición espiritual para los demás; tal cosa es el resultado del crecimiento lento pero seguro en la gracia y que nace de la sumisión a la verdad de Dios. No dudo que sea importante y valioso tener creyentes judíos en la iglesia, pero no hay ninguna bendición automática que se derive de ello.
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