Jo Walton - La Ciudad Justa

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Atenea, diosa griega de la sabiduría, ha dado vida a la República de Platón en una isla perdida del Mediterráneo. Allí reúne a filósofos de todas las épocas, niños que fueron esclavos y robots encargados del trabajo duro.
En La Ciudad Justa, Simmea, una niña brillante, demostrará todo su potencial; Maia, una antigua dama victoriana, deberá encontrar su verdadero lugar y Apolo comprenderá por fin el valor de la vida humana.
En esta ciudad de las ideas y el conocimiento todos se esforzarán por alcanzar la excelencia siguiendo al pie de la letra las palabras de Platón… Todo, menos Sócrates, que hará las preguntas que nadie quiere responder.
Traducido por Blanca Rodríguez.
La edición cuenta con un prefacio para dar contexto a la obra y detalles ilustrados.

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Por primera vez me implicaba de lleno en la vida. Todo era de mi interés. Leía la República una y otra vez, participaba en los debates de la Cámara, servía en los comités, tenía opiniones y se me escuchaba. Era maravilloso. Me despertaba todas las mañanas en el frío suelo del salón, feliz simplemente de estar viva. Todos los días le daba gracias a Dios, a los Dioses, a Atenea, por haberme permitido estar allí y formar parte de todo aquello. Lo cual no significa que en ocasiones no me sacara de quicio.

Servía en el comité tecnológico. Manteníamos largos debates sobre cuánta tecnología debíamos permitir. Algunos pensábamos que debíamos utilizar solo tecnología de la época, que Platón habría podido entender. Pero ya teníamos a los trabajadores y sin ellos habríamos tenido que usar esclavos. Los trabajadores necesitaban electricidad, que provenía del sol. La electricidad necesaria para los trabajadores también proporcionaría buena iluminación y una cierta cantidad de calefacción y refrigeración.

—La ventaja —dijo Clío cuando presentó nuestras recomendaciones ante el pleno de la Cámara— es que nos permitirá mantener la biblioteca a una temperatura constante y proteger mejor los libros.

Casi todos los mayores y todos los famosos del grupo eran hombres, pero la mayoría de quienes entendíamos la tecnología en alguno de sus aspectos éramos mujeres jóvenes. Aunque teníamos igualdad nominal, siempre había algunos, como Tulio, que se negaban a aceptarnos como iguales. Además, vi en otras mujeres una tendencia, que también detecté en mi misma, a ceder ante los hombres mayores, tal como siempre había cedido ante mi padre. Nos habíamos criado en la esclavitud y llevábamos las marcas de los grilletes, como dijo Clío cuando hablé con ella sobre el tema, pero criaríamos a una generación con la esperanza de la auténtica libertad. El comité tecnológico estaba compuesto casi en su mayoría de mujeres, con la excepción de un hombre, un dominico conocido como Ícaro. A causa de eso, y de una manera casi imperceptible, entre los patrones empezó a percibirse la tecnología como femenina y carente de importancia. En la votación se decidió que tendríamos luces, pero no calefacción ni refrigeración, salvo en la biblioteca. Decidimos tener agua corriente en todas partes, pero solo con agua fría, que parecía la mejor opción moral y lo que Platón habría deseado. Inventamos nombres griegos para las duchas y los retretes.

Ícaro servía en varios comités: es más, se presentaba voluntario para todos según se iban formando. Lo habían aceptado en un número asombroso de ellos y participaba en todos los que no se reunían al mismo tiempo. Parecía tener una energía y un entusiasmo ilimitados, además de ser mucho más joven que casi todos los demás hombres. Era guapísimo, además, y tenía una sonrisa maravillosa y el cabello largo y castaño. Al trabajar tanto juntos nos hicimos amigos. Parecía ser amigo de todo el mundo y se movía por todos los círculos, encandilando a todos. Incluso era el favorito de Atenea, que parecía relajarse un poco cuando hablaba con él.

Plotino y los neoplatónicos dominaban el comité encargado de diseñar la forma física y la organización de la ciudad. Anunciaron que Atenea traería árboles adultos y se aprobó por votación. Luego propusieron que hubiera diez mil ochenta niños, divididos en doce tribus, cada una de las cuales se dividiría en ciento cuarenta y cuatro casas nutricias que recibirían nombres de una ciudad famosa de la civilización. Se aprobó por unanimidad. Ciento cuarenta y cuatro casas nutricias eran suficientes para que estuvieran representadas las urbes favoritas de todo el mundo. Se propuso que se decorasen al estilo de sus correspondientes ciudades, lo cual me pareció una idea deliciosa. Se asignarían dos patrones a cada casa nutricia, un hombre y una mujer, dentro de lo posible.

