Flordelisa es realmente una flor. Una plantita silvestre del Paraguay con un aroma delicado incluso ahora que la enfermedad la atormenta. Tiene un tumor en la cabeza que ha pasado a la columna vertebral y le afecta las piernas. Se levanta de la cama con esfuerzo para sentarse en una silla de ruedas que le consiguieron los vecinos, conmovidos por su juventud maltratada. La cuarentena la dejó atrapada en la Argentina y probablemente no la deje volver con vida.
El movimiento de pasar de la cama a la silla de ruedas le produce mucho dolor. A pesar de todo, cuando el sufrimiento no le deforma la expresión, ella sonríe al que la visita.
Su calvario empezó hace muchos meses, al comienzo de la cuarentena, recorriendo los hospitales argentinos que en este momento tienen otras cosas en qué pensar. No hay tiempo para los enfermos terminales, que los casi muertos sepulten a sus muertos es la filosofía, aunque no lo declaren en voz alta.
Hace unos días le suspendieron el tratamiento de quimioterapia y nadie sabe cuánto tiempo le queda de vida. El tumor no se puede operar y seguirá su curso con una progresión que es imposible prever. Pero el fin es inexorable, salvo que se produzca un milagro. Ella espera eso, tiene fe en una gracia que le devuelva toda la vida que tendría por delante. Y que le permita ver de nuevo a su padre, a sus hermanos, a sus amigos, que rezan por ella en el Paraguay. Se lo pide todos los días a la Virgen de Caacupé, la patrona de su país. Si ella salvó al indio de morir a manos de su enemigo, como afirma la tradición, ¡bien puede curar a una hija de esa atribulada nación que se encuentra exiliada en otro país!
Cuando le dijeron que los médicos ya no podían hacer nada para curarla, Flordelisa lloró. Lo hizo cuando nadie podía verla. Tampoco saben cómo se irá, si agotada, con dolor o aturdida por la morfina que le da su madre, porque ni siquiera pueden administrarle los cuidados paliativos con la emergencia concentrada en la peste funesta.
Hay un bayo que deambula por la villa desde la mañana temprano, cuando no hay nadie a la vista. Empieza sus andanzas donde las casas disminuyen, en un campo que la mayor parte del tiempo está lleno de basura. Desde allí avanza buscando las briznas de hierba que asoman entre las baldosas de la acera, roza el borde de las calles con el hocico calloso ignorando a algunos perros callejeros que se acercan para olfatear sus pisadas o a los pájaros que esperan pescar algo en los parches de excremento que de tanto en tanto deja a su paso. El bayo está desde antes, cuando la peste todavía no había llegado, pero con la cuarentena y las calles casi desiertas, todos los rincones son suyos. Es el amo absoluto de los espacios y los recorre con meticulosidad de hambriento con su séquito de ocasionales compañeros.
Es un animal de poco valor, de garrones bajos y panza hinchada. La boca está deformada por el freno que deben haberle puesto muchos dueños. Parece que le hubieran tirado encima un balde de cal para blanquearle el pelaje.
Revuelve con el hocico en la tierra y no desprecia las cáscaras de manzana que escapan de alguna bolsa de basura que los perros de la villa, antes que él, estuvieron revisando. Cada tanto se detiene frente al agua que corre junto al borde de la acera, inclina la cabeza descarnada y revuelve el líquido con su lengua rosada antes de beberlo.
A su propietario, un mecánico del barrio que tiene en el mismo lugar casa, taller y establo, le costó exactamente lo que se proponía gastar: algo más de tres mil pesos, menos de tres mil quinientos, cuando un dólar valía la tercera parte de lo que vale hoy. Que ni siquiera valía eso lo puede ver cualquiera que lo encuentre revisando con el hocico las montañas de basura a la entrada de la villa, donde pasa la mayor parte del tiempo después de haber recorrido los callejones más oscuros.
Es libre de moverse, no tiene bridas ni riendas y podría ir donde quisiera, pero no lo hace. Como los bueyes enloquecidos de Abril desesperado que dan vueltas a la piedra del molino aunque han sido liberados del yugo. 1
Mientras tanto, espanta las moscas que lo persiguen agitando la cola deshilachada como una escoba. Espera su momento, cuando deberá tirar de la carreta que transporta la estatua del Gauchito Gil, el día de la procesión que el padre Pepe le dedica todos los años al indómito santo bandolero sin aureola, llamado esta vez a luchar contra un enemigo imprevisible y mucho más cruel.
1 Es libre de moverse, no tiene bridas ni riendas y podría ir donde quisiera, pero no lo hace. Como los bueyes enloquecidos de Abril desesperado que dan vueltas a la piedra del molino aunque han sido liberados del yugo. 1 Mientras tanto, espanta las moscas que lo persiguen agitando la cola deshilachada como una escoba. Espera su momento, cuando deberá tirar de la carreta que transporta la estatua del Gauchito Gil, el día de la procesión que el padre Pepe le dedica todos los años al indómito santo bandolero sin aureola, llamado esta vez a luchar contra un enemigo imprevisible y mucho más cruel. 1 . Referencia a la película de Walter Salles de 2001, basada en la novela Aprile spezzato de Ismail Kadaré. La novela está ambientada en Albania, pero la película se desarrolla en Brasil, donde una pareja de bueyes hace girar la piedra que tritura la caña de azúcar.
. Referencia a la película de Walter Salles de 2001, basada en la novela Aprile spezzato de Ismail Kadaré. La novela está ambientada en Albania, pero la película se desarrolla en Brasil, donde una pareja de bueyes hace girar la piedra que tritura la caña de azúcar.
El grito estalló con fragor de trueno. “¿Por qué?” Se perdió a lo lejos como un ronco gemido de desesperación. “¿Por qué ahora?” El murmullo de los moribundos se congregó a su alrededor. “¡Por qué me quieres llevar ahora!” El grito retumbó con fuerza salvaje. “¿Por qué ahora, por qué yo?” Los pájaros volaron espantados. “No estoy preparado…” Tres se posaron en una rama retorcida en la plaza de la villa. “¡No, no estoy preparado!” El grito se quebró en tres ecos. “Todavía tengo cosas que hacer, cosas que resolver”. Uno siguió al otro como el galope de un caballo. “¿Por qué así? ¿Por qué aquí? ¡No estoy listo!” Danzó en el aire un jadeo de agonía. Después volvió el silencio entre las barracas.
Nadie lo escuchaba. Hasta los ángeles habían huido, como lagartijas despavoridas frente al tractor rugiente.
Llegó la oscuridad y cubrió la tierra.
Se hizo el silencio.
Y la muerte no vino.
A las seis y media de la mañana, cuando la luz todavía no se ha impuesto a la oscuridad, la gente de la villa sale de su casa y poco a poco se va reuniendo en los puntos de encuentro. En las esquinas se van formando los primeros grupos, que irán creciendo con el paso de las horas.
Hombres y mujeres del interior del país, con miradas tristes cargadas de cansancio y resignación. Llevan consigo el polvo del Chaco, los silencios de Santiago del Estero, las distancias de Corrientes y el calor tórrido de Misiones. Pero también hay paraguayos y bolivianos a quienes la perspectiva de una vida mejor los decidió a emigrar. Se encolumnan mansamente donde saben que alguien les dará una caja de comida con cinco kilos de productos de primera necesidad: aceite, cacao, leche, azúcar, puré de tomate, fideos, arroz, lentejas, la yerba tan fundamental y algunos envases de larga duración. Ya saben que debe durarles toda la semana, hasta que vuelvan a formar fila para recibir la próxima.
Читать дальше