Edna Montes - El fuego en la memoria

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El fuego en la memoria: краткое содержание, описание и аннотация

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A unos meses de la muerte de su madre, Luna pierde a su hermana mayor en extrañas circunstancias. A raíz de este accidente olvida la mayor parte de sus recuerdos y la relación con su padre es casi nula. Además, un desconocido y poderoso enemigo la acecha desde las sombras y la persigue en sus sueños. El día a día parece salir de su control y la incertidumbre la sume en inmovilidad y caos mental. Sin embargo, a la par se le irán develando los secretos de su pasado. Uno de magia y persecuciones, de brujas y cazadores de hechiceras, a los que deberá enfrentar para recuperar lo más valioso que tiene: sus recuerdos. Ciudad de México se convierte en un escenario lleno de advertencias, de cazadores que se dedican a la persecución de brujas y aquelarres que sobreviven en el silencio. Amistades veladas por secretos del pasado y amores que se asoman desde las promesas de lo onírico, súplicas grabadas con fuego en la memoria de los personajes, escapes de lugares compartidos y el alivio que esconde un conjuro. Edna Montes escribe una historia que se proyecta hacia los resquicios de la memoria y el olvido. Se aventura a narrar desde la magia para construir hechizos que se materializan a través del fuego y de los sueños de Luna, una adolescente que busca reconstruir su vida después de la pérdida, la depresión y la soledad porque está decidida a demostrar que las brujas «no se resignan al silencio». «El fuego en la memoria te lleva a encontrarte con personajes tan divertidos como bizarros que con su locura y magia experimental invitan a cuestionar tu lucidez y realidad. Derrotar los miedos es la misión imposible a resolver». Yesenia Cabrera

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3

—Ningún padre cree que deberá enterrar a un hijo.

Repasaba las palabras que dijo tras el funeral, tres años atrás. Luego de un par de whiskies, ¿o fueron seis?, le había contado a Luna que siempre pensó que él y Mairead morirían a una edad avanzada, cuando sus hijas fueran adultas y hubieran tenido tiempo de hacerse a la idea. Las había imaginado como adultas nada más sostenerlas en brazos recién nacidas. Nada en específico: sólo vivas y felices.

—Eres todo lo que tengo… ¿Cómo voy a protegerte? —expulsó las palabras entre sollozos.

Esa fue la última vez que se abrazaron de verdad.

Cuando se acercó a Luna para tomar el pañuelo del saco y secar las mejillas de su hija con cuidado, surcó años de dolor para volver al presente. La rodeó con los brazos y le sorprendió que ella no lo rechazara. En vez de eso, se aferró fuerte a él y pudo escucharla llorar con la cabeza apoyada en su hombro, como cuando era pequeña. Al menos podían compartir eso. Ya más tranquilos, se dieron unos minutos para conversar en silencio con Mairead y Andrea. Su mujer solía decir que el 31 de octubre los límites entre el mundo físico y espiritual se adelgazaban, los seres queridos estaban de visita. Joaquín deseaba que fuera cierto.

Luna no dijo casi nada en la cena, él tampoco. Temía arruinar el momento que habían compartido antes, desde aquello ya no sabía cómo tratar de acercarse a ella sin echarlo a perder.

—Estoy bien, papá, no te preocupes por mí. —Su hija menor siempre fue una pésima mentirosa.

—Siempre me preocupo por ti. —Tentó a la suerte y tomó las manos de Luna, ella sonrió.

El resto de la velada transcurrió entre tragos de malteada, mordidas de hamburguesa y suspiros. Ése era el sitio favorito de las hermanas cuando eran pequeñas. Joaquín se preguntaba si llegaría el momento en que los recuerdos gratos fueran más luminosos que incapacitantes. Tras otro aniversario, seguía sin obtener la respuesta.

Hablaron un poco más de camino a casa. Por un momento incluso consideró pedirle a su hija que pensara en mudarse de nuevo a casa, con él. Al final se quedó callado. No era buena idea, bastaba ver cómo Luna se aferraba al departamento que compartió con su hermana. La culpa volvió con su látigo: quizás pudo haberla salvado. ¿Qué clase de imbécil deja que dos adolescentes vivan solas? ¡Nada de moderno, pendejo! Debería ordenar la mudanza de Luna sin preguntarle su opinión, pero conocía a su hija, ¡era tan parecida a él! Si le daba una orden sólo la perdería más. Ya era mayor de edad, debía asumir eso aunque no le gustara. Haberla convencido de no trabajar y centrarse en sus estudios mientras se recuperaba ya era un gran logro. Luna había cedido a regañadientes. En eso era como su madre. ¿En serio crees que te necesita?

