Como ya he dicho, formamos un buen equipo, pero, por regla general, lo hacemos como iguales. No suelo ir a suplicarle. No suelo suplicar a nadie, salvo a Padre cuando no hay manera de evitarlo. Casi nunca tengo la necesidad. Así que, tratándose de Atenea y de aquel tema en particular, me sentía de lo más incómodo.
Pese a todo, fui a su casa-biblioteca y me puse delante del rayo de sol hasta que se dio cuenta de que se había ensanchado para abarcar todo el escritorio y levantó la vista.
—El júbilo sea contigo, arquero divino —dijo al verme—. ¿Traes noticias?
—Una pregunta —dije, sentándome en la escalinata de mármol del exterior, para no tener que flotar en el aire o arriesgarme a pisotear algún libro.
—¿Una pregunta? —repitió, y salió para reunirse conmigo.
Se sentó en un escalón a mi lado, con las vistas de toda Grecia a los pies: las colinas, las llanuras, las ciudades bien construidas, las islas flotando en un mar oscuro como el vino, surcado de trirremes que navegaban entre una y otra. Bueno, los trirremes no los veíamos desde aquella distancia, salvo que nos esforzásemos, pero os aseguro que estaban allí. Podemos ir al lugar y el tiempo que queramos, pero ¿por qué nos íbamos a alejar del mundo clásico, siendo el mundo clásico tan espléndido?
—Resulta que una ninfa —empecé.
Atenea levantó la nariz.
—Si de eso se trata, me vuelvo al trabajo.
—No, por favor. Es una cosa que no entiendo.
Me miró.
—¿Por favor? De acuerdo, continúa.
Como ya he dicho, no suelo suplicar, pero eso no significa que desconozca el protocolo.
—Se llamaba Dafne. La perseguí, acababa de pillarla y me disponía a copular con ella, cuando se convirtió en árbol.
—¿Se convirtió en árbol? ¿Estás seguro de que no era una dríade?
—Segurísimo: era una ninfa. Una nereida, si quieres ponerte técnica. Su padre era un río. Rezó a Artemisa y Artemisa la convirtió en árbol. Le pregunté a Artemisa por qué lo había hecho y me contestó que Dafne lo deseaba con desesperación. ¿Por qué quiso convertirse en árbol para evitarme? ¿Cómo es posible que le importase tanto? No había hecho voto de castidad. Artemisa me dijo que se lo preguntase a Hera y luego que igual tú lo sabías.
Al oírme mencionar a Hera, me miró con los ojos grises llenos de interés.
—Creía que no sabría responderte, pero Artemisa mencionó a Hera, así que tal vez sí lo sepa. ¿Qué hay detrás de todo lo que le importa a Hera?
—Padre —respondí.
Atenea soltó una risa nasal.
—¿Y?
—El matrimonio, por supuesto —dije. Odio esos diálogos socráticos en los que todo se eterniza al ritmo de un caracol excesivamente lógico.
—Creo, tal vez, que lo que se te escapa en este asunto de Dafne es la importancia del consenso. No había hecho voto de castidad, es posible que hubiera decidido entregar su virginidad algún día. Pero todavía no había hecho la elección.
—Yo la elegí a ella.
—Pero ella no te había elegido a ti. No fue mutuo. Tú decidiste perseguirla. No pediste permiso y, desde luego, ella no te lo dio. No fue consensuado. Y, por lo que se ve, no te deseaba. Así que se convirtió en árbol —concluyó Atenea, encogiéndose de hombros.
—Pero es un juego —razoné. Sabía que no lo entendería—. Las ninfas corren y nosotros las perseguimos.
—Es posible que no todo el mundo quiera jugar a ese juego.
Perdí la mirada en las islas distantes, que asomaban entre las olas como una escuela de delfines. Conocía todos sus nombres y los de sus puertos, pero en aquel momento preferí no verlas más que como azul sobre azul, como formas de nubes.
—Volición.
—Exacto.
—¿Que los deseos de ambos tienen igual relevancia? —pregunté
—Ajá.
—Interesante. Eso no lo sabía.
—Bueno, pues: eso es lo que has aprendido de Dafne —dijo Atenea, poniéndose de pie.
