Conan Arthur - Sherlock Holmes

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Sherlock Holmes: краткое содержание, описание и аннотация

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Sir Arthur Conan Doyle escribió cuatro novelas con Holmes como protagonista y Watson como narrador: Estudio en escarlata, El signo de los cuatro, El sabueso de los Baskerville y El valle del terror. Su lectura resulta valiosa tanto por el placer que nos procura una aventura interesante y bien contada como porque, a través de ella, recibimos enseñanzas adicionales de historia y geografía y, sobre todo, de técnica narrativa y lógica de la investigación. Nos queda, pues, nuestra tarea de lectores: seguir paso a paso —y de la mano de un excelso narrador, Watson— a Sherlock Holmes en cada una de sus observaciones y razonamientos, hasta lograr resolver los misterios más insondables. Se trata de una aventura que pone en tensión nervios y músculos, y que abre nuestras mentes hacia la investigación de lo cognoscible y la imaginación de lo imposible.

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En la entrada de la casa nos topamos a un hombre alto, rubio y de rostro pálido, que sostenía un cuaderno en la mano. El hombre se apresuró a estrechar efusivamente la mano de mi compañero.

—Es muy gentil de su parte haber venido —dijo—. No le he permitido a nadie tocar nada.

—¡Salvo eso! —respondió mi amigo señalando el camino de arcilla—. Si una manada de búfalos hubiera pasado por allí no habrían hecho un desastre mayor. Sin embargo, Gregson, es claro que usted habrá sacado sus propias conclusiones antes de permitirlo.

—He estado muy ocupado dentro de la casa —dijo el detective de manera evasiva—. Mi colega, el señor Lestrade, está aquí. Le había confiado esta tarea.

Holmes me miró y subió sus cejas con un gesto de burla.

—Con dos hombres del tamaño de usted y de Lestrade en este caso, no habrán dejado mucho para una tercera persona —dijo.

Gregson se frotó las manos lleno de satisfacción.

—Creo que hemos hecho todo lo que podía hacerse —respondió—. Aunque se trata de un caso extraño, y sé que estos le gustan.

—¿Tomó un coche de alquiler para venir aquí?

—No, señor.

—¿Y Lestrade?

—Tampoco.

—Vamos a ver el sitio. —Y con ese comentario inconsecuente se adentró en la casa seguido de Gregson, cuyos rasgos expresaban asombro.

Un pequeño pasillo, cubierto de polvo por todos lados y con el entarimado descubierto, llevaba a la cocina y a las habitaciones. En el pasillo se veían sendas puertas, una a la derecha y otra a la izquierda. Era evidente que una de estas había estado cerrada por un tiempo considerable. Por la otra se llegaba al comedor, que era el lugar en el que se había cometido el crimen. Holmes ingresó a aquel recinto y yo lo seguí con el corazón pesado que siempre me inspira la presencia de la muerte.

Se trataba de una habitación cuadrada de considerable tamaño, que se veía más grande por la ausencia de muebles. Las paredes estaban reves­tidas con un papel vulgar y chillón, que aquí y allí estaba manchado de moho; se veían grandes tiras que tras despegarse colgaban en el vacío y dejaban ver el revoque amarillo que tenían debajo. Del lado opuesto de la puerta podía verse una ostentosa chimenea, sobre la cual reposaba una repisa que trataba de imitar el mármol blanco. Un muñón de vela de cera roja se había quedado a medio consumir sobre la repisa. La única ventana del recinto estaba tan sucia que la luz que penetraba era difusa e incierta, y todo lo teñía de un gris opaco, intensificado por la gruesa capa de polvo que revestía todos los rincones de la estancia.

Todos estos detalles los observé después. No bien ingresé al recinto, mi atención se centró en la figura inmóvil y macabra que yacía sobre el entarimado, con una mirada inexpresiva y ciega que apuntaba hacia el descolorido techo. Se trataba de un hombre de unos 43 o 44 años, de estatura mediana y hombros anchos, cabello rizado y negro y barba incipiente. Iba vestido con chaleco y con una pesada levita de paño fino, además de pantalones claros. El cuello y los puños de su camisa estaban inmaculados. Al lado del cadáver, sobre el piso, reposaba un sombrero de copa bien cepillado y alisado. Sus manos estaban apretadas en puño, y sus brazos, desplegados; en cuanto a sus extremidades inferiores, estaban entrelazadas, como si su lucha por la vida hubiera sido intensa. En su rostro rígido podía adivinarse una expresión de horror, incluso de odio (me dio esta impresión), que yo nunca había visto en un ser humano. Esta maligna y terrible contorsión, en conjunto con la frente baja, la nariz roma y la quijada prominente le conferían al cadáver una singular apariencia simiesca, que solo lograba magnificar su postura antinatural. Yo he visto la muerte de muchas formas, pero nunca se me presentó de un modo más aterrador del que vi en aquella habitación oscura y mugrienta que daba contra una de las principales arterias del Londres suburbano.

