1 ...8 9 10 12 13 14 ...34 —Creo, y no te enfades, que tienes bastantes pájaros en la cabeza. Así todo, adelante, aunque, si quieres huir, podría hablar con alguien para que…
Julen le interrumpe.
—Espera. Si lo que me sugieres es cruzar la muga y esconderme en Iparralde, paso. No estoy en esa situación.
—Parece que censurases la actitud de los refugiados.
—¡Pero qué dices! ¿ves? Confundís las cosas.
—¿Como que confundís? Aquí solo estamos tú y yo.
—Ya me entiendes. Si digo que paso de armas y de ejércitos, es que paso. También de quienes emplean las armas como un ejército.
—Te estás confundiendo. Nadie dice que hagas otra cosa.
—Vale, pero si quien yo me imagino me ayuda a pasar al otro lado, me da refugio… tendré que dar algo a cambio, ¿no? Algo se esperará de mí, ¡digo yo!
—No tiene por qué.
—Tía, no nos hagamos trampas. Creo que tienes un concepto idealizado de todo esto.
—¿Como que idealizado? ¿Me tomas por una chiquilla? Mira que ya tengo 32 años.
—Vale, y yo 19, ¿me consideras un crío o qué?
—Julen, se te está yendo la pinza. En Iparralde hay refugiados por distintas razones, no solo por participar en la lucha armada: los hay por persecución política, o por ser solo insumisos… Estás muy nervioso.
Julen se toma unos segundos para responder.
—Vale, vale… igual sí que estoy nervioso.
—¡Hostia! y ya vale con decir todo el rato vale.
—Vale, vale, no te rayes.
—Venga, cuéntame tu plan.
—Vale. Tengo ahorrado algo de lo que gané el verano pasado ayudando a Piru cuando montó el bar y algo más que he logrado juntar.
—¿De cuánto hablas?
—Cien mil pelas.
—Joder, mucho me parece.
—Bueno, me he buscado la vida un poco.
—¿A qué te refieres?
—He meneado un poco de costo con los amigos y conocidos. Además de salirme los porros por la cara, algo he podido ahorrar. No es mucho, pero…
—¿Que vas trapicheando con costo? Si se entera amama te cruje.
—¿A mí? Igual a ti.
—¿Como que a mí?
—A ver, que el poco costo que he movido se lo pillaba a Piru. Que ya sé que, de vez en cuando, se curra encargos mucho más serios. Por ejemplo, como el de ayer, cuando os largasteis a Bilbao.
Súbitamente, el rostro de Kattalin la muestra azorada, como si la acabasen de descubrir guardando el secreto más grande nunca imaginado.
—Ya sé que una parte de lo que entra por el puerto, y que no son precisamente anchoas, lo menea él de manera discreta. Te juego lo que quieras a que sé lo que llevaba ayer en el maletero y que llegó hace dos días con un atunero que regresaba de África.
—Déjalo.
—Por lo menos serían tres kilos de…
—Que lo dejes, ¡hostia!
—Vale, tranquila, pero Piru gana, gasta mucho y se está empezando a notar. Él me lo ha negado, pero no sé si estará medio enganchado al caballo.
Kattalin se vuelve clavándole los ojos. Está encendida en cólera.
—Y no te enfades conmigo por saber eso, que tampoco me he enterado hace tanto. Piru es un tío de puta madre, pero esa mierda de heroína ha destruido a mucha gente aquí.
—Tú no sabes nada.
—Vale, solo sabré un poco, pero mejor que tu novio deje esas movidas.
—Está todo hablado, este verano se va a ir a pasar el mono al caserío de su hermano. Se va a limpiar, ¿está claro? Y si no lo hiciese, lo mando a tomar por culo. También va a traspasar el bar y luego a buscarse la vida en lo que sea. Está dispuesto a volver al barco.
Kattalin baja la mirada y derrama un par de lágrimas. Julen, al verla, se sintió terriblemente mal por haberle espetado a la cara todo aquello de manera tan brusca.
—Vaya, lo siento.
—No pasa nada, si lo que has dicho de que ayer llevamos «algo» en el coche es verdad. Me enteré al llegar a Bilbao. Por eso nos enfadamos y… bueno, ya vale.
