La quinceañera acertó a encontrar su futura casa, pero como no había nadie en ella, se sentó a esperar en la puerta. Poco rato después, un crío que se le presentó como Juanón le dijo que esa era la casa de su tío y salió corriendo para entrar a en una vivienda más pequeña y humilde, que se levantaba en medio de un huerto, lo que parecía también propiedad de la vivienda de su futuro marido. De allí llegó el niño, tirando de la mano de un hombre de aspecto agradable y de una sonrisa encantadora.
—Hola, me llamo Juan y me parece que vamos a ser cuñados.
Pronto descubriría Elisa que el trato de Andrés para con su hermano Juan no distaba un ápice del que mantenía con cualquier otro, lo mismo se tratase de ganado o de ella misma.
Alguna vez abordando tal cuestión, Juan solo acertaba a decir que Andrés siempre había sido así.
Los veinticinco años de Juan y los treinta de Andrés parecían una barrera infranqueable para que aquella adolescente se adaptase a su mundo, especialmente al de su esposo, aunque pronto entendería que la edad no tenía nada que ver. Elisa adivinó que Juan lamentaba su suerte como esposa de su hermano y, aunque ella puso algo de interés al comienzo de aquella vida en relacionarse con su cuñado, su esposa y el pequeño Juanón, no fue capaz de persistir en el empeño. El carácter inanimado y oscuro de su esposo terminó por anularla y contagiársele también.
Las noches eran otra cosa. Casi todas era tomada para satisfacción de Andrés, que más que hacer el amor, parecía reproducir con aquel acto una monta entre cualquier pareja de animales.
Ella se dejaba hacer intentando alcanzar pequeñas cotas de placer que dibujasen con cierto entusiasmo su anodina existencia, junto a un compañero que podía pasar días enteros sin pronunciar una palabra y, si lo hacía era por pura necesidad o para impartir las labores propias de la casa, de la huerta o de los animales.
Andrés la tomaba sin pasión. Apenas dedicaba atención a su esbelto cuerpo, solo se centraba en despojarse de la ropa, quitársela a ella y situarse entre sus piernas para, tras unos rítmicos vaivenes de cópula y que siempre eran iguales, derramarse dentro de su vagina. Incapaces nunca de engendrar un hijo, pocas noches cesaron en aquel acto desprovisto siempre de toda pasión.
El paso del tiempo le hizo a Elisa ganar un espacio propio en aquella casa, cuestión que Andrés nunca rebatió. Aquellas cópulas, en las que él alcanzaba un frugal éxtasis, fueron variando por deseo de Elisa. Frustrada por nunca alcanzar el clímax con él, con el paso del tiempo y empujada por la necesidad de encontrar siquiera un desahogo para su ánimo, comenzó a masturbarse previamente a que su esposo la penetrara. En tal situación, ella se abandonaba a sus fantasías y, cuando estaba a punto de culminar en gozo, hacía un gesto a su marido, que aguardaba con su miembro erecto y en ese momento sus cuerpos se fundían, pero no sus mentes, pues cada una se dirigía por derroteros muy distintos para alcanzar el placer.
A tales infortunios se le empezaba a añadir el miedo que algunas actitudes de Andrés le infundían. Como no tenía cosas más entretenidas qué hacer, comenzó a espiarle. A veces le seguía cuando se iba al monte con las cabras. Lo mismo comenzaba a hablar o gritar en solitario, manteniendo supuestos altercados con personajes que solo él vería o se imaginaba, que la tomaba con cualquier animal, propio o salvaje, y lo maltrataba con sadismo hasta matarlo. Cuando regresaba el hombre a casa, ella buscaba en sus miradas rasgos que revelasen que aquel tipo que llegaba exhausto era el mismo que había visto antes.
