—Estaba preocupado.
—¿Por?
—Por ti, boba —replicó en tono cariñoso.
Luna levantó los hombros a modo de respuesta. Él sonrió y, para ella, la habitación se tornó mucho más luminosa de golpe.
—Nunca creí que éste fuera uno de tus lugares seguros. —El
silencio de Luna y su expresión confusa resultaron suficientes para seguir con la charla—. ¿Te acuerdas de mí?
—Pfff. Eric, el chico del bar. No es como que le abra la puerta de mi recámara a todos los chicos que tocan. —Se le subieron los colores, la frase sonaba mucho mejor en su cabeza.
—¿Y de antes?
—En mi vida te había visto.
La sonrisa de Eric emprendió la fuga. La sustituyó un suspiro herido que pareció flotar por la habitación unos segundos antes de esfumarse. Desvió la mirada, se incorporó y se dio la vuelta para mirar por la ventana.
—Esa mata de tréboles bajo tu ventana la plantaste junto con tu madre cuando cumpliste nueve años. En tu cumpleaños quince no querías fiesta, pero Andrea se empeñó en hacerte una. Invitó a todos sus amigos de la prepa, pero a ninguno tuyo. Te enojaste, llenaste la comida de laxantes, te robaste el pastel y una botella de whisky de la cava de tu papá. Luego te encerraste en esta misma habitación a ver películas de terror.
Luna se tomó unos segundos para procesar la información. Lo de los tréboles era cierto, lo de la fiesta le sonaba familiar aunque no podía recordarlo del todo.
—Glendalough de trece años —dijo la frase casi sin darse cuenta.
—El viejo casi se trepa a las paredes cuando nos… te encontró.
¿Cómo sabe esas cosas? Lu miró a su acompañante con los párpados entrecerrados, tratando de llegar a su esencia. Buscaba algún detalle para determinar si en verdad lo conocía o no. Los datos estaban ahí, fuera de su familia nadie sabía lo de las plantas y la fiesta. El problema estaba en que no podía asegurar que esa historia fuese real. Eric seguía de espaldas a ella. Un zumbido la distrajo. No podía encontrar la fuente del sonido. El volumen iba en aumento.
—Hasta luego, Luna.
—No, ¡espérate!
La mano de Luna pegó contra el buró. El marco con la foto del museo de Orsay golpeó la alfombra con un ¡plap! ahogado.
Mesita de noche con un libro de arquitectura. El librero delgado que Karen le regaló cuando se mudó al departamento. El tablero de corcho sobre un escritorio liviano de triplay. Clóset reducido que aun así no conseguía llenar sólo con su ropa. Persianas y no cortinas. Estaba en su habitación, la verdadera, la actual. El maldito celular vibraba como loco. Lo había dejado en silencio sin querer, se le hacía tarde para la escuela.
14
Karen esperó a que Luna se abrochara el cinturón de seguridad antes de extenderle el termo con café.
—Te toca poner la música.
No existía un acuerdo, K era una dictadora benevolente cuando se trataba de su nave. Cedía el control de la música si Luna se veía especialmente decaída o dispuesta a confesar algo. Trataba de adivinar cuál de las opciones era la acertada cuando la voz de Morrissey salió de las bocinas. Confesión. Si Lu ponía lo que Karen denominaba «música de papás» era porque buscaba seguridad antes de soltar la sopa.
—K, ¿te acuerdas de mi fiesta de quince?
—Jajaja, muy graciosa, tú y yo sabemos que no tuviste quinces. Si a lo que te refieres es al mes que pasaste castigada, sí, me acuerdo.
—¿Un mes?
—Yep. Admiro eso de purgar a la crema y nata del colegio, pero empedarte con un desconocido en tu cuarto fue una mamada.
—¿Quién era?
—¡Ése es mi punto!
—¿En serio pasó?
—No, babosa, lo invento para volverte loca y robarme tu fortuna.
Karen logró que Luna soltara una carcajada y a continuación Morrissey se apropió del auto. «Alma Matters» era una de las canciones favoritas de Mairead. K recordaba con cariño a la madre de su mejor amiga cantando por cada rincón de la casa. Era una persona cálida y alegre, pero al mismo tiempo enérgica, poderosa. Nunca le había confesado a Luna que Mairead había sido su modelo a seguir. Sonaría muy creepy. Siempre le había parecido que Andrea se parecía más a su madre, tan extrovertida, segura de sí misma y popular. Sólo era en apariencia, Luna tenía esa parte fuerte y misteriosa que su mamá emanaba, aunque no se daba cuenta.
