Conan Arthur - Sherlock Holmes

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Sherlock Holmes: краткое содержание, описание и аннотация

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Sir Arthur Conan Doyle escribió cuatro novelas con Holmes como protagonista y Watson como narrador: Estudio en escarlata, El signo de los cuatro, El sabueso de los Baskerville y El valle del terror. Su lectura resulta valiosa tanto por el placer que nos procura una aventura interesante y bien contada como porque, a través de ella, recibimos enseñanzas adicionales de historia y geografía y, sobre todo, de técnica narrativa y lógica de la investigación. Nos queda, pues, nuestra tarea de lectores: seguir paso a paso —y de la mano de un excelso narrador, Watson— a Sherlock Holmes en cada una de sus observaciones y razonamientos, hasta lograr resolver los misterios más insondables. Se trata de una aventura que pone en tensión nervios y músculos, y que abre nuestras mentes hacia la investigación de lo cognoscible y la imaginación de lo imposible.

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—¿No preguntó por ningún asunto específico que le pareciera de vital importancia?

—Pregunté por Stangerson.

—¿Nada más? ¿No hay ninguna circunstancia que a su juicio articule todo el caso? ¿No enviará más telegramas?

—He dicho todo lo que tenía por decir —afirmó Gregson con tono ofendido.

Sherlock Holmes ahogó una risita, y parecía a punto de proferir un comentario, pero en ese momento apareció Lestrade, que había estado en la habitación de la entrada mientras nosotros charlábamos en el vestíbulo. Se frotaba las manos con unos modos en los que había pomposidad y autosatisfacción.

—Señor Gregson —dijo—, acabo de hacer un descubrimiento de la mayor importancia, y que habría sido ignorado si yo no me hubiera ocupado en examinar de cerca las paredes.

Los ojos del pequeño hombre brillaban a medida que hablaba, y evidentemente se hallaba en un estado de exultación reprimida por la ventaja que había logrado sobre su compañero.

—Vengan —dijo ingresando de nuevo al comedor, cuya atmósfera se sentía más clara desde que se habían llevado al abominable inquilino—. Ahora, quédense allí de pie.

Prendió un fósforo contra una de sus botas y lo sostuvo contra la pared.

—¡Miren! —exclamó en tono triunfal.

Ya he comentado que el papel se había caído en algunas partes. En este rincón específico de la habitación un gran pedazo se despegó y dejó a la vista una gran sección de áspero revoque. En este espacio alguien garabateó con sangre una sola palabra:

RACHE

—¡¿Qué les parece?! —exclamó el detective con el aire del artista que exhibe su obra—. Nadie se fijó en esto porque estaba en el rincón más oscuro de la habitación, y nadie se tomó el trabajo de mirar aquí. El asesino ha escrito esto con su propia sangre. ¡Miren esta mancha que ha goteado por la pared! De un modo u otro, esto anula la idea de un suicidio. ¿Por qué eligió ese rincón? Les diré por qué: miren la vela sobre la repisa. Cuando lo escribió estaba encendida, y al estarlo, este rincón quedaba iluminado, no así las partes más oscuras de la pared.

—¿Y qué significa que usted lo haya encontrado? —preguntó Gregson con voz despectiva.

—¿Qué significa? Significa que quien escribió el mensaje pensaba poner el nombre Rachel, pero fue interrumpido antes de tener el tiempo de terminar. Presten atención a lo que les digo: cuando este caso se solu­cione, una mujer llamada Rachel tendrá algo que ver. Ríase todo lo que quiera, señor Sherlock Holmes. Puede que usted sea muy listo e inteli­gente, pero siempre el sabueso viejo es el mejor, cuando todo queda dicho.

—¡Le ruego me disculpe! —dijo mi compañero, quien cuando comenzó a carcajearse logró alterarle los nervios al detective—. Es cierto que es suyo el crédito por ser el primero de nosotros en encontrar esta pista y, como usted mismo dice, todo parece indicar que fue escrita por el otro o la otra participante en el misterio de anoche. Aún no he tenido el tiempo para examinar la habitación, pero con su permiso lo puedo hacer ahora.

