Conan Arthur - Sherlock Holmes

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Sherlock Holmes: краткое содержание, описание и аннотация

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Sir Arthur Conan Doyle escribió cuatro novelas con Holmes como protagonista y Watson como narrador: Estudio en escarlata, El signo de los cuatro, El sabueso de los Baskerville y El valle del terror. Su lectura resulta valiosa tanto por el placer que nos procura una aventura interesante y bien contada como porque, a través de ella, recibimos enseñanzas adicionales de historia y geografía y, sobre todo, de técnica narrativa y lógica de la investigación. Nos queda, pues, nuestra tarea de lectores: seguir paso a paso —y de la mano de un excelso narrador, Watson— a Sherlock Holmes en cada una de sus observaciones y razonamientos, hasta lograr resolver los misterios más insondables. Se trata de una aventura que pone en tensión nervios y músculos, y que abre nuestras mentes hacia la investigación de lo cognoscible y la imaginación de lo imposible.

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—Da lo mismo aquí que hace veinte años en una cama de plumas —masculló y se sentó en el refugio que le permitió un peñasco.

Antes de sentarse dejó sobre el suelo su rifle inútil, así como un gran bulto atado con un mantón gris, que había llevado sobre el hombro derecho. Parecía muy pesado para sus fuerzas, pues al intentar ponerlo sobre el piso cayó con alguna violencia. De inmediato se escuchó un grito quejumbroso proveniente del paquete gris, de donde emergió una carita pequeña y asustada, de radiantes ojos de color café, y dos puños regordetes y pecosos.

—¡Me has hecho daño! —reprochó una voz infantil.

—¿En serio? —respondió el hombre compungidamente—. No lo hice a propósito.

Mientras hablaba, el hombre desenvolvió el mantón gris y sacó a una hermosa niña de unos cinco años de edad, cuyos delicados zapatos y elegante vestido rosado, sobre el cual se veía un pequeño delantal de lino, eran indicios del cuidado materno. La niña estaba pálida y demacrada, pero sus saludables brazos y piernas demostraban que no había sufrido tanto como su compañero.

—¿Mejor? —preguntó el hombre lleno de ansiedad, pues la niña seguía frotándose los enmarañados rizos rubios que cubrían la parte de atrás de su cabeza.

—Dale un beso para que mejore —dijo la niña con seriedad, mostrándole donde se había golpeado—. Es lo que solía hacer mamá. ¿Dónde está mamá?

—Tu madre ya no está. La verás pronto.

—¡Conque no está! —dijo la pequeña—. Es curioso que no se haya despedido; casi siempre lo hacía cuando iba donde la tía a tomar el té; y ahora van tres días que no la vemos… ¡Está todo muy seco! ¿No tienes un poco de agua o algo de comer?

—No, querida, no hay nada. Debes tener un poco de paciencia, y luego estarás bien. Recuesta tu cabeza sobre mí, así, y luego te vas a sentir más fuerte. No es fácil hablar cuando sientes que tus labios son de cuero, pero quizá es mejor contarte cómo viene la mano. ¿Qué es eso que tienes?

—¡Cosas lindas! ¡Cosas finas! —exclamó la niña llena de entusiasmo mientras sostenía dos resplandecientes fragmentos de mica—. Cuando regresemos a casa se los daré a mi hermano Bob.

—Pronto verás cosas más lindas —dijo el hombre confiadamente—. Solo tienes que esperar un poco. Te iba a decir algo… ¿recuerdas cuando dejamos el río?

—Sí.

—Pues bien, calculamos que llegaríamos a otro río pronto. Pero algo no salió bien: pudo ser la brújula o el mapa… algo, y aún no hemos encon­trado ningún río. Se nos acabó el agua, salvo por alguna gota que ha resul­tado para ti, y… y…

—Y no pudiste lavarte —interrumpió su compañera, contemplando su sucio rostro.

—No, ni tampoco beber un poco. Y el señor Bender, él fue el primero en irse, y luego el indio Pete, y luego la señora McGregor, y luego Johnny Hones, y luego tu madre, mi amor.

—Entonces mi madre también está muerta —chilló la pequeña niña dejando caer la cabeza sobre el delantal y sollozando amargamente.

—Sí, todos se han ido, salvo tú y yo. Llegué a pensar que podría haber agua en esta dirección, así que te cargué y vinimos juntos. Pero parece que nada ha mejorado para nosotros. ¡Solo nos queda una probabilidad infinitamente pequeña!

—¿Quieres decir que vamos a morir también? —preguntó la niña dejando de sollozar y alzando su mirada llena de lágrimas.

—Creo que a eso hemos llegado.

—¿Y por qué no lo dijiste antes? —dijo la niña riendo de júbilo—. Vaya susto que me diste. Desde luego, si morimos podremos estar de nuevo con mamá.

—Sí, mi amor: estarás con ella.

