Edna Montes - El fuego en la memoria

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El fuego en la memoria: краткое содержание, описание и аннотация

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A unos meses de la muerte de su madre, Luna pierde a su hermana mayor en extrañas circunstancias. A raíz de este accidente olvida la mayor parte de sus recuerdos y la relación con su padre es casi nula. Además, un desconocido y poderoso enemigo la acecha desde las sombras y la persigue en sus sueños. El día a día parece salir de su control y la incertidumbre la sume en inmovilidad y caos mental. Sin embargo, a la par se le irán develando los secretos de su pasado. Uno de magia y persecuciones, de brujas y cazadores de hechiceras, a los que deberá enfrentar para recuperar lo más valioso que tiene: sus recuerdos. Ciudad de México se convierte en un escenario lleno de advertencias, de cazadores que se dedican a la persecución de brujas y aquelarres que sobreviven en el silencio. Amistades veladas por secretos del pasado y amores que se asoman desde las promesas de lo onírico, súplicas grabadas con fuego en la memoria de los personajes, escapes de lugares compartidos y el alivio que esconde un conjuro. Edna Montes escribe una historia que se proyecta hacia los resquicios de la memoria y el olvido. Se aventura a narrar desde la magia para construir hechizos que se materializan a través del fuego y de los sueños de Luna, una adolescente que busca reconstruir su vida después de la pérdida, la depresión y la soledad porque está decidida a demostrar que las brujas «no se resignan al silencio». «El fuego en la memoria te lleva a encontrarte con personajes tan divertidos como bizarros que con su locura y magia experimental invitan a cuestionar tu lucidez y realidad. Derrotar los miedos es la misión imposible a resolver». Yesenia Cabrera

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10

Tip, tip, tip. Hacía frío. Abrió los ojos despacio. El suelo estaba húmedo y duro. Sintió algo de lodo adherido a su mejilla. Se limpió con la manga del suéter. Trató de entender en dónde estaba: era en un callejón. Se levantó. No tenía nada lastimado. Estaba sola. Caminó hacia la salida. La ciudad se veía normal, la gente caminaba por las aceras y nadie pareció notar su presencia. Casi no había autos, sólo un Cadillac negro impecable, como de colección. Los músculos de Luna se tensaron al reconocer el carro. Lo había soñado antes. El vehículo se acercaba a ella. Corrió en dirección a él. Andrea se lo dijo una vez: era mejor correr hacia él porque ganaría tiempo mientras el conductor trataba de darse la vuelta.

Miró de reojo a los tripulantes: todos vestían de negro, llevaban lentes oscuros y voltearon sus rostros hacia ella. Una de las puertas se abrió. Una mano se cerró con fuerza en la pantorrilla de Luna. Cayó. Las uñas del hombre perforaban su piel mientras pataleaba para escapar. Luna consiguió soltarse. Se levantó. Ignoró el dolor lo mejor que pudo para seguir corriendo. Escuchó el rechinar de las llantas. Olía a plástico quemado. Los hombres bajaron del auto para seguirla. No estaban dispuestos a perder tiempo. Ella giró a la izquierda en la primera esquina que encontró. «Siempre ve entre calles, lo importante es que no te alcancen», otro consejo de Andrea. ¿Cuándo le había dicho todo eso?

El aguante comenzaba a fallarle. No podría correr mucho más. Vio una separación entre dos edificios, si lograba entrar lo suficiente y no hacer ruido, quizá podría engañar a sus perseguidores. Se fue introduciendo tan rápido como pudo. Las paredes le lastimaban los brazos. No se escuchaba nada. Luchó por regresar su respiración al ritmo normal, también por mantenerse en silencio. El frío calaba más y más. No tenía noción del tiempo ni modo de asegurarse de que los hombres se hubieran alejado. En algún momento tendría que salir, pero se arriesgaba a que ellos estuvieran ahí. Tampoco puedes quedarte aquí para siempre. El latido de su corazón parecía hacer eco en el escondite. Es sólo una pesadilla, cálmate.

Esperó un poco más aguzando el oído. Silencio absoluto. Comenzó a salir poco a poco. Tenía medio cuerpo de fuera y todo seguía tranquilo. Dio un paso más. Dolor. Una mano se aferró a su cabellera. Jaló con fuerza. El cuerpo de Luna se estrelló contra el suelo. Un pie chocó contra su estómago. Lu jadeaba, peleaba por recuperar el aliento. Las manotas del tipo le envolvieron las costillas. Primero la dejó caer, provocándole rasguños. Después la levantó de nuevo e hizo una mueca sardónica. Se divertía. Sus camaradas se acercaron para indicarle con señas que la llevara al auto. Luna hizo acopio de todas sus fuerzas, tenía una sola oportunidad. Cuando el gorila se preparaba para arrastrarla, la chica lo tomó de la cara y encajó los dedos pulgares en los ojos del sujeto. Él la soltó entre alaridos. Los demás fueron por ella. Empezaba a rendirse cuando reparó en una botella en el suelo. La tomó, la estrelló contra la pared y la apuntó contra su vientre.

