Mediado el otoño, acordaron que la boda sería la próxima primavera, pero antes, Isabel quería conocer aquel lugar de nombre tan inquietante en el que iba vivir. Juanón bajo de Dolor hasta Villanueva de la Cueva donde, desde La Vecilla, llegaron Isabel y sus padres tras un par de horas de viaje en carreta por el sobrecogedor y sinuoso desfiladero paralelo al río Curueño. Un angosto camino que allí todos conocían como Las Hoces. Ante el indisimulado gesto de decepción de los padres por tener que caminar otra hora por una empinada senda para alcanzar el poblado edificado ante la mina, su futuro yerno propuso que solo subiría con Isabel para que, así, conociese el que sería su hogar. Mientras, sus futuros suegros podrían esperarles allí.
—Mantengo la propiedad de la casa en la que me crie hasta que, con once años, murió mi padre en la mina. Es vecina de la de mis tíos, con los que viví hasta cumplir los quince, que es desde cuando trabajo en la mina y, ante la cual, varios mineros hemos levantado humildes hogares.
Elisa se acercó curiosa al ver a su sobrino en compañía de aquellos extraños. Puesta al corriente de la futura boda de Juanón y visto que los padres de la novia desistían de subir a Dolor, les invitó a permanecer aguardando en su casa. El matrimonio aceptó la oferta, pero con la condición de que compartiesen las viandas que habían llevado para sobrellevar la jornada. Tortilla, empanada, cecina y un par de botellas de vino.
Ese mismo día pudieron descubrir el desconcertante trato que mantenían los tíos de Juanón. Andrés, un hombre hosco y silencioso que apenas pronunció palabra durante la comida para, después, desaparecer sin ningún tipo de atención ni despedida y Elisa, una mujer que actuaba con ellos como si su esposo no estuviese delante, como si fuese invisible.
Después de aquella visita, suspiraron aliviados al ser conocedores de que Juanón y sus tíos apenas mantenían más que un correcto trato y que la casa de Juanón en Villanueva, a pesar de en apariencia estar en mitad de las posesiones de la extraña pareja, era conservada y respetada por esta, pues tanto él como sus tíos eran copropietarios de aquella finca a partes iguales.
Para Isabel, descubrir Dolor fue todo un hallazgo. Tras salvar el empinado ascenso, se alzaba ante su mirada una planicie entre dos riscos calizos en la que, ciertamente, había una instalación minera y por donde discurría el trasiego de mulas cargadas y mineros, pero no había rastro alguno del habitual carbón de las minas. Al no invadir el rastro negro el paisaje como una enfermedad, Isabel podía mantener una visión selectiva y aquel paraje era el más hermoso que nunca hubiese visto. Las laderas que lo circundaban se arrojaban hacia el fondo de los valles limítrofes, salpicadas de hayedos en las caras que se rendían hacia el norte o de praderas y piornos en las que lo hacían hacia el sur. Alzando la vista, formidables montañas, vedadas a la vista de quienes como ella transitan habitualmente por las vegas, se descubrían alzándose imponentes unas tras otras. Revelando la insolencia de sus cumbres algunas de las cuales ya coronadas con los primeros mantos de nieve, presagiando el futuro invierno. Pero aquella jornada era soleada, y el otoño estallaba rotundo en ocres, dorados y verdes.
—Este lugar es maravilloso, a pesar de que haya una mina, Juanón, es tal cual me lo habías descrito.
—Pues tanto lo es por fuera, como por dentro.
—¿Por dentro?
Juanón le señaló al suelo y, mientras seguían caminando, lo hizo después hacia la boca de la mina.
Un año después de casarse, Isabel alumbró un varón. Ese mismo día, cuando Juanón sostuvo por vez primera a su hijo en brazos, le hizo una curiosa promesa.
—Crece, Julio, crece feliz y te prometo que iremos a ver el mar.
Isabel, postrada y agotada tras el parto, pero contenta como nunca había estado, escuchaba complacida las indicaciones que su esposo ya comenzaba a impartirle a Julio.
—Puede ser que tengas el sueño de ser marino, de embarcarte en busca de una vida de aventuras. Ese fue una vez el mío y aún sigue vivo en los libros que leo. Crece e iremos juntos a pisar las playas de Asturias, a las que no pude ir con padre.
