Jo Walton - La Ciudad Justa

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Atenea, diosa griega de la sabiduría, ha dado vida a la República de Platón en una isla perdida del Mediterráneo. Allí reúne a filósofos de todas las épocas, niños que fueron esclavos y robots encargados del trabajo duro.
En La Ciudad Justa, Simmea, una niña brillante, demostrará todo su potencial; Maia, una antigua dama victoriana, deberá encontrar su verdadero lugar y Apolo comprenderá por fin el valor de la vida humana.
En esta ciudad de las ideas y el conocimiento todos se esforzarán por alcanzar la excelencia siguiendo al pie de la letra las palabras de Platón… Todo, menos Sócrates, que hará las preguntas que nadie quiere responder.
Traducido por Blanca Rodríguez.
La edición cuenta con un prefacio para dar contexto a la obra y detalles ilustrados.

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Los patrones nos hablaron en griego, haciéndonos preguntas a cada uno. Varios de ellos hablaban extraño, con un curioso ceceo que arrastraba algunas de las consonantes. El patrón del gorro rojo se me acerco, tal vez porque habíamos cruzado las miradas.

—¿Cómo te llamas, pequeña? —Hablaba un buen griego con influencias italianas.

—Lucía, hija de Yanni.

—Eso no servirá —masculló—. ¿Y cuántos años tienes?

—Diez —respondí, tal como nos habían indicado a todos los esclavistas.

—Bien. Y te manejas bien en griego. ¿Lo hablas en casa?

—Sí, siempre. —Era la verdad y solo la verdad.

Volvió a sonreír.

—Excelente. Y pareces fuerte. ¿Tienes hermanos?

—Tenía tres hermanos mayores, pero murieron todos.

—Lo lamento. —También él parecía decir la verdad—. ¿Cuánto es siete veces siete?

—Cuarenta y nueve.

—¿Y siete veces cuarenta y nueve?

—Trescientos cuarenta y tres.

—¡Muy bien! —Parecía complacido—. ¿Sabes leer?

Levanté la barbilla, haciendo el gesto universal de negación y me di cuenta enseguida de que no lo entendía.

—No.

El patrón frunció el ceño.

—Casi nunca instruyen a las niñas. ¿Aprendes rápido?

—Eso decía mi madre siempre.

Garabateó un símbolo en el polvo.

—Esto es una alfa, A. ¿Qué palabras empiezan por alfa?

Empecé a enumerar todas las palabras que se me ocurrieron y que empezasen por alfa, entre ellas, bien porque él mismo la había puesto en mi mente o porque se la había oído decir al esclavista cuando arribábamos, el nombre del antiguo Dios Apolo. Acababa de decirla cuando el esclavista se acercó.

—Es una buena niña —dijo—. No les dará problemas. Y aún es virgen.

Aquello era técnicamente cierto, porque las vírgenes alcanzaban precios más altos en el mercado. Sin embargo, la noche anterior, en el barco, aquel mismo hombre se había vaciado en mi boca. Todavía me dolía la mandíbula. El patrón del bonete rojo se giró hacia él como si lo hubiera adivinado.

—¡Eso sería de esperar, ya que tiene diez años de edad! —le espetó—. Nos la llevaremos.

Me quitaron las cadenas y me llevaron a un lado. Seleccionaron más o menos a la mitad del grupo, incluidos la niña de piel clarísima y el niño que había estado molestándome. Me alegró ver que tenía una marca roja en la espinilla de la única buena patada que había conseguido darle.

Los patrones pagaron lo que les pidieron, sin cuestionar el precio. Me di cuenta de que los esclavistas estaban encantados, aunque, por supuesto, intentaron ocultarlo. Habían sacado más por cada uno de nosotros, siendo niños, de lo que habrían obtenido por una mujer hermosa y un hombre fuerte. Nos ataron a todos a una cuerda y nos condujeron a un barco. Me crié en las orillas cambiantes del Delta, viendo las naves solo desde lejos, en el mar, hasta que llegaron los piratas a atacarnos. Desde entonces no había visto más que su barco esclavista. Me di cuenta de que aquel era diferente, pero no por qué. Después descubriría que era una goleta y que solo navegaba con los vientos y las mareas. Su nombre era Bondad.

En cubierta había una mujer sentada con las piernas cruzadas y un libro en la mano. Al entrar a bordo, uno de los patrones nos desató las manos y las piernas y nos condujeron hasta ella por parejas. La mujer parecía escribir los nombres de los niños y, después, los conducían hasta una escotilla por la que desaparecían. Mi patrón, el del bonete rojo, me condujo hasta la mujer emparejada con mi atormentador.

—Estos dos tienen nombres de santos. ¿Puedes ponerles nombres, Sofía?

La mujer levantó la cara y vi que tenía los ojos grises.

