Edna Montes - El fuego en la memoria

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El fuego en la memoria: краткое содержание, описание и аннотация

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A unos meses de la muerte de su madre, Luna pierde a su hermana mayor en extrañas circunstancias. A raíz de este accidente olvida la mayor parte de sus recuerdos y la relación con su padre es casi nula. Además, un desconocido y poderoso enemigo la acecha desde las sombras y la persigue en sus sueños. El día a día parece salir de su control y la incertidumbre la sume en inmovilidad y caos mental. Sin embargo, a la par se le irán develando los secretos de su pasado. Uno de magia y persecuciones, de brujas y cazadores de hechiceras, a los que deberá enfrentar para recuperar lo más valioso que tiene: sus recuerdos. Ciudad de México se convierte en un escenario lleno de advertencias, de cazadores que se dedican a la persecución de brujas y aquelarres que sobreviven en el silencio. Amistades veladas por secretos del pasado y amores que se asoman desde las promesas de lo onírico, súplicas grabadas con fuego en la memoria de los personajes, escapes de lugares compartidos y el alivio que esconde un conjuro. Edna Montes escribe una historia que se proyecta hacia los resquicios de la memoria y el olvido. Se aventura a narrar desde la magia para construir hechizos que se materializan a través del fuego y de los sueños de Luna, una adolescente que busca reconstruir su vida después de la pérdida, la depresión y la soledad porque está decidida a demostrar que las brujas «no se resignan al silencio». «El fuego en la memoria te lleva a encontrarte con personajes tan divertidos como bizarros que con su locura y magia experimental invitan a cuestionar tu lucidez y realidad. Derrotar los miedos es la misión imposible a resolver». Yesenia Cabrera

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Al terminar la clase no tuvo más opción que aceptar una invitación a comer de sus compañeros. Hubiera preferido mil veces ir a la biblioteca, adelantar unas tareas e irse a dormir temprano, aunque el trabajo en equipo fuera mucho más urgente. Al menos creen que soy normal. En su salón, la mayoría la consideraba tímida y nadie sabía lo de Andrea. Una de las cosas que más le gustaban de la universidad era que, fuera de K, nadie cercano a ella la conocía de antes. En cuanto puso un pie en la Facultad de Arquitectura de la UNAM dejó de ser «la hermana de la que se mató»: al fin recuperó su nombre. Aquí nadie tenía motivos para ser cruel con ella. Por eso se mantenía en una zona segura: mientras menos contara, más a salvo estaba. Era una ñoña tímida, nada mal. Ésa sí era una etiqueta con la que podía vivir cada día sin estar perpetuamente enojada con Andrea por haberla dejado sola, entre los bullies de aquel estúpido colegio privado.

—Por cierto, ya tengo el presupuesto de las celdas solares para la casa autosustentable —abrió la conversación.

—Eres la neta, Ojeda. Con eso ya nos la rifamos con el profe —respondió uno de sus compañeros—. Ya ves que se fija cañón en esos detalles.

—Pues igual si hace falta algo de información me dicen y lo investigo.

—Ya estás. Oye, ¿tienes plan este fin?

—Mmmm, no estoy segura. ¿Por?

—Es cumple de la Bety, te paso los datos por el Whats. Si puedes caerle un rato estaría chido. No hay pex si llevas a alguien.

—Va, veo y les aviso.

Fingir normalidad es muy cansado. No estaba de humor para fiestas, ni ese fin ni nunca.

—No me estoy castigando —escupió las palabras sin mucha convicción.

—¿Has considerado las razones por las que te aíslas? —insistió la terapeuta.

Un silencio incómodo fue esparciéndose como niebla por el consultorio. El ambiente se volvía más pesado a cada segundo. Luna empezó a contar sus respiraciones para mitigar la incomodidad anidada en su pecho.

—¿Aún te parece que debes sentir culpa o que te redimes a través del dolor? —Violeta era como un perro de caza.

Se quedó callada. No quería responder. Hablar era darle la razón y Luna odiaba perder, casi tanto como sentirse descubierta. Su dolor estaba ahí, era real, no le «parecía» nada ni se lo estaba inventando por el mero gusto de sentirse miserable. Bufó de forma automática.

—Terminemos por hoy. Te veo la próxima semana. Luna, considera que sentir algo no valida tus percepciones fatalistas. Tus emociones son reales pero tus conclusiones sobre la realidad no lo son en automático sólo porque el sentimiento esté ahí.

Luna salió en silencio sin dar las gracias ni despedirse. Parece que me lee la mente; «is qui quinsidiri»… considere mis nalgas, doctora.