No arrastrar los pies mientras acompañaba a su hija hasta la puerta del departamento requirió de un esfuerzo adicional. Se sabía incapaz de entrar, no estaba listo. Antes de dejarla partir la abrazó con fuerza. Luna no se lo esperaba. Recibió el abrazo con el cuerpo tenso, después se relajó un poco. Era la única forma en la cual podía decirle a su hija que, a pesar de sus fallas y su debilidad, no se había rendido con ella: nunca lo haría. Podría esperar otro año para abrazarla de nuevo. Encontraría la forma de acercarse de nuevo. Le dolió tener que marcharse, pero sabía que ambos necesitaban descansar.

4

Mierda. Luna se picó un ojo con el delineador. Estaba muy oxidada en eso de maquillarse y la presión extra no ayudaba. Miró la pantalla del celular con aprensión, Karen no tardaría en llegar por ella. Se paró frente al espejo para mirarse de arriba abajo y luego girar en todos los ángulos posibles: sólo hallaba defectos. ¿Por qué decidió ponerse ese vestido rojo? Dejó escapar el aire con un ruido gutural, el cristal se empañó. Torció su melena y la enrolló para formar un chongo; sus habilidades no daban para más. Descartó los tacones, conocía sus límites. Dio una vuelta más frente al espejo. Le costaba recordar cuándo se había sentido linda por última vez. Obligó a su rostro a hacer una mueca muy parecida a una sonrisa. Seguía sin estar conforme cuando sonó el timbre. Se calzó unos Converse, tomó su bolso y corrió hacia la puerta.

Luna estiró la mano para bajarle el volumen al estéreo. Karen le dio un manazo.

—Es para ir entrando en ambiente, güey.

Tenía un rato sin salir de fiesta, en parte por el cansancio pero también porque no podía beber mientras tomaba sus medicamentos. Esa noche era especial; se sentía con energía y mataría por un buen trago. K estaba muy misteriosa sobre el lugar al que iban. Las sorpresas no entusiasmaban a Luna, pero al menos podía confiar en el buen gusto de su amiga. O eso creyó hasta que llegaron a una calle solitaria que terminaba en un callejón. Luna estaba a punto de quejarse cuando su amiga le tapó la boca, se acercó a una pequeña puerta de madera al principio de la acera y tocó tres veces. «Contraseña», inquirió una voz desde el interior. «Rendez-vous», contestó K en un francés perfecto.

La puertecita se abrió revelando un pasillo largo con luces rojas. Las chicas siguieron la iluminación hasta dar con un bar de ambiente vintage que emulaba los años veinte. Un speakeasy. Luna no tenía idea de que existieran lugares así en la ciudad; llevaba tanto tiempo fuera del circuito fiestero que, a decir verdad, no sabía nada de nada. Las chicas tomaron una mesita discreta en una esquina. Una banda de jazz complemen-

taba la atmósfera retro. Lu disfrutaba la sensación de salir a un sitio nuevo, distraerse y ¡al fin! beber un coctel sin la preocupación de que el cerebro le hiciera corto. Los martinis eran muy sofisticados para ella, aunque estaba disfrutando la aventura más de lo que admitiría en voz alta.

La banda anunció un descanso y la música dio un giro radical. Los asistentes comenzaron a llenar el centro del local mientras las luces bajaban de intensidad. De repente el sitio parecía mucho más lleno que antes; Luna se removió en su asiento de forma incómoda. K notó que su amiga estaba ansiosa y la arrastró a la pista para distraerla. Bailar funcionaba. Luna se sentía menos aprensiva, ni siquiera notó que Karen se había alejado hasta que un tipo alto se plantó frente a ella. El olor de su colonia le revolvió el estómago: maderas y tabaco. Podía sentir cómo clavaba su mirada en ella mientras se acercaba cada vez más. Luna lo evadió entre los bailarines, pero el hombre no se daba por vencido: caminaba hacia ella con paso lento, seguro.

Luna alcanzó el final de la pista. Giró para asegurarse de que el tipo no la seguía y notó que había muchos hombres vestidos con traje negro. Antes no estaban ahí. Se encaminó hacia el baño de mujeres, K debería estar ahí. La música no paraba, incluso parecía más estridente a cada segundo. Todo está en mi cabeza, se obligó a respirar profundo, es una casualidad. Se repetía que no había un grupo de hombres de negro tratando de cerrarle el paso. No tenía sentido. Karen volvería en cualquier momento. El camino hacia su mesa estaba libre. Luna corrigió el rumbo y decidió ir a su asiento. Lo hizo despacio, tratando de suprimir las ganas de correr que la adrenalina provocaba en su torrente sanguíneo. Un paso tras otro, con cuidado, sin mirar atrás. Caminó muy recta, fingiendo seguridad.

Estaba muy cerca de llegar cuando alguien la jaló del brazo y le hizo perder el equilibrio. Cayó sentada en la silla de una de las mesas cercanas. Las esquinas del bar estaban envueltas en las sombras.

—¡¿Qué chingados?!

—Perdón, no quería asustarte —dijo el chico que estaba en la mesa.

—Pues te falló. —Luna intentó ponerse de pie.

—¡No! Espérate. ¿Qué haces aquí?

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