—¿Hay alguna mujer florentina aquí? —pregunté a Ícaro después de una reunión del comité tecnológico, pues no había reparado en ninguna en su grupo.

—No, que yo recuerde. ¿Por qué? ¿Te gustaría que te asignasen a la casa de Florencia?

—Me gustó tanto. Y fue allí donde descubrí a Platón. No llegué a Grecia, solo hasta Italia.

—Habla con Ficino. Seguro que él es el hombre asignado a Florencia —sonó un poco envidioso. El nombre oficial de Ficino era Fikinus, pero todo el mundo seguía llamándolo Ficino.

Votamos que todo el mundo adoptaría el quitón y los que sabían ponérselo nos enseñaron a los demás. Los trabajadores tejieron la tela necesaria. A mí me enseñó a ponérmelo el propio Critón, el amigo de Sócrates. Una vez que me acostumbré a él me pareció deliciosamente práctico y cómodo. Los quitones trajeron una ventaja inesperada: cuando todos estuvimos vestidos igual, las facciones resultaban menos visibles, aunque no por ello fueran menos reales.

En el comité de mujeres, Creúsa, una corintia del siglo I que había sido hetaira, nos explicó el uso de las esponjas menstruales. Votamos por aclamación que ese sería el método estándar y habitual en la República. Ni siquiera lo presentamos al pleno de la Cámara. Los trabajadores podían recogerlas sin problemas. Sabíamos que los hombres no reconocerían su trascendencia ni les importaría. Acordamos que los patrones no tendríamos hijos propios y Creúsa nos habló de la raíz de silfio, que tenía la capacidad de evitar la concepción. Acordamos que debía estar a la disposición de todas las patronas que la quisieran.

Fui la única mujer del comité encargado de elegir el arte, en el que también servían Ficino, Ático e, inevitablemente, Ícaro. Platón es muy claro sobre el propósito del arte y sobre en qué formas se debía permitir en la República. No nos poníamos de acuerdo sobre si utilizar solo originales o si permitir también el uso de copias. Era un tema que encendía pasiones y en el que Ficino, Ícaro y yo estábamos unidos: los niños solo debían ver los originales si queríamos que aprendiesen la excelencia. Le pediríamos a Atenea que nos permitiese rescatar obras de arte perdidas y destruidas para adornar la ciudad. Las copias, en especial las copias creadas por los trabajadores y más de una vez, les harían concebir el arte desde una perspectiva del todo errónea.

Ático y algunos otros nos lo discutían:

—Ya hemos decidido que las casas nutricias serán copias de edificios de las ciudades cuyos nombres llevan. Si los trabajadores pueden construirlas y si no dañaría a los niños ver ciento cuarenta y cuatro copias arquitectónicas, ¿por qué iba a ser diferente el arte?

—También sería mejor si pudiéramos tener los edificios originales —argumenté—, pero no es posible. El arte sí es posible conseguirlo.

—Tal vez sería posible conseguir algunos de los edificios —replicó Ficino—. Sofía no solo es sabia, también es poderosa.

—¿Han desaparecido suficientes edificios adecuados? — pregunté—. No puedo hablar de Grecia, pero cuando estuve en Roma parecía como si se hubiera reutilizado hasta el último ladrillo o trozo de mármol de algún otro edificio.

Ícaro negó con la cabeza.

—Son casos del todo distintos. No sería mejor si pudiéramos conseguir los edificios originales porque el problema real sería que los edificios no serían igual de adecuados para nuestros fines como los que construiremos. El diseño de las casas de descanso, por ejemplo, es elegante e ideal —Ícaro, por supuesto, también estaba en aquel comité—. Queremos que sean idénticas y clásicas y útiles, y así son. No queremos que la ciudad esté llena de repeticiones porque eso les enseñaría una lección errónea. Todas las casas de descanso serán idénticas, las palestras donde entrenarán los niños serán iguales en su aspecto funcional, aunque la decoración sea distinta, para variar. Y lo mismo ocurre con las casas nutricias, los templos, las bibliotecas y los salones de prácticas. Queremos que todo sea lo más adecuado posible para nuestras necesidades. Hacer edificios nuevos al estilo de los antiguos es lo mejor para eso mismo: los edificios. En realidad no serán copias, al menos en lo funcional.

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