Hay casas en las que entra la alegría y con su energía cubre los pesares de una vida dura. Así fue durante un tiempo en la casa de la joven pareja. Cuando la criatura rondaba el año y medio, cuando ya hacía tiempo que se había soltado a caminar y era la viva imagen de la dicha, llegó una tarde al mundo su hermana, pero para esa misma noche ya había muerto. Un parto complicado le impidió a la pequeña alargar su vida poco más de unas horas. Se habría llamado Isabel, como su madre, Isabelina fue como se dirigió a ella Juanón cuando la sostuvo entre sus brazos, pero qué sentido había en seguir recordándola por su nombre, a pesar de habérselo puesto para efectuar e entierro. Isabelina en el recuerdo de sus padres, sería para siempre la niña muerta.
De repente, ya no había en casa respuesta para la algarabía y la alegría de Julio, pero fue precisamente ese tesón del pequeño y la exigencia de atención continua lo que hizo rehacerse a su padres de aquella pérdida. Parecía que la vida ya no les iba a conceder más descendencia, pero esta llegó cuatro años mas tarde de que lo hiciese Julio. Con el nacimiento de Ramiro comenzaron los días más felices que viviese la aldea de Dolor, pues otras criaturas habían nacido también en casas de otros mineros. Cuando don Gil visitaba la mina con la que comenzó su andadura en el mundo empresarial, sonreía al percibir la algarabía de los chiquillos, esperanzado de que en ellos residiese el futuro de su explotación. A sus cincuenta años aún fantaseaba con un microcosmos perfecto, un mundo a su medida en el que él y sus obreros eran felices, asumiendo cada cual su papel que interpretar en su ordenado mundo. El movimiento obrero que pugnaba por sus derechos en las cercanas minas de carbón, en grandes empresas como la Hullera vasco-leonesa no conseguía arraigar en su explotación de cobre y cobalto, principalmente. Para mantener tal situación, se limitaba a ofrecer a sus asalariados un jornal similar al que ganarían en cualquier otra mina, pero con el añadido de poder instalarse allí si ellos se construían un hogar. A fin de cuentas, aquellos parajes en las alturas nunca habrían tenido otro destino que servir de pasto al ganado, por eso muy pocos de sus empleados abandonaron por otro aquel trabajo. Casi todos los mineros asumían que sus hijos serían su relevo a futuro en la mina y las buenas palabras de don Gil, asegurando que todos podrían convivir como una familia, aunque no les convencía por lo ventajista de tal aseveración, tampoco les despertaba la necesidad de abandonar la seguridad de un humilde techo y un menguado pero regular jornal.
Así que los críos de Dolor tuvieron una infancia feliz. Aunque se levantó una escuela en la aldea, esta hubo de cerrar al año porque ningún maestro estaba dispuesto a subir a diario hasta aquellos parajes y no fueron capaces de convencer a ninguno para que residiese en aquel pequeño espacio. Por tal motivo, todas las mañanas, cuando el invierno suavizaba su crudeza y las nieves deshelaban, el tropel de una docena de críos, entre los seis y doce años, bajaba a la escuela de Villanueva de la Cueva.
Julio llevando siempre de la mano a Ramiro, escoltado por sus amigos los mellizos Fernando y Gabrielín. Estos, que tenían un par de años menos que Julio, eran los hijos de Gabriel, el guarda de la cueva, el único hombre que no doblaba el espinazo en Dolor. Sus funciones eran simples, era la voz y la mano del patrón cuando no estaba. Mantenía el orden y hacía también de capataz, pero sin bajar al pozo.
La diferencia de años de Ramiro con su hermano no supuso inconveniente para mantenerse unidos también a la hora de jugar. Ayudaba mucho que los mellizos hiciesen de puente entre sus edades. Los cuatro conformaban un grupo muy unido, en el que, obviamente por edad, Julio llevaba la voz cantante, pero era curioso como los mellizos pugnaban por ganarse un supuesto segundo puesto de mando, algo que casi nunca sucedía y que, normalmente, terminaba en pelea.
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