Sin dejar de hablar, sacó de su bolsillo una cinta de medir y una gran lupa redonda. Con estos dos implementos recorrió de arriba abajo el re­cinto, deteniéndose de cuando en cuando, arrodillándose ocasional­mente e incluso poniendo una vez su cara contra el piso. Estaba tan absorto en su labor que pareció olvidarse de nuestra presencia, pues todo el tiempo habló consigo mismo por lo bajo, y mantuvo un fuego continuo de excla­ma­­ciones, gemidos, silbidos y grititos que sugerían motivación y esperanza. Al observarlo, para mí fue imposible no pensar en un foxhound pura sangre y bien entrenado que, desesperado, corre de un lado a otro del bosque lanzando ansiosos gruñidos hasta que de nuevo detecta el rastro perdido. Su investigación se extendió por unos veinte minutos, midiendo con el mayor cuidado la distancia entre señales que para mí eran del todo invisibles, y ocasionalmente llevando su cinta a la pared, algo que me dejó igualmente desconcertado. De un sitio específico del piso tomó con mucho cuidado un puñado de polvo gris, que procedió a depositar en un sobre. Por último, examinó con su lupa la pared: a cada una de las letras le dedicó una gran minuciosidad. Luego de hacer esto dio la impresión de estar satis­fecho, pues guardó sus instrumentos en el bolsillo.

—Dicen que la genialidad no es otra cosa que la capacidad infinita de sufrir penalidades —comentó con una sonrisa—. Como definición es muy mala, pero aplica para el trabajo de detective.

Gregson y Lestrade habían observado las maniobras de su compañero aficionado con una mezcla de creciente curiosidad y leve desdén. Era evidente que se les escapaba el hecho, que yo empezaba a entender, de que hasta las acciones más insignificantes de Sherlock Holmes tenían una finalidad práctica y definitiva.

—¿Qué piensa, señor? —preguntaron en coro.

—Cualquier presunción de ayuda sería robarles a ambos el crédito del caso —comentó mi amigo—. Lo están haciendo tan bien que sería una pena que alguien interfiriera.

En sus palabras había un mundo de sarcasmo.

—Si tuvieran a bien informarme sobre el curso de sus investigaciones —prosiguió—, me encantaría poder ayudarlos de cualquier forma. Mientras tanto, me gustaría hablar con el agente que encontró el cadáver. ¿Me podrían dar su nombre y su dirección?

Lestrade consultó su cuaderno.

—John Rance. Ahora está descansando, pero lo puede encontrar en el número 46 de Audley Court, Kennington Park Gate.

Holmes anotó la dirección antes de hablar:

—Venga conmigo, doctor, vamos a buscarlo. A ustedes les puedo compartir un par de detalles que podrían ayudar con el caso —dijo dirigiéndose a los dos detectives—: se ha cometido un asesinato y el asesino es un hombre. Este hombre supera el metro con ochenta centímetros, está en la plenitud de la vida, tiene los pies pequeños para su estatura, llevaba botas toscas de punta cuadrada y fumaba un cigarro de marca Trichinopoly. A este lugar llegó con la víctima en un coche de cuatro ruedas, tirado por un caballo con tres herraduras viejas y una nueva en la pata derecha delantera. Hay grandes probabilidades de que el asesino tenga un rostro rubicundo, y en el momento del crimen llevaba las uñas de la mano derecha notablemente largas. Se trata apenas de algunos datos, pero espero que les puedan resultar de utilidad.

Lestrade y Gregson se miraron con sendas sonrisas incrédulas.

—Si este hombre fue asesinado, ¿cómo se llevó a cabo? —preguntó el primero.

—Veneno —dijo Sherlock Holmes con brusquedad, y comenzó a caminar—. Y otra cosa, Lestrade —dijo cuando estaba en la puerta, y se giró—: Rache es ‘venganza’ en alemán, así que no pierda su tiempo buscando a ninguna señorita Rachel.

Y tras este disparo armenio se alejó caminando. Los dos detectives se quedaron con la boca abierta.

CAPÍTULO IV Lo que John Rance tenía por decir Dejamos el número 3 de - фото 7

CAPÍTULO IV

Lo que John Rance tenía por decir

~

Dejamos el número 3 de Lauriston Gardens a la una de la tarde. Sherlock Holmes me llevó a una oficina de telégrafos, donde despachó un largo telegrama. Luego detuvo un coche y le ordenó al conductor llevarnos a la dirección que nos había dado Lestrade.

—No hay nada como la evidencia de primera mano —observó—. De hecho, mi juicio ya está totalmente formado sobre el caso, pero es posible que podamos saber algo más.

—Usted me asombra, Holmes —dije—. No estará seguro de todos los detalles que les dio a los detectives.

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