—Y tú también. Le contaré lo bueno que has sido conmigo. Apuesto que nos esperará en la puerta del cielo con una gran jarra de agua, y un montón de pasteles de alforfón, calientes y tostados por ambos lados, como nos gustan a Bob y a mí. ¿Falta mucho para morir?

—No sé… no mucho.

El hombre miró hacia el norte. En la cúpula azul del cielo aparecieron tres pequeños destellos que comenzaron a aumentar de tamaño: tan rápido era su acercamiento. Las figuras pasaron a ser tres grandes aves de color café, que sobrevolaron en círculos las cabezas de los dos caminantes, y luego se posaron en rocas más altas, que les permitían otearlos. Se trataba de buitres, los buitres del Oeste, cuya llegada anunciaba la muerte.

—¡Gallos y gallinas! —exclamó jubilosa la niña, señalando sus formas funestas, y aplaudiendo para hacerlos volar—. Papá… ¿Dios hizo este paisaje?

—Claro que lo hizo —respondió su compañero, sorprendido por la inesperada pregunta.

—Si él hizo Illinois, y si hizo Missouri —prosiguió la niña—, me parece que alguien más hizo las cosas por aquí. No parece que hayan quedado tan bien hechas. Se olvidaron del agua y de los árboles.

—¿Por qué no rezas un poco? —preguntó tímidamente el hombre.

—Pero aún no es de noche —respondió la niña.

—No importa. No es lo normal, pero a Él no le importará, ya verás. Repite las oraciones que solías decir todas las noches cuando recorríamos la llanura en la carreta.

—¿Y por qué no rezas tú un poco? —preguntó la niña con ojos asombrados.

—Se me han ido olvidando los rezos —respondió—. No he dicho ninguno desde que era la mitad de alto que ese rifle. Aunque quizá nunca sea demasiado tarde. Dilas tú en voz alta; yo escucharé atentamente y te acompañaré con el coro.

—Lo mejor es que nos pongamos de rodillas. Los dos —dijo desplegando el mantón para tal fin—. Tienes que poner tus manos así. Te hace sentir mejor.

Era una vista extraña, si además de los buitres cualquier otra persona hubiera podido mirarlos. A lado y lado de un estrecho mantón se veían dos personas arrodilladas: una niña pequeña que balbuceaba sus oraciones y un aventurero temerario y endurecido. La carita rechoncha de la niña y el rostro demacrado y anguloso del hombre giraron en dirección al cielo sin nubes, en una súplica franca al temido Ser con quien estaban cara a cara; entretanto, sus voces —una fina y clara, la otra grave y áspera— se unieron al clamor de misericordia y perdón. La plegaria llegó a su fin, y ellos volvieron a sentarse a la sombra del peñasco hasta que la niña se quedó dormida en el amplio pecho de su protector. Él la miró dormir por un tiempo, pero no pudo hacer nada contra la naturaleza. Durante tres días con sus noches no se había permitido dormir ni descansar. Lentamente los párpados comenzaron a envolverle los ojos, y la cabeza fue hundiéndose en el pecho hasta que su barba canosa se entremezcló con los bucles rubios de su compañera, y ambos durmieron el mismo sueño profundo, y ninguno de los dos soñó nada.

Si el hombre se hubiera mantenido despierto por otra media hora, sus ojos habrían tenido una vista extraña. En el otro extremo de la planicie álcali comenzó a levantarse un rocío de polvo, de manera muy tenue al principio, hasta el punto de que era imposible distinguirlo de las otras brumas del terreno, pero este fue creciendo y ensanchándose hasta convertirse en una nube sólida y bien definida. Esta nube siguió incrementando su tamaño hasta que se hizo evidente que solo podía ser producida por una gran multitud de criaturas en movimiento. En algunos lugares más fértiles un observador habría llegado a la conclusión de que alguna de aquellas grandes manadas de bisontes que suelen pastar en las prade­ras se aproximaba. Pero esto, desde luego, era imposible en aquellas tierras áridas. A medida que el torbellino de polvo se acercaba a aquel peñasco solitario en que los dos abandonados dormían, fueron haciéndose visibles los toldos de lona de las carretas y las figuras de hombres armados a caballo, hasta que la aparición se convirtió en una gran caravana que viajaba hacia el oeste. ¡Y vaya caravana! En el momento en que la cabeza llegó a la base de la montaña, la parte posterior aún no era visible en el horizonte. A todo lo largo de la planicie pudo observarse su enormidad: carretas y coches, hombres a caballo, y hombres a pie. Innumerables mujeres que se tambaleaban bajo la carga que llevaban a cuestas, y niños que correteaban a la par de las carretas o que miraban por debajo de los toldos blancos. Era evidente que no se trataba de un grupo ordinario de inmigrantes, sino de un pueblo nómada que por el peso de las circunstancias se había visto obligado a buscar nuevas tierras. De aquella enorme masa de hombres se alzaban confusos estruendos y repiqueteos, los chirridos de las llantas y los relinchos de los caballos. Pero todo ello no fue suficiente para despertar a los dos agotados viajeros que dormían en lo alto.

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