—Igual hasta ahora no ha movido mucho, pero alguien no piensa así en el pueblo.
Kattalin asiente. Lo que Julen no sabía es que, después de la bronca que mantuvieron Piru y Kattalin en Bilbao tras entregar el «paquete», para convencer Piru a su novia de que aquel había sido definitivamente el último trapicheo que realizaba, era que ETA le había amenazado formalmente, pero que, como ya tenía la mercancía, era inexcusable entregarla a su destinatario. Quizá ni Julen ni ella sospechaban lo que, en realidad, Piru podría estar moviendo, pero, por lo visto, otros sí que lo sabían.
—La pintada que hicieron frente al bar, de «trafikanteak kanpora»6 podría ser por él…
—Es por él.
—No es para tomarlo a broma.
—Por eso está todo hablado con quien se tenía que hablar. Piru cierra el bar, se limpia y deja esas historias. Por eso he llegado hoy tan… tan jodida.
—Que dices que lo has hablado con…
—Hemos hablado, es Piru quien ha tenido que comprometerse.
—Pero eso lo habéis hablado, ¿con quién?
—Ninguna pregunta más sobre este asunto, ¿entendido?
3Amama, abuela en euskera.
4Aita, padre en euskera. Ama, madre.
5Iparralde, traducido del euskera significa zona norte, en referencia a los territorios vascos integrados en la República Francesa, también conocidos como País Vasco francés.
6En euskera, «traficantes fuera». En los años 80 y principios de los 90, ETA extendió sus atentados contra algunas personas vinculadas al narcotráfico.
LIBRO DE DOLOR
1909-1920
3. Los niños de Dolor
Nunca había visto a un minero tan guapo, porque seguro que eran mineros aquel grupo de mozos, que lo mismo acababan con una botella de vino para después pedir otras de sidra, sentados en unas sillas de tijera alrededor de una minúscula mesa en la que no cabía ni una botella más.
—Ese, el del pelo moreno peinado hacia atrás va a sacarme a bailar. —Eso le dijo Isabel a sus amigas cuando ya se alejaban juntas en dirección al prado de la romería después de haber acudido a buscarla, pues bien las había advertido.
—Pasaos poco después de la hora de comer, que si mis padres no ven que venís a buscarme, tampoco verán la hora de permitirme marchar.
Las tres amigas acudieron puntuales a la cita a la cantina que situada enfrente del apeadero de la vía del tren, estaba arrendada por los padres de Isabel. Aquel día, como era previsible al ser la fiesta del Corpus, había acudido bastante gente de los alrededores de La Vecilla. En el establecimiento, además de haberse despachado ya unas cuantas cántaras de vino, también se habían ofrecido varias comidas e Isabel había estado ayudando a su madre en la cocina primero y, después, al padre sirviendo las mesas.
A mediados de junio, se intuye ya el verano por los cielos azules despejados, pero en la montaña de León, la primavera ha estallado no hace mucho y al festival de colores y de olores se le sumaba aquella tarde el estridente sonido de las dulzainas y tamboriles, de risas y carreras de los críos por el prado de la romería. Y acertó de pleno Isabel con sus amigas, aquel mozo moreno la sacó a bailar y no se separarían ya en toda la tarde. Tampoco en las de los domingos siguientes, en las que Juanón se acercaba hasta La Vecilla para visitar a la chica que, unas semanas después, se comprometería con él.
Con ciertas reservas al principio, pero mas confiados después, los padres de Isabel consintieron la relación que los jóvenes iniciaban. En realidad, no era un mal partido para su hija. Mejor casarla con un minero que con un bracero que no tendría donde caerse muerto. A fin de cuentas, no viviría muy lejos de ellos. Por otro lado, el tren que discurría ante la cantina y que, poco a poco, iba siendo un medio de progreso, lo era también de separación para quienes no lograban abrirse camino en su tierra y aquellos padres, no querían ni pensar en que un día ese mismo se tren se la llevase lejos, quién sabe si hasta Bilbao, como ya marcharan otras antes, a servir en las casas de la pudiente y emergente burguesía vizcaína, o hacerlo con cualquier novio que le saliese y emprendiesen juntos el rumbo a labrarse un destino más seguro en las fábricas que queman en Vizcaya el carbón de sus montañas.
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