Alcanzó a llegar a las afueras de la ciudad, para encontrar que el camino estaba bloqueado por una gran manada de ganado, arreada por media docena de vaqueros de apariencia salvaje, procedentes de las llanuras. En medio de su impaciencia, intentó superar el obstáculo guiando su caballo por lo que parecía un resquicio en medio de la masa. Apenas hubo ingresado, no obstante, las bestias la encerraron, y se vio totalmente incrustada en aquella corriente de ganado de largos cuernos y miradas aterradoras. Acostumbrada como estaba a lidiar con las reses, no se alarmó por esta situación, sino que intentó aprovechar cada oportunidad para que su caballo progresara, con la esperanza de poder hallar su camino en medio de aquella procesión. Infortunadamente, los cuernos de una de las criaturas, ya por accidente o con toda la intención, atizaron con violencia el costado del mustang, que enloqueció. Con un resoplido de furia el animal se paró sobre las patas traseras, y dio brincos y cabriolas que habrían desmontado a un jinete poco experimentado. Era una situación extremadamente peligrosa. Los bruscos movimientos del alborotado caballo lo arrojaban una y otra vez contra nuevos pares de cuernos, lo que desataba nuevos accesos de locura. La muchacha hacía todo cuanto le era posible por mantenerse en la silla, y era evidente que una caída significaría una muerte terrible bajo los cascos de las inmanejables y aterrorizadas bestias. Con poca experiencia en situaciones de emergencia, la cabeza de Lucy comenzó a moverse peligrosamente de lado a lado, y su agarre de la brida comenzó a aflojar. Sofocada, además, por la nube de polvo y por el vapor que desprendían las encarnizadas criaturas, todo indicaba que en cualquier momento abandonaría sus esfuerzos, pero una voz amable resonó a su lado garantizándole ayuda. En el mismo instante una mano fibrosa y bronceada tomó al asustado caballo por el freno, y liderando el camino por el medio de la manada, pronto la puso a salvo.
—Espero que no esté herida, señorita —dijo el salvador de manera respetuosa.
Ella levantó la vista hacia su rostro, oscuro e intenso, y rio con insolencia.
—Estoy terriblemente asustada —dijo con inocencia—. ¿Quién iba a pensar que un grupo de vacas asustarían a Poncho?
—Gracias a Dios se mantuvo sobre la silla —dijo el hombre con gravedad. Era un joven alto, de apariencia salvaje, que montaba un potente caballo ruano; vestía con la dureza de los cazadores, y sobre los hombros le colgaba un gran rifle—. Supongo que usted es la hija de John Ferrier —comentó—; la vi salir de su casa. Cuando lo vea, pregúntele si recuerda a Jefferson Hopes, de San Luis. Si se trata del mismo Ferrier, mi padre y él eran muy cercanos.
—¿Por qué no viene y se lo pregunta usted mismo? —inquirió recatadamente.
El joven pareció complacido con la sugerencia, y sus ojos oscuros brillaron de júbilo.
—Lo haré —dijo—, hemos pasado dos meses en las montañas, y no nos encontramos en las mejores condiciones para hacer visitas. Espero que no le importe nuestro estado.
—Tiene mucho por qué agradecerle, y yo también —respondió—. Está muy encariñado conmigo. No habría soportado que aquellas vacas me hubieran pisoteado.
—Ni yo —dijo su compañero.
—¡Usted! No veo cómo habría sido importante para usted, pero bueno. Ni siquiera es amigo nuestro.
El rostro del joven cazador se ensombreció de tal modo que Lucy Ferrier rio en voz alta.
—Lo siento, no quise que sonara así —dijo—; desde luego, usted es nuestro amigo ahora. Venga a vernos. Ahora debo seguir mi camino, de lo contrario, papá no confiará más en mí para sus asuntos. ¡Adiós!
—Adiós —respondió levantando su ancho sombrero e inclinándose hacia la pequeña mano de la joven.
Lucy Ferrier le dio media vuelta a su mustang, lo atizó con su fusta y salió disparada por el ancho camino, dejando tras de sí una nube de polvo.
