1 ...8 9 10 12 13 14 ...35 —No hay lugar para la equivocación —respondió—. Lo primero que observé al llegar al sitio fue que un coche había hecho dos surcos con las llantas, cerca del bordillo. Ahora bien, hasta anoche no habíamos tenido lluvia en una semana, de manera que las llantas que dejaron tales marcas tuvieron que haber pasado por allí durante la noche. También estaban las marcas de las herraduras de los caballos, el contorno de una de ellas claramente más definido que los otros tres, lo que indica que se trataba de una herradura nueva. En vista de que el coche estaba allí luego de que comenzara a llover, y se había ido en la mañana (si tomamos la palabra de Gregson), es evidente que estuvo allí durante la noche y, por lo tanto, llevó a las dos personas a aquella casa.
—Eso parece sencillo —dije—, ¿pero qué hay de la estatura del hombre?
—Mire: en nueve casos de diez se puede inferir la altura de un hombre por el alcance de su zancada. Es un cálculo simple, aunque no quisiera aburrirlo con números. Medí la zancada del hombre en la arcilla del exterior y en el polvo del interior. Y luego encontré la manera de corroborar mi cálculo. Cuando alguien escribe en una pared, su instinto lo lleva a escribir al nivel de sus ojos. Aquellas letras estaban a algo más del metro con ochenta del piso. Es un juego de niños.
—¿Y la edad?
—Bien… Si un hombre puede dar una zancada de un metro con treinta centímetros sin mayor esfuerzo, no podrá catalogarse como un cansado senescente. Esa era más o menos la medida del charco que se formó en el jardín, y que el hombre evidentemente cruzó de una zancada. Unas botas de charol lo habrían rodeado, y las de puntera cuadrada lo habrían atravesado de un salto. Allí no hay ningún misterio. Solo estoy usando en la vida real algunos de los principios de observación y análisis que propuse en mi artículo. ¿Hay algo más que lo intrigue?
—Las uñas y el Trichinopoly —sugerí.
—La escritura de la pared se hizo con un dedo índice untado de sangre. Con la lupa observé que el revoque había quedado levemente rasguñado al hacerlo, lo que no habría ocurrido si las uñas hubieran estado bien cortadas. Recogí un poco de ceniza del suelo. Su color era oscuro y formaba escamillas, y esto solo lo logran los cigarros Trichinopoly. He adelantado estudios especiales de las cenizas de los cigarros; de hecho, escribí una monografía al respecto. Me enorgullezco de poder diferenciar con tan solo una mirada las cenizas de todas las marcas conocidas de cigarros o tabaco. Detalles como este separan al detective calificado de tipos como Gregson y Lestrade.
—¿Y el rostro rubicundo? —pregunté.
—Ah, esa fue sin duda una conclusión arriesgada, aunque no tengo ninguna duda de que estoy en lo cierto. En este momento del caso no es prudente que me lo pregunte.
Me pasé la mano por la frente.
—Mi cabeza es un torbellino —comenté—. Cuanto más lo pienso, más misterioso resulta. ¿Por qué llegaron dos hombres (si en efecto se trata de dos hombres) a una casa abandonada? ¿Qué pasó con el chofer que los condujo hasta allí? ¿Cómo puede un hombre hacer que otro se trague un veneno? ¿De dónde salió la sangre? ¿Cuál era el motivo del asesino, si es evidente que no se trata de un robo? ¿Cómo llegó hasta allí un anillo de mujer? Y, sobre todo lo otro, ¿por qué el segundo hombre escribió la palabra alemana RACHE antes de huir? Confieso que no veo ninguna manera en que todos estos hechos se puedan vincular.
Mi compañero sonrió con aprobación antes de hablar:
—Usted acaba de narrar de manera sucinta y acertada todas las dificultades de la situación. Pero hay mucho más que todavía está oscuro, aunque ya me he formado una opinión sobre varios hechos. Con respecto al descubrimiento del pobre Lestrade, se trata apenas de un artificio que tiene como único fin desviar los esfuerzos de la Policía, sugiriendo un vínculo con el socialismo y las sociedades secretas. No fue un alemán quien escribió eso. La vocal a, por si usted lo notó, fue escrita tratando de semejar la manera germana. Un alemán de verdad la escribiría de modo invariable como un símbolo latino, así que podemos concluir que esto no lo escribió un teutón, sino un burdo imitador que se excedió en su rol. Se trata apenas de un ardid para tratar de desviar las investigaciones por un camino equivocado. No le diré mucho más del caso, doctor. Ya sabe que el mago pierde mérito una vez explica su truco; y si lo acerco demasiado a mis métodos de trabajo, acabará descubriendo que, a fin de cuentas, soy un individuo como cualquier otro.