Tiempo después, Andrés comenzó a alternar su labor de pastoreo con trabajos temporales de mantenimiento en la línea ferroviaria del Hullero, el tren que llevaba el carbón de las cuencas mineras del norte de León y Palencia a los Altos Hornos de Vizcaya. Las semanas que Andrés se ausentaba para ir a trabajar a las vías, Elisa se sentía casi feliz, esperanzada en que quizá, con suerte, una locomotora lo atropellaría o se enzarzase en una pelea a cuenta de alguna disputa de naipes y alguien parecido a él le diese un navajazo en el corazón. Pero siempre regresaba y, sin ella darse cuenta, terminó convertida en una mujer sin esperanzas, contagiada por el carácter hosco y taciturno de Andrés.
Cuando llegó la muerte de su cuñada, aquella fue desgracia que pasó sin pena ni gloria por su casa, pero cuando fue Juan quien falleció en la mina, sí que hubo un cambio notable en sus vidas.
Su sobrino Juanón, sin más familia que ellos, quedó a vivir bajo su techo. Un asunto que a la pareja no le entusiasmaba, pero con el que consintieron porque era lo que todos en el pueblo habrían esperado que hiciesen. La casa de Juan, la casina, por hallarse en mitad del extenso huerto que ambos hermanos heredasen de sus padres, fue transformándose en cuadra, pues Juanón estaba instalado con sus tíos y, visto que ellos no tenían descendencia, todo aquello quedaría para el sobrino cuando les llegase la muerte.
Juanón aguantó hasta los quince años bajo la tutela de sus tíos. Con esa edad, Andrés lo subió un día a Dolor para que comenzase a trabajar en el pozo minero. El muchacho, visto que su tío amenazaba con echarle de casa si no accedía a convertirse en minero, asumió su nueva situación bajo la premisa de que viviría en los barracones de Dolor con otros mineros, que lo poco que le quedó de su padre, como la casina, seguiría siendo suyo, aunque sus tíos hiciesen uso y que todo lo que ganase, sería para él.
A Andrés aquello o le pareció correcto o, simplemente, le dio igual. Conforme con la postura de su sobrino, dio media vuelta y se olvidó de él.
LIBRO DEL VIAJERO
2. Kattalin
Anochece cuando el tren se detiene en el apeadero de Gernika. Aún quedan unos minutos y unas pocas paradas más para que finalice su viaje desde Bilbao en Bermeo y Julen, acomodado en un asiento, mantiene la cabeza apoyada en el cristal. Rememora la conversación con Ángel y el aspecto que ofrecen las casas de Gernika, nada tiene que ver con la destrucción de la que advierte el cuadro de Picasso. Evidentemente, los mismos que la arrasaron no permitieron ni un espacio para el recuerdo en su reconstrucción.
—Borra la historia de un pueblo y borrarás a ese pueblo. Por eso debemos tener memoria.
La frase se la escuchó no hace mucho a su tía Kattalin y piensa que tiene razón. El tren arranca tras desprenderse de algunos pasajeros y su mente sigue en órbita alrededor de la incómoda figura de su padre.
Al llegar a Bermeo ya se ha echado la noche y se acerca hasta el Txoriburu, una antigua taberna junto al puerto que ahora es frecuentada por jóvenes, desde que hace un año Piru la alquilase y trasformase en bar musical.
—Aúpa, Piru, ¿ha estado alguno de mis colegas por aquí?
—Nadie, pero aún es un poco pronto, ¿no?
Julen consulta su reloj, son las diez y media y es, precisamente, sobre la que se suelen juntar los sábados.
—Subo un momento a casa, si los ves…
—Les digo que te esperen, descuida. Ya de paso, dile a Kattalin que ya tengo relevo para esta noche, que baje cuando quiera.
Piru, de un gesto con la cabeza, le hace mirar a Julen al fondo de la barra, donde su hermano, que le sustituye esa noche, está pinchando música. El texto de la canción de Barricada que suena le empuja a no borrar de la mente su más inminente destino:
«Es el juego del gato y el ratón
tus mejores años, clandestinidad.
No es muy difícil claudicar
esto empieza ser un laberinto…».
Entra en casa saludando en voz alta y, antes de dar explicaciones de dónde ha estado todo el día, se encierra en el baño para darse una ducha. Pocos minutos después, suenan varios golpes en la puerta.
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