—Ha dado en el blanco, compañero —respondió el joven cazador—. Sabe que siento mucho respeto por usted, pero si esto solo se tratara de usted, me lo habría pensado dos veces antes de meter la cabeza en este avispero. Es por Lucy por quien he venido: antes de permitir que algún peligro la cubra prefiero que la familia Hope pierda en Utah a uno de sus integrantes.
—¿Qué haremos?
—Mañana es su último día, y a menos de que haga algo esta noche, estaremos perdidos. Una mula y dos caballos me esperan en Eagle Ravine. ¿Cuánto dinero tiene?
—Dos mil dólares en oro y cinco mil en billetes.
—Con eso es suficiente. Tengo algo parecido que aportar a esa suma. Debemos atravesar las montañas y dirigirnos a Carson City. Es mejor que usted despierte a Lucy. Es algo bueno que los sirvientes no duerman en la casa.
Mientras Ferrier estuvo ausente preparando a su hija para el viaje que se aproximaba, Jefferson Hope empacó en un pequeño paquete todos los comestibles que pudo encontrar y llenó una jarra de cerámica con agua, pues sabía de primera mano que los pozos en las montañas eran escasos y distaban los unos de los otros. Apenas había completado su labor cuando el granjero volvió con su hija, vestida y lista para salir. El saludo entre los amantes fue cariñoso pero breve, pues cada minuto contaba, y había mucho por hacer.
—Tenemos que salir ahora mismo —dijo Jefferson Hope con la voz queda pero resuelta de una persona que está al tanto de todos los peligros que acechan y que, sin embargo, está decidida a encararlos—. Están vigilando las entradas de adelante y de atrás, pero con cuidado podemos escaparnos por una de las ventanas laterales y atravesar el campo. Una vez que lleguemos al camino, estaremos a unos tres kilómetros del Ravine, donde nos esperan los caballos. En la madrugada estaremos internados en la montaña.
—¿Qué pasa si nos cierran el paso? —preguntó Ferrier.
Hope le dio una palmada a la empuñadura del revólver, que asomaba de su túnica.
—Si son demasiados, nos llevaremos a dos o tres de ellos con nosotros —dijo con una siniestra sonrisa.
Las luces del interior de la casa estaban apagadas, y desde la oscuridad de la ventana Ferrier miró los sembradíos que habían sido suyos y que estaba a punto de dejar para siempre. Ya se había preparado para el sacrificio, y el honor y la felicidad de su hija eran más importantes que cualquier lamento por sus fortunas perdidas. Todo se veía tan pacífico y feliz, los árboles susurrantes y los grandes trigales silenciosos, que parecía imposible aceptar que el espíritu asesino merodeara a través de todo ello. Sin embargo, en el rostro blanco y en el gesto del joven cazador aún podía notarse que en su acercamiento a la casa vio lo suficiente como para andar con tiento.
Ferrier llevaba una maleta con el oro y los billetes, Jefferson Hope cargaba las exiguas provisiones y Lucy llevaba un pequeño fardo que contenía algunas de sus posesiones más preciadas. Abrieron la ventana con cuidado, muy despacio, y esperaron hasta que una nube negra oscureciera la noche. Uno a uno desembocaron en el pequeño jardín. Con el alma en vilo y agachados, lo atravesaron a trompicones y llegaron hasta el abrigo de un seto, que bordearon hasta el espacio abierto que conducía a los trigales. En este punto el hombre joven agarró a sus dos compañeros y los arrastró hasta la sombra, donde permanecieron temblando y en silencio.
Era algo muy bueno que el entrenamiento en las llanuras hubiera desarrollado en Jefferson Hope un oído de lince. Él y sus amigos apenas se habían agachado cuando a pocos metros se escuchó el ulular melancólico de un búho de montaña, que fue inmediatamente respondido por otro ulular a poca distancia. En el mismo momento una figura vaga y sombría emergió del espacio en el trigal adonde ellos se dirigían, y emitió un nuevo ulular lastimero, con el cual emergió de la oscuridad un segundo hombre.
—Mañana a la medianoche —dijo el primero, que parecía ser la figura autoritaria—. Cuando el chotacabras grite tres veces.