—Yo no. Y ya deberías saber que no puedes pedírmelo, Marsilio. Ponles nombre tú.

—De acuerdo, entonces. Estaban encadenados juntos. Inscribe al niño como Cebes y a la niña como Simmea. —Volvió a sonreírme mientras nos bautizaba—. Son buenos nombres, nombres que encajarán en la ciudad. Olvidad vuestros nombres anteriores, tal como debéis olvidar vuestras infancias y vuestro tiempo de sufrimiento. Vais camino de un buen lugar. Allí sois todos hermanos y hermanas, todos renacidos a una vida nueva.

—¿Y tu nombre, patrón? —preguntó Cebes.

—Es Ficino, el traductor —respondió la mujer por él—. Es uno de los patrones de la Ciudad Justa.

Entonces, otro de los patrones nos condujo a la escotilla y bajamos por la escalera a un gran espacio sin divisiones. La bodega no se parecía en nada a la del barco esclavista. Estaba sorprendentemente bien iluminada por unas barras resplandecientes que recorrían toda la curva del barco. Su luz me permitió ver que la bodega estaba llena de niños, todos ellos desconocidos. Nunca había visto tantos niños de diez años en un mismo sitio y, aparte de en el mercado, tampoco había visto tanta gente junta. Debía de haber más de cien. Algunos dormían; otros, sentados en grupos, charlaban o jugaban a juegos; otros permanecían de pie, solos. Ninguno de ellos se fijó demasiado en nosotros, los recién llegados. Había tantos desconocidos que, de pronto, los que habían estado encadenados conmigo me parecían amigos por comparación. De entre ellos, Cebes era el único cuyo nombre conocía. Al mezclarnos con los otros, me quedé junto a él.

—¿Crees que los patrones nos tratarán bien? —le pregunté.

—Los odio —replicó—. Los odio a todos, a todos los patrones, me da igual quiénes sean, y cómo nos traten. Nunca los perdonaré, nunca me someteré a ellos. Creen que me han comprado, creen que me han cambiado el nombre, pero nadie puede comprarme ni cambiarme contra mi voluntad.

Lo miré, sorprendida. Yo me había mostrado dispuesta a amar y confiar en la primera palabra amable que había recibido, como un perro apaleado. Él era distinto. Parecía fiero y orgulloso, como un halcón cetrero al que no se puede domar.

—¿Por qué me empujaste?

—Porque no me pienso someter.

—Yo no fui quien te ató. Yo estaba atada contigo.

—Los que me habían atado estaban fuera de mi alcance y a ti te habían atado conmigo, eras la única a la que llegaba. — Me dio la impresión de que se sentía un poco culpable—. Fue una pequeña rebelión, pero en aquel momento era la única que estaba en mi mano. Además, me la devolviste —dijo, señalando la marca de la pierna, que ya desaparecía—. Estamos igualados. ¿Me dices tu nombre?

—Simmea, lo ha dicho el patrón Ficino. —El labio se le curvó hacia arriba de puro desprecio hacia mí—. Vale, es Lucía.

—Bien, Lucía, aunque te llamaré Simmea y tú puedes llamarme Cebes cuando nos oigan los patrones, me llamo Matías. Y yo no los perdonaré nunca. Puede que tenga que esperar para vengarme, pero me vengaré cuando menos se lo esperen.

Ni siquiera habíamos llegado a la ciudad. El barco apenas había zarpado del puerto de Esmirna y ya crecían las semillas de la rebelión.

3 MAYA Nací en Knaresborough Yorkshire en 1841 y fui la menor de tres - фото 5

3. MAYA

Nací en Knaresborough, Yorkshire, en 1841, y fui la menor de tres hijos y segunda hija del rector del pueblo. Mis padres me bautizaron con el nombre de Ethel.

Mi padre, el reverendo John Beechan, licenciado, era un erudito que había estudiado en Oxford y se preocupaba por los clásicos tanto o más que por Dios. Mi madre era una mujer de mundo, hija de un barón y, por lo tanto, con derecho a usar el tratamiento de «honorable», cosa que hacía en todas las ocasiones. Nada le gustaba tanto como la ropa bonita y la decoración. Sus pasatiempos eran el bordado y las visitas sociales, y su caridad se limitaba a las buenas obras que hacía en la parroquia. Mi hermana mayor, Margaret, conocida como Meg, era tan absolutamente hija de mi madre que parecía una edición en miniatura de ella. Mi padre había albergado la esperanza de que ocurriera lo mismo con él y mi hermano Edward, que nació un año antes que yo. Por desgracia, el temperamento de Edward no tenía nada en común con el de mi padre. Mi hermano era un muchacho activo y lleno de energía pero nada dotado para la erudición. Mi padre perdía la paciencia con él a menudo. Desde que tengo memoria, me recuerdo consolando a Edward y ayudándolo con las lecciones.

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