—Estoy pensando en hacerme mortal un tiempo —comenté, mientras las implicaciones de aquello empezaban a calar.
Mi hermana volvió a sentarse.
—¿De verdad? ¿Eres consciente de que eso te haría muy vulnerable?
—Lo sé, pero hay cosas que aprendería mucho más aprisa de ese modo. Cosas interesantes. Cosas sobre la igual relevancia y la volición.
—¿Has pensado cuándo?
—Ahora. ¡Ah! Quieres decir cuándo en el tiempo. No, la verdad es que no lo he pensado mucho. —Era un pensamiento estimulante—. Una época con buen arte y mucho sol, si no me volvería loco. ¿La Atenas de Pericles? ¿La Roma de Cicerón? ¿La Florencia de Lorenzo de Médici?
Atenea se echó a reír.
—A veces eres tan predecible… Bien podrías haber contestado: «Cualquier sitio con columnas».
Yo también reí, sorprendido.
—Sí, eso vendría siendo. ¿Por qué? ¿Tienes alguna sugerencia?
—Sí. Tengo un lugar perfecto. En serio. Perfecto.
—¿Dónde? —pregunté, desconfiado.
—No lo conoces. Es… nuevo. Es un experimento. Pero hay columnas y además el arte… bueno, el arte es muy apolíneo: todo luz y nada de oscuridad.
—Par favar…
[Aquello fue sarcasmo, no una súplica. Mi anterior uso de la palabra, había sido una súplica, así que he pensado que más valía aclararlo. Así que esto último fue sarcasmo, cosa con la que estoy mucho más familiarizado].
—Mira, si me vas a proponer que vaya a algún horrible agujero tecnológico donde ni siquiera han oído hablar de mí porque será una «experiencia formativa», olvídate. No estoy pensando en eso para nada. Soy Apolo. Soy importante. — Puse morritos—. Además, si creen que los Dioses hemos caído en el olvido, ¿por qué escriben sobre nosotros? ¿Has leído esos libros? No he visto cosa más manida. Jamás.
—No los he leído y tienen una pinta horrible, y lo único que me interesa de las sociedades tecnológicamente avanzadas son sus robots.
—¿Sus robots? —pregunté, sorprendido.
—¿Prefieres los esclavos?
—Cierto —dije. A Atenea y a mí siempre nos ha molestado profundamente la esclavitud. Siempre—. ¿Y para qué los quieres?
Atenea se apoyó en los codos.
—Bueno, unas personas están intentando crear la República de Platón.
—¡No! —Me quedé mirándola. Se estaba chuleando.
—Me lo han pedido en sus oraciones y les echo una mano.
—¿Y dónde lo están haciendo?
—En Kallisté —respondió, señalando hacia donde estaba Santorini en el momento en que nos encontrábamos—. Théra antes de la erupción.
—¿Lo están haciendo antes de que se escribiera la República ?
—Ya te he dicho que les estaba ayudando.
—¿Lo sabe Padre?
—Padre lo sabe todo, pero no he atraído su atención sobre el tema, precisamente. Y, por supuesto, esa parte de Kallisté se hundió en el mar con la erupción, así que no quedará ningún rastro a largo plazo. —Sonrió.
—Muy lista —reconocí—. Además, hacer la República de Platón en la Atlántida sería… repetitivo. En cierto modo, todo esto es muy tú.
Se hinchó de orgullo.
—Como ya he dicho, es un experimento.
—Pero se supone que la República es un experimento teórico. ¿Quién es la gente que lo está poniendo en práctica? —Me intrigaba.
—Bueno, uno de ellos es Critón, ya sabes, el amigo de Sócrates. Y otro es el propio Sócrates. Critón y yo lo sacamos a rastras de Atenas justo antes de su ejecución. Si Sócrates no consigue hacerla funcionar, no lo conseguirá nadie. Y también están otros filósofos posteriores: algunos platónicos, como Plotino y esos; unos cuantos de Roma, como Cicerón y Boecio; y otros pocos del Renacimiento, como Ficino y Pico… bueno, y de las demás épocas posteriores, la verdad.
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