—Está bien —respondió el otro—. ¿Debo informarle al hermano Drebber?
—Pásale la orden, y que él la comparta con los demás. ¡Nueve a siete!
—¡Siete a cinco! —repitió el otro, y las dos figuras salieron en direcciones contrarias.
Sus palabras de cierre evidentemente eran alguna forma de señal y contraseñal. En el momento en que dejaron de escucharse las pisadas, Jefferson Hope se puso de pie como un rayo y lideró a sus compañeros por el espacio libre. Luego los condujo por los trigales tan rápido como les era posible; durante todo el recorrido ayudó y hasta cargó a la muchacha, cuando las fuerzas parecían abandonarla.
—¡Vamos! ¡De prisa! —susurraba de vez en cuando—. Ya atravesamos la línea de los centinelas. Ahora todo depende de nuestra velocidad. ¡Vamos!
Una vez en el camino, avanzaron rápidamente. Se toparon con gente una sola vez, y lograron ocultarse en un sembradío, para evitar ser reconocidos. Antes de llegar al pueblo, el cazador tomó un sendero escarpado y estrecho que llevaba a las montañas. Dos picos oscuros e irregulares se cernían sobre ellos en medio de la oscuridad, y el desfiladero que los atravesaba era Eagle Canyon, donde los aguardaban las bestias. Con su instinto infalible, Jefferson Hope elegía la ruta por entre grandes rocas y a través de lechos secos de ríos, hasta que llegaron a una esquina retirada y cubierta de piedras, donde estaban amarrados los fieles animales. Subieron a la muchacha a la mula, y al viejo Ferrier con su maleta repleta de dinero a uno de los caballos; Jefferson Hope se subió al otro y lideró el empinado y peligroso camino.
Se trataba de una ruta abrumadora para aquellos que no estuvieran acostumbrados a encararse con los estados de ánimo más salvajes de la naturaleza. Por un lado, un gran risco se elevaba a una altura de más de trescientos metros: era oscuro, adusto y amenazador, y tenía largas columnas basálticas en toda su superficie escarpada, como si fuera el costillar de algún monstruo petrificado. Por el otro, un salvaje caos de escombros y peñascos hacía imposible cualquier avance. Por entre los dos corría un trayecto irregular, tan estrecho en ciertos tramos que se veían forzados a marchar en fila india. Era tan irregular que únicamente jinetes muy experimentados podían recorrerlo. Sin embargo, y pese a todos los peligros y dificultades, los corazones de los fugitivos se sentían livianos, pues con cada paso aumentaban la distancia con el terrible despotismo del que huían.
No obstante, pronto llegó una prueba de que todavía estaban dentro de la jurisdicción de los Santos. Habían alcanzado el tramo más desolado y salvaje de aquel paso cuando la muchacha dio un sobresaltado grito y señaló hacia arriba. En una roca que dominaba el panorama, y que resaltaba oscura y plana contra el cielo, se veía un solitario centinela. El centinela los vio tan pronto como lo vieron a él, y su grito militar de «¡¿Quién vive?!» corrió por el silencioso desfiladero.
—Viajeros hacia Nevada —dijo Jefferson Hope con una mano sobre el rifle que llevaba en la silla de montura.
Podían ver al solitario observador toqueteando su arma y mirándolos como si su respuesta no hubiera sido satisfactoria.
—¿Con permiso de quién? —preguntó.
—De los Cuatro Santos —respondió Ferrier. De su trato con los mormones sabía que esta era la autoridad máxima que se podía convocar.
—¡Nueve a siete! —gritó el centinela.
—¡Siete a cinco! —respondió rápidamente Jefferson Hope, recordando la contraseña que había escuchado en el jardín.
—Adelante, y que el Señor vaya con ustedes —dijo la voz desde arriba.
Una vez superado este puesto de vigilancia, el camino se ensanchaba, de tal manera que los caballos pudieron lograr un trote. Al mirar hacia atrás veían al solitario centinela recostado sobre su arma, y sabían que habían atravesado el último puesto de vigilancia de los elegidos, y que ahora tenían la libertad ante ellos.
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