—Eso jamás —respondí—. Usted ha hecho de la labor del detective una ciencia casi exacta; es improbable que alguien llegue más lejos.
Mi compañero se ruborizó de satisfacción ante mis palabras y ante la manera sincera en que las pronuncié. Ya me había dado cuenta de que era tan sensible a la adulación por su arte como cualquier chica ante los halagos por su belleza.
—Le diré otra cosa —dijo—. El de las botas de charol y el de las punteras cuadradas llegaron en el mismo coche y caminaron juntos hasta la casa tan amigablemente como es posible imaginar; tomados del brazo, con toda probabilidad. Al ingresar deambularon por toda la habitación o, mejor, el de las botas de charol se quedó quieto mientras el de las punteras cuadradas caminó en todas direcciones. Esto lo pude ver en el polvo; y también noté que cuanto más caminaba, se agitaba cada vez más. Llegué a esta conclusión por el incremento en la extensión de sus zancadas. En ningún momento dejó de hablar, y poco a poco fue enfureciéndose. Luego ocurrió la tragedia. Le he dicho todo lo que sé hasta ahora; todo lo demás son puras suposiciones y conjeturas. No obstante, tenemos una buena base, ideal para comenzar a trabajar. Debemos apurarnos, pues esta tarde quisiera ir a The Hallé a escuchar a Norman Neruda.
Esta conversación había tenido lugar mientras nuestro coche de alquiler recorría una larga sucesión de calles sucias y senderos oscuros. En el sitio más sucio y sombrío nuestro conductor detuvo de pronto el vehículo.
—Allí queda Audley Court —dijo señalando una estrecha abertura en una línea de ladrillo descolorido—. Aquí me encontrarán a su regreso.
Audley Court no era un lugar atractivo. El estrecho pasaje nos llevó a un patio interior enlosado y rodeado de sórdidas viviendas. Pasamos por el lado de varios grupos de niños sucios y atravesamos sábanas descoloridas que se secaban al aire, hasta que llegamos al número 46, cuya puerta exhibía una pequeña chapa de bronce que tenía grabado el apellido Rance. Tras preguntar, nos informaron que el agente estaba en cama y nos condujeron a una pequeña sala que daba hacia la calle. Allí lo esperamos.
Al cabo de un momento apareció en la estancia. Se veía irritado por la interrupción de su descanso.
—Dejé mi reporte del caso en la oficina —dijo.
Holmes sacó una moneda de medio soberano de su bolsillo y se puso a juguetear con ella mientras reflexionaba.
—Pensamos que sería buena idea escucharlo de sus labios una vez más.
—Me haría muy feliz decirles todo lo que pueda —respondió el agente sin dejar de mirar la moneda.
—Cuéntenos todo con sus palabras, tal y como sucedió.
Rance tomó asiento en el sofá de crin y frunció el ceño, como dispuesto a no omitir ningún detalle.
—Les contaré desde el principio. Mi turno comienza a las diez de la noche y va hasta las seis de la mañana. A las once hubo una pelea en el White Hart, pero aparte de eso todo estaba tranquilo. A la una de la mañana comenzó a llover, y me encontré con Harry Murcher, que hace la ronda por Holland Grove, y me quedé charlando con él en la esquina de Henrietta Street. Poco después de las dos pensé que sería buena idea dar una vuelta y ver que todo estuviera en orden en Brixton Road. Estaba muy sucio y solitario. No me topé a nadie en mi recorrido, pero vi pasar de largo un par de coches. Estaba en ello, caminando, y pensaba lo bien que me vendría un vaso de ginebra de los de a cuatro, cuando el brillo de una lucecita en la ventana de esa casa me llamó la atención. Yo sabía que dos de las casas de Lauriston Gardens estaban desocupadas porque el dueño jamás arregla los desagües, pese a que el último inquilino que vivió en uno de esas casas murió de fiebre tifoidea. Al ver la luz en la ventana fue como si me hubieran espoleado, y sospeché que algo podría estar mal. Entonces fui hacia la puerta…
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