Espera que también haya suerte para ella, un destino bueno para mañana, pasado mañana o al día siguiente, y que la peste hambrienta pase sin tocarla.
Tiempo de peste, tiempo de radio
Radio Cristo de los Villeros explotó como la peste, junto con la peste. Y resultó ser un formidable instrumento de comunicación para llegar hasta la gente que vive momentos muy extraños en el aislamiento tan peculiar de una villa. Todos los días transmite la misa en directo y la escuchan cientos de personas, que se multiplican el domingo para la celebración de precepto. El rosario cotidiano, a las seis de la tarde, tiene picos de audiencia dignos de respeto, y las palabras que el padre Pepe dirige a sus parroquianos viajan por el éter y las esperan con ansiedad en muchos hogares. Una densa trama de voluntarios la distribuye a su vez por los canales impalpables de las redes sociales más comunes, WhatsApp, Twitter, YouTube, Instagram, y el último que ha llegado, el TikTok que vuelve locos a los jóvenes, incrementando ulteriormente el número de oyentes.
La multiplicación de los oyentes es uno de los efectos colaterales de la pandemia que no estaba previsto. Una consecuencia benéfica, en este caso. Una pequeña radio de modesto alcance a la que el coronavirus ha impreso el ritmo de un gigante.
El Evangelio del día también tiene sus anunciantes, dos jóvenes sacerdotes que a las nueve de la mañana se sientan delante de los micrófonos de la radio para leerlo y acompañarlo con algún pensamiento sobre lo que sugiere en este tiempo interminable y desafortunado.
Radio Cristo de los Villeros informa cuándo se administrarán las vacunas obligatorias, o la vacuna para la gripe, tan importante en el invierno. Por la radio se sabe cuándo y en qué lugar de la villa estarán los veterinarios que vienen a castrar perros, y cuándo y dónde se pueden retirar las verduras frescas que acaban de llegar del Mercado Central.
La función social de la radio se ha acentuado enormemente en estos días de pandemia. El tam-tam de la radio advierte que está por abrir una nueva casa para ancianos y otra para jóvenes con problemas de drogas. Y ya se está preparando una tercera para niños de la calle. La radio une a los que están separados, informa a los que están recluidos, consuela a los más afectados, levanta el ánimo a los abatidos. Crea comunidad cuando el virus empuja hacia el individualismo. Por la frecuencia de Radio Cristo de los Villeros se sabe cuándo se repartirán alimentos a quien los necesita, dónde y cuándo se podrá retirar ropa, el día que llegarán los oftalmólogos a la villa para controlar la vista, cuándo vendrán los dentistas o infectólogos y cuándo estarán allí los funcionarios del registro migratorio para renovar los documentos de identidad o hacer nuevos para quienes no lo tengan.
A través de radio Cristo de los Villeros se puede seguir la fiesta que los bolivianos dedican a su patrona, la Virgen de Copacabana, perfumada con incienso por un puñado de devotos y acompañada en el éter por un número mucho más grande de compatriotas. Todas las fiestas patronales de las diferentes comunidades nacionales que se establecieron en la villa a lo largo del tiempo se transmiten por radio; por radio se participa en la novena dedicada a San Juan Bosco hasta el día de su fiesta, cuando la vida del santo italiano viajará a través de las redes sociales llegando hasta lugares que de otro modo serían inalcanzables.
Desprenderse del abrazo de la vida
Noelia sabe que no le queda mucho tiempo de vida. Piensa en lo que vendrá y se prepara para partir. Está segura de que Jesús saldrá a recibirla y quiere presentarse limpia y digna ante las puertas de su reino. Está convencida de eso; es más, parece ser la única certeza que tiene en medio de la incertidumbre de sus días, afligidos por un cáncer que no le deja escapatoria. Su madre la acompaña constantemente desde hace siete meses. No quiere que su hija “se vaya sola”, como le ocurre a tanta gente en estos tiempos contaminados. Ha luchado contra las autoridades del hospital para no separarse de ella y lo ha conseguido.
Está contenta –a pesar del dolor por lo que sabe que va a ocurrir– de que Noelia pida la comunión para prepararse para el encuentro que la espera. Y, si no hay un sacerdote a mano, por lo menos que un laico le lleve el Viático. Lo necesita más que la morfina que le administran desde hace un par de semanas.
El pedido me tomó por sorpresa. Llevo alimentos a las casas de personas enfermas desde que empezó la cuarentena, pero es la primera vez que alguien reclama un alimento diferente, un “alimento para el alma”, como lo llamaba el viejo catecismo.
Dudé, lo pensé, pedí consejo a un sacerdote amigo. También le pedí a alguien que entiende de estas cosas que me explicara cómo hay que comportarse en esos casos y qué oraciones hay que rezar. Al día siguiente fui a la casa de Noelia con dos hostias consagradas envueltas en un pañuelo blanco: una para ella y la otra para su madre. Y una hojita con las invocaciones para los moribundos.
Cuando entré a su dormitorio, Noelia comprendió inmediatamente lo que llevaba en la mano y sonrió. Esperaba aquella forma más que los medicamentos paliativos que ya empezaron a suministrarle. Se incorporó y se sentó en la cama haciendo un gran esfuerzo, la mamá se colocó a su lado y permaneció de pie, para acompañarla en presencia de Cristo Eucaristía.
Nunca me habían impresionado tanto las fórmulas que preceden al acto de dar la comunión como cuando las leí delante de ellas. El pedido de perdón por la falta de caridad, por la falta de fe, por la falta de esperanza, y esa confianza total en Aquel que da la vida eterna y puede resucitar también el cuerpo martirizado en el último día.
No agregué ni una sola palabra, y por otra parte no hubiera sabido qué decir. Todas las palabras habían sido dichas, las imprescindibles. Las que necesita una persona que está dejando atrás una vida de sufrimiento y va al encuentro de una vida que no tiene fin. Las que necesita el alma.
¿Cómo puede uno prepararse para morir así? En el dolor y el desamparo, en un país que no es el suyo, lejos de su padre y sus hermanos, que no pueden estar junto a su cama y a quienes Noelia sabe que no volverá a ver. ¿Acaso existe una manera de hacerlo? ¿Al acercarse ese momento extremo, su misma proximidad nos ayuda a aceptarlo? ¿El misterio que nos ha llamado a ser nos ha concedido también la capacidad de desprendernos en paz del abrazo de la vida?
El Chino se instala en el lugar que le han asignado. A sus espaldas hay una gruta de piedras con los inconfundibles colores rojo y negro. Es una de las tantas construidas en memoria de un santo argentino sin aureola, el Gauchito Gil, y en la villa tiene más devotos que los del santoral litúrgico. El Chino no se considera un devoto, pero escuchó hablar de él a su madre, o tal vez a su abuela, y está seguro de que merece tanto respeto como una persona anciana o alguien más sabio que uno. Desde el lugar donde se encuentra puede ver perfectamente quién se acerca y quién se aleja. Tiene una mirada de sospecha, acostumbrada a darse cuenta si algo no anda bien. Porque debe hacer guardia, vigilar esa parte de la villa incluso en esos días de la gran peste, cuando pocos se aventuran por los callejones, y el que lo hace camina rápido y no se detiene si no es por una buena razón. Sabe muy bien que los desesperados que buscan droga no necesitan razones, y que la abstinencia es más fuerte que el miedo a contagiarse.
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