Sombrío y taciturno, el joven Jefferson Hope prosiguió su camino con sus compañeros. Habían recorrido las montañas de Nevada buscando minas de plata, y volvían a Salt Lake City con la esperanza de juntar el capital suficiente para poner a trabajar todo lo que habían hallado. Hope solo tenía cabeza para pensar en ello, hasta que el súbito incidente desvió sus pensamientos en otra dirección. La vista de la hermosa muchacha, tan franca y saludable como la brisa de la Sierra, había agitado su corazón indómito y volcánico hasta sus más intensas profundidades. Cuando ella desapareció de su campo visual, el joven se dio cuenta de la crisis que se había desencadenado en su vida, y que ni las minas de plata ni ningún otro asunto sería tan importante para él como este nuevo desafío. El amor que había surgido en su corazón no era el capricho súbito y maleable de un niño, sino la pasión salvaje y virulenta de un hombre de carácter fuerte y temperamento imperioso. Estaba acostumbrado a tener éxito en todo aquello que se proponía. Se prometió a sí mismo no fallar, si todo lo que requería en esta nueva tarea era esfuerzo y perseverancia.
Esa noche se presentó ante John Ferrier, y luego lo hizo muchas veces más, hasta que su rostro se hizo familiar en la granja. John, encerrado en su propiedad del valle, y totalmente absorbido por su trabajo, había tenido pocas oportunidades de conocer las noticias del mundo durante los últimos doce años. Jefferson Hope pudo cubrir esta necesidad, y lo hizo con un estilo que interesó tanto a Lucy como a su padre. Había sido uno de los colonizadores de California, y estaba en capacidad de narrar las historias de fortunas e infortunio acaecidas en aquellos días salvajes y felices. Había sido explorador, trampero, buscador de minas de plata y ranchero. Dondequiera que ocurrían aventuras emocionantes, Jefferson Hope había estado allí buscándolas. Pronto se volvió un favorito del viejo granjero, quien elogiaba sus virtudes con elocuencia. En tales ocasiones Lucy se quedaba en silencio, pero sus mejillas ruborizadas y sus ojos radiantes y felices demostraban con claridad que su joven corazón ya no le pertenecía. Es posible que el honesto padre no reparara en estos indicios, que ciertamente no pasaban inadvertidos ante el hombre que había ganado sus afectos.
Una tarde de verano Hope llegó cabalgando por el camino y se detuvo cerca a la verja de entrada. Lucy estaba en el umbral de la casa y salió a su encuentro. Hope lanzó la brida por sobre la cerca y se adentró a pie por el sendero.
—Me voy, Lucy —dijo tomándola de las manos y mirándola con ternura a los ojos—. No te pediré que te vayas conmigo ahora, ¿pero estarás lista para acompañarme cuando vuelva?
—¿Y cuándo será eso? —preguntó sonrojándose y riendo.
—Un par de meses, cuando mucho. Entonces vendré y pediré tu mano, querida. No hay nadie que se pueda interponer entre nosotros.
—¿Y mi padre? —preguntó.
—Ha dado su consentimiento, siempre y cuando pueda hacer que esas minas comiencen a producir. No creo que haya nada que temer.
—Oh, muy bien. Desde luego, si mi padre y tú lo han arreglado todo, no hay nada más que decir —susurró recostando su mejilla en el amplio pecho de Hope.
—¡Gracias a Dios! —dijo con voz ronca; se agachó y le dio un beso—. Asunto arreglado… Cuanto más me quede ahora, más difícil será que me vaya. Me están esperando en el cañón. Adiós, mi amor… adiós. Nos veremos en dos meses.
Sin dejar de hablar, se despegó de ella, se arrojó sobre su caballo y galopó con furia. No se volvió a mirarla, como si temiera que su decisión de marcharse se vería derogada si lo hacía. Lucy se quedó en la verja mirándolo hasta que se perdió en el horizonte. Luego caminó de vuelta a la casa. Era la chica más feliz de Utah.
CAPÍTULO III
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