Pudo sentir cómo el vidrio atravesaba su piel y arañaba el músculo. Luego, la dureza del suelo contra su espalda. Se incorporó con un grito. Miró su abdomen esperando ver sangre, pero no había nada ahí. Escudriñó los alrededores. Reconoció el piso alfombrado de la sala. Amanecía, el restirador estaba en perfecto orden. Tuvo mejor suerte que las fotocopias sobre las cuales había caído la cabeza de Luna: éstas exhibían un manchón difuso que, descubrió con horror, fue ocasionado por su propia baba. Me madrearon unos cholos, alcanzó a pensar mientras terminaba de despertar. Se levantó a trompicones. Se obligó a ducharse. Deseó no haberlo hecho, sus brazos estaban llenos de moretones, tenía rasguños en los costados, marcas de dedos en la pantorrilla y una mancha redonda en el vientre. Lloró en silencio mientras terminaba de arreglarse para la escuela.

11

¿Qué mierda estoy haciendo con mi vida? Luna se talló los ojos con las manos. Su estómago emitió un gruñido que hizo eco en las entrañas vacías de su cuerpo. No recordaba lo último que comió. El sueño no la dejaba pensar. Miró alrededor. Todos los presentes en el salón inspiraban lástima. Se les podía ver jalándose los cabellos, suspirando como condenados a muerte, batallando por mantener los ojos abiertos y tratando de controlar los arbitrarios temblores de manos que delataban un consumo excesivo de cafeína. La chica se golpeó la frente con la palma de la mano. Necesitaba concentrarse. Tenía que terminar ese examen a como diera lugar. Tuvo una breve visión de las latas de Red Bull botadas en su departamento. Contuvo las ganas de hacer un recuento, se concentró en calcular la resistencia de unos cimientos.

Tap, tap. El golpeteo taladró la concentración de Luna. Al menos la mitad del salón ya estaba vacía. Volteó discretamente a los lados para identificar al culpable. «A su examen, señorita», escuchó. No se trataba de la voz del profesor Soto. La chica miró al frente. Ahí estaba Bruno, sentado en el lugar del profe-

sor, cuidando a los alumnos y golpeando la mesa rítmicamente con su bolígrafo. Contando los segundos. Ella rechinó los dientes. El muy patán lo hacía a propósito. Cuando notó que lo miraba, le sonrió. Luna lo fulminó con la vista. Le torcería el cuello… No, no. Concéntrate, el grosor de la viga. Fue de las últimas en entregar la prueba, pero al menos había terminado. Hora de salir corriendo a la biblioteca.

—Oye… Ojeda. —El chico la abordó en cuanto salió del salón, mirando el nombre de Luna en su examen—. ¿Tienes tiempo para…?

—No, no tengo.

—Ah, bueno. Vas a reprobar, un gusto.

—¡¿Cuál es tu problema?!

—Ninguno. Es tuyo: olvidaste pasar las respuestas a la hoja de resultados y el ingeniero Soto no las da por buenas si no están ahí. Ya deberías saberlo.

Eres una pendeja. Su destino literalmente pendía de las manos de un tipo que le resultaba detestable.

—Mira, no hay pedo. Ten, pásalas y ya. Been there, done that. Las semanas de parciales son una mierda —agregó Bruno de forma conciliadora, mientras le entregaba las hojas.

Lu balbuceó un agradecimiento, tomó el examen y se hundió en la butaca más cercana. No levantó la mirada hasta terminar. Las manos le temblaban cuando le regresó las hojas a Bruno. Era la última. Se sentía más ridícula que una quinceañera en un vestido color pastel sacándose fotos en el Ángel de la Independencia un domingo a mediodía. Corrió a la salida y bajó las escaleras a velocidad récord. Estaba en el último tramo. El latido de su corazón se replicaba en todo su cuerpo, sus oídos estaban inundados de sonidos que retumbaban como un tambor africano. Luchó por tomar aire. Su boca estaba seca. Negro.

Se incorporó de golpe. Estaba en una camilla, olía a desinfectante. Alguien la tomó de los hombros.

—Tranquila, estás en el servicio médico. Te desmayaste en las escaleras, tu novio te trajo.

—No soy su novio —aclaró Bruno.

—Fue la presión —continuó la enfermera—: subió de golpe. ¿Sentiste taquicardia?

—Creo que sí… —respondió Luna.

—¿Has tomado demasiado café?

—No.

—¿Alcohol? ¿Drogas…?

—No, eso tampoco.

—¿Bebidas energéticas con taurina?

Luna guardó silencio, pero la expresión de su cara respondió por ella.

—Va a ser eso, mija. Mira, esas cosas son peligrosas. Toma mucha agua, descansa y en cuanto puedas ve con tu médico para que te revise.

La enfermera los despachó sin mayor ceremonia. Luna tomó asiento en una banca para recuperarse de la impresión. Bruno se alejó sin decir nada. No podía irse a casa, aún tenía que ir a la biblioteca y preparar una entrega. Decidió terminar el resto del día lo mejor posible. No quiso decirle nada a K; armaría drama y, por lo visto, su cuerpo ya no podía con más emociones fuertes.

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