Lestrade, delgado y con su apariencia de hurón, estaba al lado de la puerta, y nos saludó a mi compañero y a mí.

—Este caso causará conmoción —comentó—. Nunca he visto nada igual, y no soy ningún gallina.

—¿No hay ninguna pista? —preguntó Gregson.

—Ninguna —dijo Lestrade.

Sherlock Holmes se aproximó al cadáver y, poniéndose de rodillas, lo examinó con atención.

—¿Están seguros de que no hay ninguna herida? —preguntó señalando las numerosas gotas y salpicaduras de sangre que podían verse alrededor.

—Seguro —dijeron al unísono ambos detectives.

—Entonces es claro que esta sangre le pertenece a otro individuo… sin duda, al asesino, si es que se trata de un asesinato. Todo esto me recuerda las circunstancias de la muerte de Van Jansen en Utretch, en el 34. ¿Se acuerda de ese caso, Gregson?

—No, señor.

—Léalo… tiene que leerlo. No hay nada nuevo bajo el sol. Todo se ha hecho.

Mientras hablaba, sus ligeros dedos volaban por aquí y por allá. Tocaban, sentían, presionaban y desabotonaban examinándolo todo. En su mirada se había instalado la misma expresión lejana que ya he descrito. Holmes llevó a cabo el análisis con tal rapidez que uno apenas habría adivinado su minuciosidad. Por último, olisqueó los labios del hombre muerto, y les dio un vistazo a las suelas de sus botas de cuero.

—¿Lo han movido? —preguntó.

—Solo lo necesario para los propósitos de nuestro análisis.

—Ya se lo pueden llevar a la morgue —dijo—. No hay nada más que se pueda saber en este punto.

Gregson tenía lista una camilla y cuatro hombres. A su llamado ingresaron al recinto, cargaron el cadáver y se lo llevaron. No bien lo alzaron, un anillo tintineó y rodó por el piso. Lestrade lo atrapó y lo miró desconcertado.

—Una mujer ha estado aquí —exclamó—. Se trata de un anillo de matrimonio.

Mientras hablaba lo sostuvo en la palma de la mano, de modo que pudiéramos verlo. Todos nos acercamos y lo miramos. No había duda de que aquel anillo de oro puro había adornado alguna vez el dedo de una novia.

—Esto lo complica todo —dijo Gregson—. ¡Bien sabe Dios que ya era un caso complicado!

—¿Está seguro de que no lo simplifica? —observó Holmes—. No se puede saber nada mirándo fijamente el anillo. ¿Qué encontró en los bolsillos?

—Aquí tenemos todo —dijo Gregson señalando con el índice un montón de objetos sobre uno de los escaños inferiores de las escaleras—. Un reloj de oro con número de serie 97163, proveniente de Barraud, en Londres. Una cadena albertina de oro, bastante pesada y maciza. Un anillo de oro con un emblema masónico. Un imperdible de oro (la cabeza de un bulldog con rubíes por ojos). Un tarjetero de cuero ruso con tarjetas de Enoch J. Drebber de Cleveland, que corresponde a las iniciales E. J. D. de la ropa interior. No se encontró billetera, pero sí había dine­ro suelto por un total de siete libras y trece chelines. Una edición de bolsillo de El Decamerón de Boccaccio firmada en las guardas por Joseph Stangerson y dos cartas: una dirigida a E. J. Drebber y otra para Joseph Stangerson.

—¿A cuál dirección?

—Al American Exchange en Strand, donde serían retiradas. Ambas son de la Compañía Naviera Guion, y se refieren a la salida de sus botes desde Liverpool. Está claro que este pobre diablo estaba a punto de regresar a Nueva York.

—¿Ha logrado averiguar algo sobre ese Stangerson?

—Lo hice de inmediato, señor —dijo Gregson—. He ordenado poner anuncios en todos los periódicos, y uno de mis hombres fue al American Strand, pero no ha regresado.

—¿Ha telegrafiado a Cleveland?

—Esta mañana.

—¿Cómo redactó su pesquisa?

—Nos limitamos a detallar las circunstancias y enfatizamos en que quedaríamos muy agradecidos por cualquier información que nos resultara de ayuda.

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