»—Lo mejor que puede hacer es contarme todos los hechos —respondí—. Si su hijo es inocente, nada malo le sucederá.
»—Alice, lo mejor es que nos dejes solos —dijo la mujer, y su hija abandonó el recinto—. Está bien, señor —continuó—, yo no tenía ninguna intención de contarle todo esto, pero en vista de que mi pobre hija ha hablado, no me queda otra alternativa. Habiéndome decidido, le contaré todo sin omitir detalle.
»—Es lo más prudente que puede hacer, señora —dije.
»—El señor Drebber estuvo con nosotros cerca de tres semanas. Él y su secretario, el señor Stangerson, habían estado viajando por el continente. En una de sus valijas leí una etiqueta que decía “Copenhague” y esto, desde luego, demostraba que esa ciudad había sido su última parada. Stangerson era un hombre tranquilo y reservado, pero su empleador, lamento decirlo, era todo lo contrario. Tenía hábitos chabacanos y modos toscos. La misma noche en que llegaron se emborrachó de la peor forma y, ciertamente, nunca estuvo sobrio luego del mediodía. Su trato con las criadas siempre fue repugnantemente libertino e informal. Lo peor de todo es que pronto asumió el mismo trato con mi hija Alice, y más de una vez le habló de una manera que, por fortuna, ella es demasiado inocente para comprender. En una ocasión llegó hasta a abrazarla a la fuerza, un atropello que hizo que su propio secretario le reprochara su poco caballerosa conducta.
»—¿Y por qué permitió usted todo eso? —pregunté—. Supongo que puede librarse de sus inquilinos cuando así le plazca.
»Mi pregunta hizo que la señora Charpentier se ruborizara.
»—¡Ojalá le hubiera pedido que se largara el mismo día que llegó! —dijo—. Pero la tentación estaba allí: cada uno me estaba pagando una libra diaria, es decir, catorce a la semana, y estamos en temporada baja. Soy viuda, y la carrera de mi hijo en la Marina me cuesta mucho dinero, que me dolía perder echándolos. Pensé en el bien mayor. Sin embargo, esto último fue demasiado, y les pedí que se fueran. Y por eso se fueron.
»—¿Y entonces?
»—Mi corazón se tranquilizó cuando lo vi alejarse. Mi hijo está de permiso ahora, pero no le dije nada, pues tiene un temperamento violento y siempre ha estado muy encariñado con su hermana. Cuando cerré la puerta el día que se fueron, me quité un gran peso de encima. Por desgracia, no había pasado ni una hora cuando escuché el timbre y vi que el señor Drebber había vuelto. Estaba muy agitado y era evidente que estaba totalmente borracho. Se metió a la fuerza a la habitación en que me encontraba con mi hija y comentó de manera incoherente que el tren lo había dejado. Entonces le habló a ella y delante de mí le pidió que se fuera con él.
»—Estás en edad —dijo—, y no hay ley que te lo impida. Tengo dinero de sobra. No te preocupes por esta vieja, ven conmigo ahora y vive como una princesa.
»La pobre Alice estaba tan asustada que trató de alejarse, pero el hombre la agarró por la muñeca e intentó llevársela consigo. En ese momento di un grito y mi hijo Arthur entró en el recinto. Lo que sucedió entonces no lo sé. Escuché todo tipo de blasfemias y los sonidos típicos de una riña. Estaba tan aterrorizada que no podía levantar la cabeza. Cuando lo hice finalmente, Arthur estaba en la entrada. Reía y sostenía un garrote.
»—No creo que ese buen caballero vuelva a darnos problemas —dijo—. Lo seguiré a ver qué hace.
»Tras decir esto, tomo su sombrero y salió a la calle. A la mañana siguiente nos enteramos de la misteriosa muerte del señor Drebber.
»Esta declaración salió de los labios de la señora Charpentier plagada de jadeos y pausas. En ocasiones hablaba tan bajo que yo apenas podía entender lo que estaba diciendo. Todo el tiempo tomé notas en taquigrafía, de manera que no hubiera posibilidad de equívocos.
