—Es un país libre y estoy en un bar. Deduce el resto, Sherlock. —Zanjó la discusión levantándose de la mesa.
¿Cuál es su problema? El coraje sirvió para borrar la angustia de la persecución. Miró alrededor: no había rastro de Karen y los hombres de negro se habían dispersado. Demasiadas
emociones por una sola noche. Quizás no estaba tan lista co-
mo creía. La furia de Luna se desplazó hacia ella misma; ni
siquiera conservaba su legendaria resistencia etílica. Estaba harta; se encaminó a la salida. Llamarle a K para que la alcanzara en la puerta era la mejor opción.
Su espalda golpeó contra una de las paredes del pasillo.
Estaba aturdida. Un olor que le provocaba arcadas la hizo reaccionar. Tomó aliento para gritar; una manota le cubrió la boca. Luna mordió con todas sus fuerzas, lanzó su rodilla contra la entrepierna del sujeto y echó a correr sintiendo que su vida dependía de ello. La puerta del bar estaba cerrada.
—Pst, ¡por aquí!
Tomó la mano que le ofrecían sin pensarlo dos veces. Tras unos pasos en la oscuridad, otra puerta se abrió. Luna se descubrió en el centro del callejón, tomando la mano del chico de la mesa. Él la colocó contra la pared y se inclinó sobre ella. Luna comenzaba a levantar la rodilla para pelear de nuevo pero se detuvo cuando él empezó a hablarle al oído.
—Perdóname, de verdad, no quería sacarte de pedo. Confía en mí.
—Es fácil para ti decirlo.
—No vieron por dónde nos fuimos, pero no tardan en salir a buscarte.
—Mi amiga se quedó adentro. —Luna trató de separarse de él.
—Tranquila, no le pasó nada, ella no era su objetivo.
—¿Objetivo? ¡Qué demonios…!
—Luna, no deberías estar aquí.
—Claro… Oye, ¿cómo sabes mi nombre?
El ruido de varias personas corriendo los interrumpió. Ambos guardaron silencio. Luna miró de reojo sobre el hombro
de su misterioso cómplice: eran al menos nueve. Su respiración se volvió errática, agitada. Él acarició su cabello con
suavidad y empezó a respirar despacio. Luna siguió el ritmo, no entendía por qué, pero sabía que estaba segura. No se atrevieron a moverse hasta que el ruido cesó.
—No quería friquearte, lo siento, era la única forma de que no te vieran. —Se separó de Luna y la tomó del brazo para dirigirla hacia un lugar más iluminado.
—Dime qué carajos está pasando.
—No tienes idea, ¿verdad?
Luna pretendía amedrentarlo con su famosa mirada asesina. Verdes. Al notar el color de sus ojos se sintió desarmada. Los reclamos se le atoraron en la garganta. Él tomó aún más distancia, fruncía el ceño. Estiró la mano pidiéndole su celular, ella se lo entregó por reflejo. Seguía paralizada, tratando de encontrarle una lógica a la situación. Tenía demasiadas preguntas. Le tomó unos segundos recuperar la compostura y decidir cómo actuar.
—¿Qué está pasando? —insistió, ya más tranquila.
—Ojalá no vuelva a verte, pero toma esto por si acaso —respondió él entregándole el teléfono—. Éste es mi número, ya está guardado en tu memoria.
—No manches, espérate.
—Ya es hora de irnos. Si pasa algo, llámame.
Luna leyó la pantalla:
Eric
5536271809
¿Cómo que si pasa algo? No entendía al tipo en absoluto. Necesitaba respuestas. ¿Quién demonios era él? Cuando levantó la mirada Eric ya no estaba ahí, se había esfumado. Un ruido estridente la hizo saltar.
5
Karen se estacionó y tocó el claxon. Luna estaba demasiado lejos para escucharlo, pero le daba igual. Tenía un punto. Hace un par de horas le había escrito al Whats:
¡TEMPRANO! y no la estaba esperando abajo; diez minutos perdidos que se iban a volver treinta, si tenía suerte. La vio salir corriendo, sin peinar y con la mochila a medio abrir. As always.
—Güey, tuve un sueño fumadísimo. —Luna subió al carro y azotó la puerta.
—Mínimo saluda, ¿qué dormimos juntas o qué?
—No mames, K —le respondió entre risas mientras se acomodaba y se ponía el cinturón de seguridad.
—Bueno —puso los ojos en blanco—, cuéntame.
