—Es una idea un poco amplia —comenté.
—Nuestras ideas han de ser amplias si se proponen interpretar la naturaleza —respondió—. ¿Qué sucede? No parece usted mismo. Todo este asunto de Brixton Road parece haberlo alterado.
—A decir verdad, me ha alterado —dije—. Cualquiera pensaría que mis experiencias afganas me habrían endurecido. En Maiwand, sin perder el temple, vi a mis propios compañeros caer a machetazos.
—Puedo entenderlo. Este caso tiene un aura de misterio que estimula la imaginación; y donde no hay imaginación no hay horror. ¿Ha tenido tiempo de mirar el periódico vespertino?
—No.
—Trae un buen recuento de todo el caso, aunque no menciona el anillo de compromiso que cayó al piso cuando levantaron al hombre. Está bien que no lo mencione.
—¿Por qué?
—Mire este anuncio —respondió—. Esta mañana después de salir de Lauriston Gardens lo envié a todos los periódicos.
Me arrojó el periódico y lo miré en el lugar indicado. Era el primer anuncio en la columna «Hallazgos»:
En Brixton Road, esta mañana, se encontró un anillo de compromiso de oro puro; se hallaba en la calzada entre White Hart Tavern y Holland Grove. Dirigirse al doctor Watson, en 221B, Baker Street, entre las ocho y las nueve de la noche.
—Discúlpeme por haber usado su nombre —dijo—. De haber usado el mío, alguno de estos zoquetes lo habría reconocido y sin duda se entrometerían.
—Está bien —contesté—, pero suponga que viene alguien y no hay anillo.
—Oh, claro que sí hay anillo —dijo pasándome uno—. Este funcionará perfectamente. Es casi un duplicado.
—¿Y quién cree que responderá al anuncio?
—Por supuesto, el hombre del abrigo color café… nuestro amigo rubicundo, el de las punteras cuadradas. Si no viene él mismo, enviará a un cómplice.
—¿No lo considerará muy peligroso?
—De ninguna manera. Si mi parecer sobre el caso es correcto, y tengo todos los motivos para pensar que lo es, este hombre arriesgaría cualquier cosa con tal de no perder el anillo. Lo que creo es que se le cayó mientras estaba inclinado sobre el cadáver de Drebber, y no se dio cuenta en el momento. Luego de dejar la casa notó que lo había perdido y se apresuró a volver, pero encontró que la Policía ya había llegado al sitio, gracias a su descuido de la vela encendida. Entonces tuvo que fingir una borrachera a fin de desviar las sospechas que de otro modo su presencia en la verja habría despertado. Trate de ponerse en su lugar. Al volver a considerar el asunto, al hombre se le tuvo que haber ocurrido la posibilidad de perder el anillo en la calle, luego de salir de la casa. ¿Qué hará, entonces? Lo buscará con impaciencia en los periódicos vespertinos, con la esperanza de topárselo en algún anuncio. Desde luego, sus ojos se iluminarán. Se pondrá feliz. ¿Por qué debe temer que se trata de una trampa? Según su razonamiento, no hay motivos para que el hallazgo de un anillo se conecte con el asesinato. Vendrá. Claro que vendrá. Lo veremos en menos de una hora.
—¿Y entonces?
—Oh, me lo puede dejar a mí. Yo lidiaré con él. ¿Dispone usted de un arma?
—Dispongo de mi antiguo revólver de dotación y de unos pocos cartuchos.
—Es mejor que lo limpie y lo cargue. Dentro de poco llegará un hombre desesperado; y pese a que lo tomaremos por sorpresa, quizá es prudente estar preparados para cualquier cosa.
Fui a mi habitación y seguí su consejo. Cuando regresé con el arma, ya la mesa había sido recogida y Holmes estaba entregado a su ocupación favorita de rascar el violín.
—La intriga se pone más interesante —dijo una vez ingresé al salón—. Acabo de recibir respuesta al telegrama que envié a los Estados Unidos. Estoy en lo correcto sobre el caso.
—¿Lo que quiere decir…? —pregunté ansioso.
—Mi violín necesita cuerdas nuevas —comentó—. Guárdese el arma en el bolsillo. Cuando el tipo venga, háblele con normalidad. Del resto me encargo yo. No lo asuste mirándolo con demasiada intensidad.
