—Le daré un mes para que se decida —dijo Young poniéndose de pie—. Al final de ese periodo tendrá que dar una respuesta.
Cuando atravesaba la puerta, se giró de repente y tronó con ojos chispeantes y rostro encendido:
—Si usted quisiera probar su débil voluntad contra las órdenes de los Cuatro Santos, John Ferrier, habría sido mejor para usted y para ella yacer en Sierra Blanca blanqueando sus huesos.
Con un gesto amenazante salió por la puerta, y Ferrier escuchó sus pesados pasos recorriendo el sendero de gravilla.
Seguía sentado con sus codos sobre las rodillas, cavilando la manera en que debía abordar el tema con su hija, cuando sintió una leve mano sobre la suya. Al mirar hacia arriba, vio a Lucy de pie a su lado. Una sola mirada a su rostro pálido y asustado fue suficiente para comprender que lo había escuchado todo.
—No pude evitarlo —dijo como respuesta su mirada—. Su voz retumbó por toda la casa. ¡Oh, padre! ¿Qué vamos a hacer?
—No te asustes —respondió acercándola y recorriendo con su ancha y áspera mano su pelo castaño—. Lo arreglaremos de un modo u otro. Aunque no sientes que tu amor por este chico disminuye, ¿verdad?
Por respuesta escuchó un sollozo y sintió un leve apretón de mano.
—No, por supuesto que no. No me gustaría escuchar que disminuye. Es un chico bien parecido, y es cristiano, superior en todo sentido a la gente de aquí, a pesar de todas sus oraciones y sermones. Mañana parte un grupo hacia Nevada, y me las arreglaré para enviarle un mensaje contándole el aprieto en que nos encontramos. Si conozco en algo a aquel joven, volverá con una velocidad que dejaría en nada al telégrafo eléctrico.
Lucy se rio por entre sus lágrimas de la descripción de su padre.
—Cuando venga, nos dará el mejor consejo. Es por ti por quien temo, querido. Uno escucha… uno escucha historias tan espantosas sobre aquellos que se oponen al Profeta: siempre acaba sucediéndoles algo horrible.
—Aún no nos hemos opuesto a él —respondió su padre—. Cuando lo hagamos tendremos que mantenernos atentos a la borrasca. Tenemos un mes entero ante nosotros; cuando ese plazo llegue a su final, es mejor que estemos bien lejos de Utah.
—¡Dejar Utah!
—Es lo que exige la situación.
—¿Y la granja?
—Reuniremos todo el dinero que nos sea posible, y tendremos que olvidarnos del resto. A decir verdad, Lucy, no es la primera vez que lo he pensado. No me interesa ser el súbdito de nadie, como estas personas con su maldito Profeta. Nací estadounidense y libre, y todo esto es nuevo para mí. Supongo que soy demasiado viejo para aprender. Si Young se asoma de nuevo por esta propiedad, es posible que se encuentre con un tiro de escopeta viajando en dirección contraria.
—Si llega a eso, no nos dejarán huir —objetó su hija.
—Esperemos a que venga Jefferson, y pronto nos ocuparemos del tema. Mientras tanto, querida, no te preocupes y no llores, pues tendré que responder por ello cuando él vuelva. No hay nada que temer, ni peligro alguno.
John Ferrier emitió estas palabras en un tono que derrochaba seguridad, pero Lucy no dejó de notar que esa noche puso especial cuidado en que las puertas estuvieran bien cerradas y en limpiar y cargar la vieja escopeta que colgaba en la pared de su habitación.
2. N. del A.: En uno de sus sermones, Heber C. Kemball alude a sus cien esposas con este cariñoso epíteto.
CAPÍTULO IV
Huir para salvar la vida
~
La mañana que siguió a la entrevista que sostuvo con el profeta mormón, John Ferrier fue a Salt Lake City, y tras encontrar al conocido que haría el viaje hasta Nevada, le encomendó su mensaje a Jefferson Hope. En este le explicaba al joven el peligro inminente que los amenazaba, y lo perentorio que era su regreso. Luego de enviar el mensaje se sintió mejor y volvió a casa con un corazón más liviano.