—Muy emocionante —dijo Sherlock Holmes mientras bostezaba—. ¿Qué ocurrió después?
—Cuando la señora Charpentier dejó de hablar —continuó el detective—, vi que todo el caso pendía de un solo punto. Fijando mi mirada en ella de un modo que, me he dado cuenta, siempre resulta efectivo con las mujeres, le pregunté a qué hora había regresado su hijo al hogar.
»—No lo sé —respondió la mujer.
»—¿No lo sabe?
»—No. Tiene su propia llave y la usó para entrar.
»—¿Luego de que usted se fuera a la cama?
»—Sí.
»—¿A qué hora?
»—Cerca de las once.
»—Así que su hijo estuvo afuera al menos dos horas.
»—Así es.
»—¿Puede que cuatro o cinco?
»—Sí.
»—¿Y qué hizo durante todo ese tiempo?
»—No lo sé —respondió, y perdió hasta el color de los labios.
»Por supuesto, luego de eso no se podía hacer más. Averigüé el paradero del teniente Charpentier, fui hasta allá con dos agentes y lo arresté. Cuando le toqué el hombro y le advertí que viniera con nosotros sin ningún aspaviento, dijo sin ningún rubor:
»—Supongo que viene a arrestarme por la muerte de ese canalla de Drebber.
»No le habíamos dicho nada al respecto, así que el hecho de que él hiciera alusión por su propia cuenta es altamente sospechoso.
—Mucho —dijo Holmes.
—Aún llevaba el pesado garrote con el que la madre describió su salida tras Drebber. Era una porra de roble macizo.
—¿Cuál es su teoría?
—Mi teoría es que siguió a Drebber hasta Brixton Road. Una vez allí, se dio un nuevo altercado entre los dos, en el curso del cual Drebber recibió un fuerte impacto de la porra, posiblemente en la boca del estómago, que lo mató sin dejar ninguna marca. Como esa noche llovió, no había nadie, así que Charpentier arrastró el cuerpo de la víctima hasta la casa deshabitada. En lo concerniente a la vela, y la sangre, y la escritura de la pared, y el anillo… se trata solamente de trucos para tratar de despistar a la Policía.
—¡Gran trabajo! —dijo Holmes en tono alentador—. De verdad, Gregson, usted va para arriba. Lo veremos llegar a lo más alto.
—Presumo de haberlo manejado cuidadosamente —contestó el detective lleno de orgullo—. El joven declaró de manera voluntaria que luego de seguir a Drebber por un lapso, este notó su cercanía y tomó un coche con el objetivo de alejarse. Cuando regresaba a casa se encontró con un compañero de tripulación, y juntos dieron una larga caminata. Tras preguntársele dónde vivía su compañero, no pudo dar ninguna respuesta satisfactoria. Considero que todas las piezas del caso encajan extraordinariamente bien. Lo que más me asombra es pensar en Lestrade, que persiguió un rastro equivocado. Me temo que no llegará a ningún lado. Pero, oh, por Dios, aquí tenemos a nuestro hombre.
Se trataba ciertamente de Lestrade, quien había subido las escaleras mientras nosotros hablábamos, y ahora ingresaba al salón. La seguridad y el garbo que usualmente eran el sello de su actitud y vestimenta no lo acompañaban esta vez. Su rostro se veía turbado y agitado, y su ropa, desarreglada y descuidada. Evidentemente había venido a consultar a Sherlock Holmes, pero al ver a su colega pareció avergonzado e incómodo. Se quedó de pie en mitad del recinto toqueteando nerviosamente su sombrero, sin saber qué hacer.
—Se trata del caso más extraordinario —dijo por fin—, muy difícil de entender.
—¡No me diga, señor Lestrade! —exclamó triunfante Gregson—. Sospechaba que llegaría usted a esa conclusión. ¿Ha podido encontrar al secretario Stangerson?
—El secretario, el señor Joseph Stangerson —dijo Lestrade con seriedad—, fue asesinado esta mañana cerca de las seis en el hotel Halliday.
1. N. del T.: «Un tonto siempre encuentra a otro tonto mayor que lo admira.» (En francés en el original.)
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