Se las ingenió para seguir el relato de Lu entre claxonazos, mentadas y cambiar las rolas que no le latían. Una mañana cualquiera de atravesar la ciudad para llegar a CU. Apagó el estéreo mientras se estacionaba. Se hizo el silencio, estaba procesando la información.
—No, pues gracias, güey. ¿Te das cuenta de que me dejaste morir? —apuntó al fin.
—¡Desapareciste! Técnicamente tú me dejaste morir.
—Ah, sí. Es que me encontré con un tipo guapo y mientras tú sufrías yo me lo daba en el baño.
—¡Cerda!
Ambas estallaron en carcajadas.
—No, ya fuera de pedo, creo que tu cuerpo extraña los chochos, Lu.
—Mñeh, le voy a tener que decir a mi terapeuta.
—Sí. Además, como que ya necesitas salir. El chiquito bebé que te rescató es tu mente gritando por sexo.
—¡K!
—Lu, ¿hace cuánto que no sales con nadie?
—No exageres.
—¡Güey! Tiene más de tres años, te lo apuesto.
—Vas tarde a clase.
—Te salvaste. Tú y yo vamos a hablar muy seriamente luego.
Ambas salieron del auto. Karen dejó a Luna y marchó hacia la Facultad de Ingeniería.
—¡Ay, chiquita!, ¿tu papá te dejó salir de tu casa con esa falda tan cortita?
—¿Y a ti te dejaron salir de tu cueva con ese cerebro tan chiquito? —replicó K, serena.
A veces, la escuela era una jungla para las mujeres. Ella se negaba a caer en la trampa de ser «uno de los compas»: crecer con tres hermanos mayores le había enseñado que no había forma de ganar. Si optara por no arreglarse, de seguro le dirían «machorra»; si se vestía bien todos la trataban como una chica plástica y hueca. Estaba harta. Era el promedio más alto de su generación desde el primer semestre, se vestía como se le pegaba la gana y exigía el respeto que merecía. No era fácil, pero ir por la vida sin aceptar mierda le quitaba un gran peso de encima.
K podía contar con exactitud los momentos de quiebre de Luna sin mucho esfuerzo. Aquellos cambios imperceptibles para los demás y enormes para ella. Le daba igual que su amiga estuviese o no en una relación, lo angustiante era la forma sistemática en que Lu fue sacando a las personas de su vida.
Tenía algunos compañeros de la carrera con quienes mantenía relaciones superficiales, nada más. El contacto de Luna con su padre era, siendo muy optimistas, escaso. Karen se había vuelto el único espacio seguro para ella. No le molestaba, pero entendía lo poco sano de la situación. Tal vez el sueño era una petición de ayuda camuflada; un grito desesperado por romper el aislamiento que construyó sin darse cuenta.
Tras la muerte de Andrea, Lu se volvió muy distinta. Lo esencial no se había modificado, más bien era como si hubieran eliminado partes de su personalidad. Ésa era la explicación más apropiada para describirlo. No se atrevía a decirle ciertas cosas, como que idealizaba a su hermana muerta. Todos lo hacen, siempre que estiran la pata los beatifican. La tía Gladiola lloró a mares al imbécil del tío aunque fuera un golpeador, por ejemplo. Quizá nunca tendría el valor para recordarle algunas verdades sobre Andrea. La vibración del celular la hizo olvidar, de momento, sus preocupaciones. Se convenció de que Luna estaría bien y se entregó a la cálida voz de Mauricio.
6
Garabateó cientos de veces el nombre y el número del chico en su cuaderno. Se había sentido ridícula por encerrarse en una caseta del baño para revisar los contactos de su teléfono esperando encontrarlos guardados ahí. No estaban. Regresó al salón arrastrando los pies tanto como su dignidad. Una vez que apoyó el lápiz sobre la última hoja de la libreta y trazó «Eric» con su mejor letra, descubrió que recordaba el teléfono. Ah, «guardados en tu memoria» era esto. Eric olía como un bosque: a notas de pino, tierra mojada y otra cosa fresca que no conseguía nombrar. Le sorprendió recordar esos detalles; creía que pensar en la pesadilla de la noche anterior sólo le provocaría más angustia, pero había un aura familiar en él, algo tranquilizador. A ratos, divagaba en los ojos verdes del muchacho. No mames, Luna, sí estás muy necesitada. Se obligó a poner atención en clase. De verdad tenía que hablarlo con la terapeuta. Se puso las manos en las mejillas para estirarse la piel, imitando El grito de Munch. Estaba convencida de que las buenas calificaciones eran más un milagro que mérito propio.
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