Al llegar a su granja, le sorprendió ver sendos caballos atados a los postes de la entrada principal. Su sorpresa aumentó cuando encontró a dos hombres jóvenes sentados en su salón, como si les perteneciera. Uno de ellos, de rostro alargado y pálido, estaba sentado en la mecedora y tenía los pies sobre el calentador. El otro, un joven con cuello de toro y rasgos prominentes y rudos, estaba de pie frente a la ventana, silbando una canción popular. Ambos asintieron la llegada de Ferrier, y el que se encontraba en la mecedora inició la conversación.
—Quizá no nos conozca —dijo—. Él es el hijo del anciano Drebber y yo soy Joseph Stangerson. Yo venía en el viaje por el desierto cuando el Señor extendió su mano para reunirlos a usted y a su hija con el verdadero rebaño.
—Como lo hará con todas las naciones a su propio tiempo —dijo el otro con voz nasal—. El Señor muele lentamente, pero muele fino.
John Ferrier hizo una fría reverencia. Ya había adivinado quiénes eran sus visitantes.
—Siguiendo el consejo de nuestros padres —prosiguió Stangerson—, hemos venido a pedir la mano de su hija, para quienquiera de los dos que tanto usted como ella estimen conveniente. En vista de que yo tengo apenas cuatro esposas, y el hermano Drebber siete, me parece que mi oferta es más atractiva.
—No, no, hermano Stangerson —exclamó el otro—; no se trata de cuántas esposas tenga cada uno, sino de cuántas podemos mantener. Mi padre me ha cedido sus molinos, así que yo tengo más dinero.
—Pero yo tengo mejores perspectivas —dijo el otro decididamente—. Cuando el Señor se lleve a mi padre, heredaré la curtiembre y la marroquinería. Y está el asunto de que soy mayor que tú, y por lo tanto tengo una mejor posición en la Iglesia.
—Lo mejor será que lo decida la muchacha —intervino de nuevo el joven Drebber, sin dejar de mirar y sonreírle a su reflejo en el vidrio—. Dejaremos que ella decida.
John Ferrier escuchó el diálogo desde la entrada y tuvo que contenerse para no descargar su fusta sobre los visitantes.
—Miren —dijo por fin, caminando hasta su posición—, si mi hija les pide que vengan, no tengo ningún problema en que lo hagan. Hasta que ese momento llegue, no quiero volver a verles la cara.
Los jóvenes mormones lo miraron llenos de asombro. A su manera de ver, la competición que había comenzado entre ellos por la mano de la muchacha era el honor más alto que se le podía hacer a ella y también a su padre.
—Hay dos maneras de salir de este recinto —exclamó Ferrier—. Está la puerta y está la ventana. ¿Cuál prefieren usar?
Su rostro moreno se veía tan salvaje, y sus demacradas manos tan amenazadoras, que los visitantes se incorporaron y rápidamente batieron en retirada. El viejo granjero los siguió hasta la entrada.
—No olviden informarme cuál es la opción de su preferencia —dijo con aire burlón.
—¡Esto le costará caro! —gritó Stangerson, blanco de la ira—. Ha desafiado al Profeta y al Consejo Sagrado de los Cuatro. ¡Se arrepentirá hasta el final de sus días!
—¡La mano del Señor caerá con fuerza sobre usted! —exclamó el joven Drebber—. ¡Se levantará y lo destruirá!
—¡Entonces yo comenzaré la destrucción! —gritó Ferrier lleno de furia, y habría subido por su escopeta si Lucy no lo hubiera tomado por el brazo, impidiéndoselo.
Antes de que pudiera soltarse, el repiqueteo de los cascos de los caballos dejó en claro que ya estaban lejos de su alcance.
—¡Malditos canallas hipócritas! —exclamó limpiándose el sudor de la frente—. Prefiero verte en la tumba, mi niña, que casada con alguno de ellos.
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