—Son las ocho —dije consultando mi reloj.
—Sí. Es posible que esté aquí en contados minutos. Entreabra la puerta… Así está bien. Ahora ponga la llave de este lado… ¡Gracias! Mire este libro que compré ayer en un puesto, De Jure inter Gentes. Es un libro muy antiguo y muy raro, originalmente publicado en latín en Lieja, Países Bajos, en 1642. La cabeza del rey Carlos aún se sostenía sobre sus hombros cuando salió este pequeño volumen de lomo color café.
—¿Quién es el impresor?
—Philippe de Croy, quienquiera que haya sido. En la guarda, escrito con tinta muy borrosa, se lee «Ex libris Gulielmi Whyte». Me pregunto quién será William Whyte. De seguro algún pragmático abogado del siglo XVII. En su escritura se ven tintes legalistas. Creo que nuestro hombre acaba de llegar.
Mientras hablaba escuchamos el agudo timbre de la puerta de entrada. Sherlock Holmes se puso de pie calladamente y movió su silla en dirección a la puerta. Escuchamos los pasos de la criada por el corredor y el golpe seco del pasador al abrirse.
—¿Vive aquí el doctor Watson? —preguntó una voz clara y al mismo tiempo severa.
No pudimos escuchar la respuesta de la criada, pero la puerta se cerró y alguien comenzó a subir las escaleras. El ruido que nos llegaba provenía de una persona que pisaba con inseguridad y arrastraba los pies. Una mirada de sorpresa se instaló en el rostro de mi compañero. Luego de que atravesara lentamente el pasillo, se escuchó un leve golpe en la puerta.
—Adelante —exclamé.
Luego de mi invitación, en vez del hombre violento al que esperábamos, a nuestro apartamento entró renqueando una arrugada viejita. Pareció cegada por el súbito resplandor de luz, y luego de inclinarse se quedó de pie observándonos con ojos nublados y dedos nerviosos que hurgaban en sus bolsillos. Miré a mi compañero, cuyo rostro había asumido una expresión tan desconsolada que mirarlo fue lo único que pude hacer para mantener mi semblante.
La anciana sacó un periódico vespertino y señaló nuestro anuncio.
—Es esto lo que me ha traído hasta aquí, buenos caballeros —dijo haciendo una nueva reverencia—, un anillo de compromiso de oro en Brixton Road. Le pertenece a mi hija Sally, que se casó hace un año. Su esposo es camarero en uno de los barcos de la Union, y lo que ha dicho que hará si vuelve y la encuentra sin el anillo es más de lo que puedo pensar. Es un tipo irascible cuando está de buenas, y ni hablar cuando está borracho. Anoche ella fue al circo con…
—¿Es este el anillo? —pregunté.
—¡Gracias a Dios! —exclamó la anciana—. Sally se pondrá muy contenta. Ese es.
—¿Cuál es su dirección? —pregunté tomando un lápiz.
—13, Duncan Street, Houndsditch. Muy lejos de aquí.
—No hay ningún circo entre Houndsditch y Brixton Road —dijo secamente Sherlock Holmes.
La anciana se giró y, antes de hablar, lo miró con intensidad desde sus pequeños ojos enrojecidos.
—El caballero me preguntó por mi dirección. Sally vive en 3, Mayfield Place, Peckham.
—Y su apellido es…
—Mi apellido es Sawyer, el de ella es Dennis, tras casarse con Tom Dennis, que es un tipo listo y decente mientras esté navegando: no hay ningún camarero que pueda comparársele. Pero cuando llega a tierra, con las mujeres y las tiendas de licor…
—Aquí tiene su anillo, señora Sawyer —interrumpí tras una señal de mi compañero—; está claro que le pertenece a su hija, y me da gusto poder devolvérselo a su legítima dueña.
Con un buen repertorio de bendiciones masculladas y profesiones de gratitud, la anciana introdujo el anillo en uno de sus bolsillos, se dio la vuelta y se dirigió a las escaleras. Justo en el instante en el que ella salió, Sherlock Holmes se puso de pie como un rayo y corrió hasta su habitación. Retornó a los pocos segundos envuelto en un gran abrigo y una bufanda.
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