—Bueno, ¿me vas a decir o me hago pendeja? —Era momento de aplicar presión.
—¿Ubicas al tipo de la fiesta?
—¿El cabrón de la chela?
—Ajá, pues me dio su número…
Mientras Luna escupía todos los detalles del incidente con Bruno, Karen pasó de sentirse excluida a estar aliviada de que su amiga no se hubiera quedado sola.
—El güey te late.
—No sé, es que…
—No era pregunta, Luna: ¡te gusta! Y te hizo el paro con el examen, te llevó a la enfermería y te dio su número. Le gustas.
—Pero K…
—¡Ah, ah, ah! Párale. Dale chance o dime si ya te consigo tu primer gato. Ok, todo empezó del nabo, pero no me hagas recordarte el sagrado triángulo de las relaciones.
Luna entornó los ojos. El sagrado triángulo de las relaciones era una de sus mejores teorías. Karen la desarrolló luego de una buena peda en su primer semestre de universidad. Miraba un meme que Luna le había mandado, un triángulo con tres opciones: buenas calificaciones, vida social y dormir bien. En teoría, si eras universitario sólo podías tener dos de las tres. Luna por ejemplo, tenía buenas calificaciones y dormía decentemente, entonces carecía de vida social. K pensaba que ya dormiría cuando estuviera muerta. Una cita nefasta y mucho vodka fueron los responsables de la epifanía: era lo mismo con las relaciones. Las variables eran tres: la cabeza, el corazón y el sexo. Sólo se podían elegir dos. Si el sexo era maravilloso y el corazón latía desbocado, de seguro tu cerebro te diría que eso era un error.
—Resumiendo —retomó la conversación—, tu vida amorosa sería menos miserable si dejaras de conectar tu vajayjay y tu cerebro todo el tiempo, Lu.
—No es tan fácil, K, me da cosa pensar en una relación. Ni siquiera sé si puedo con una y…
—Perdón, quise decir: tendrías una vida amorosa. Apagar tu genial cerebro un ratito no es la perdición, te lo juro.
—Es que si algo sale mal…
—Lo mandas a la chingada y ya. Esto puede ser un shock para ti, pero ya estamos en el siglo veintiuno, ¿eh?
Karen fue dura con Luna, lo sabía. No quería dejarla caer en esos ciclos infinitos de autocompasión y azote que la caracterizaban. Las dos guardaron silencio. The Smiths se hicieron cargo de atenuar la incomodidad del resto del trayecto. K trató de rememorar la vida amorosa de su amiga sin demasiado
éxito. Era más bien escasa, lo sabía. No era eso lo que la inquietaba, sino su incapacidad de recordar nombres o rostros. Estaba el chico del incidente, por ejemplo. La cosa no había quedado ahí, pero lo que pasó después era un hueco en su memoria. Lu le había contado a detalle su primer beso, su primera vez. Sombras. Huecos. Misterios. Entre ellos la razón por la cual sentía tanto desprecio por la chica que antes representaba todo lo que deseaba ser: Andrea.
En cuanto estacionaron el auto, Karen sacó el celular de la mochila de Luna, entró a WhatsApp y escribió un sencillo «Ola ke ase» para Bruno. Para cuando Lu reaccionó, K ya había enviado el mensaje. Observó cómo las dos palomitas se volvieron azules ante la mirada aterrada de su amiga.
15
—Ola ke ase, ¿rescatando chistes viejos o ke ase?
Luna volteó de golpe. Hasta percibió la mala ortografía en la forma en la que Bruno articulaba las palabras. Voy a vomitar bolas de pelo de llama. No se atrevió a mirarlo a los ojos, estaba mortificada por la jugada de Karen. Ni siquiera enojada. Era como cuando a sus padres se les hacía tarde para recogerla en la primaria y los profesores la veían con lástima. Juraba que tenía «vergüenza» escrito por toda la cara. Se miró los zapatos mientras le imploraba a un dios en el que no creía que se la tragara la tierra.
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