Pensó en llamarle a K para contarle todo, pero desistió cuando se dio cuenta de que era la única persona a quien podía recurrir. Apretó los puños con fuerza y sintió cómo sus yemas se estrellaban contra la palma de su mano. Aflojó. Durante los meses que siguieron a la muerte de Andrea, Luna se dejaba las uñas largas: usaba el mismo movimiento para hacerse sangrar las palmas de las manos. Un dolor para olvidar otro. Cuando Joaquín se dio cuenta, ir a terapia dejó de ser una sugerencia. Desde entonces Luna se cortaba las uñas lo más posible y trataba de mantenerlas así para no herirse, pero el gesto se negó a dejarla.

El trayecto a casa le dio tiempo para pensar; sabía que Violeta estaba en lo cierto, sólo no estaba lista para admitirlo. Tendría que salir, socializar, conocer gente… dejar que la conocieran con todo y las crisis de ansiedad, la depresión y la prescripción psiquiátrica. ¿Estaba atrapada dentro de ella misma? ¿Era incapaz de abrirse de nuevo? Pensó en su cuerpo como un pesado ataúd y en su alma como alguien que despierta sólo para darse cuenta de que le queda muy poco aire, de que si no sale pronto morirá rascando el satín del féretro, con un rictus congelado en la desesperanza. Tomó su celular, le escribió a K y presionó enviar antes de arrepentirse.

7 Qué es eso de plan para el finde Karen se hizo de rogar y Lu había tenido - фото 3

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—¿Qué es eso de plan para el finde? —Karen se hizo de rogar y Lu había tenido que invitarle un café para explicarle.

—Me invitaron a una fiesta de la facu, pero no me late ir sola.

—Demonio, deja el cuerpo de mi amiga. ¡El poder de Cristo te obliga!

—¡No mames!

—Bueno, cuando ardas en el infierno recuerda que luché por tu alma.

Luna entornó los ojos ante la respuesta de su amiga.

—Bueno, ¿se arma o no?

—¡Obvio, güey!

—Gracias, K.

Las clases estuvieron mejor de lo que Luna creyó; sus ganas de evadirse eran tantas que le resultó sencillo poner atención a todo. A lo mejor era cierto lo que decía su madre sobre mantenerse ocupada todo el tiempo para evitar a los monstruos que buscan debilitar la mente. Cuando Mairead tenía malas noches, se le podía hallar en su estudio haciendo alguna manualidad peculiar para aquietar su mente. «Si tu cerebro está confundido, escucha a tu cuerpo. Es la mejor forma de obtener respuestas», solía decir. Aún tenía el atrapasueños que hicieron las dos juntas una noche en la que Luna no podía dormir debido a las pesadillas. Tras meditarlo, llegó a la conclusión de que si su cabeza seguía mostrando resistencia a la terapia tal vez fuera momento de dejar que su cuerpo le respondiese. Esa misma tarde, tras salir de la escuela, se animó a salir al parque a correr. Le sorprendió notar que la furia y la confusión alimentaban su carrera.

El sábado llegó sin pena ni gloria. Luna sólo necesitó un buen rato y algo de ayuda de Google para determinar el nivel de arreglo que se esperaba de ella en una fiesta del estilo. Se decidió por un atuendo sencillo y algo de maquillaje. Da igual si me pongo una botarga, voy con K. Que su amiga opacara a cualquier mujer era un alivio para Lu. Se estaba obligando a romper sus resistencias; no estaba lista para llamar la atención. El tono de su celular le avisó que era momento de irse.

—Creí que Mau venía contigo —apuntó Luna mientras entraba al carro.

—Ñe, todavía no.

—¿Cómo va eso?

—Estamos saliendo y así, pero todavía no hay nada formal.

—¿Y?

—Es buena bestia, me lo quiero llevar con calma.

—Ok.

Luna sabía que con Karen no existían medias tintas: o quería

algo serio o no quería nada. Esta vez era uno de los primeros casos. Se sintió contenta por ella. Le angustiaba la idea de ser demasiado absorbente con K: era su único lugar seguro, pero temía fastidiarla. Le habría gustado ser más fuerte y menos ansiosa, lo suficiente como para ir a una fiesta sola sin tener que esconderse detrás del bolso Louis Vuitton de Karen para socializar a salvo.

Cuando llegaron a la dirección marcada, Luna notó que la fiesta era todo menos «pequeña». El cuerpo se le estaba volviendo de plomo, a diferencia de Karen, quien parecía flotar de felicidad. La música sonaba tan fuerte que, de ser una película gringa, los policías ya habrían hecho acto de presencia. K, como siempre, entró erguida y marcando el paso con sus tacones. Despedía un aura de estilo tan imponente que forzaba a los pobres mortales a quitarse de en medio y dejarla pasar como si se tratase de la mismísima reina de Inglaterra. Luna se limitó a seguirla sintiéndose como esa gente mierda que va tras una ambulancia para evitar el tráfico.

Luna perdió de vista a K unos segundos. Cuando la halló, ella ya caminaba a su encuentro con una chela en cada mano.

—Bueno, ¿ahora qué, querida? —Le entregó una botella.

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