—¡Por mí!
—Vaya —refunfuñó entre dientes, tampoco le importaba que su hermano se librase el primero, lo importante era por lo menos cazar a uno de los mellizos, y si fuese a Fernando… ¡mejor!
Pasaron los minutos y no había rastro de los otros hermanos. Ramiro se estaba arrepintiendo de jugar a aquello porque se empezaba a aburrir, y Julio no veía ya mucha diversión en continuar con el juego. Además, ahora sí que era ya hora de emprender el regreso a casa si no querían llegar de noche y ganarse una buena reprimenda.
—En el cementerio —le susurró a Ramiro.
—¡Allí no!, me da miedo.
—Pues allí está Fernando, que he visto como se iba. Además, cada poco asoma la cabeza por encima de la tapia. Camina hasta allí despacio y ya verás como lo ves, no te va a hacer falta entrar.
—Bueno, no sé…
Ramiro siguió las indicaciones de su hermano, pero, además, adoptó la precaución de ir acercándose al cementerio sin dejar de mirar por cualquier recoveco o esquina, para no despertar ninguna sospecha en Fernando si es que lo viese acercarse directamente allí.
Cuando tan solo estaba a unos cinco metros de las tapias del camposanto, tal y como predijo su hermano, vio asomarse una cabeza muy despacio sobre uno de los muros.
A pesar de que sabía quién estaba allí, ver aquella imagen de una cabeza sobresaliendo por encima de las piedras de los muros le sobrecogió y los nervios no le permitieron esperar a que se vislumbrase la faz de su amigo en su totalidad.
—¡Por Fernando! —gritó dando la vuelta y corriendo como alma que lleva el diablo hasta la fuente.
—¡Mierda! —lamentó Fernando al ser descubierto aunque, por otro lado, ya le empezaba a incomodar estar rodeado de tumbas. Que una cosa entrar allí para jugar y demostrar valor, y otra muy distinta quedarse allí quieto, observando los túmulos de tierra bajo los cuales imaginaba horrorizado los cuerpos de los muertos, descomponiéndose en cajas que… ¡mejor no pensarlo!
Un rato después, se reunían los tres alrededor de la fuente.
—Venga, vete con Ramiro a buscar a tu hermano. Que salga de una maldita vez, que ya es hora de volver a casa.
Los dos obedecieron las indicaciones de Julio. Este les oía como desde lejos voceaban llamando a Gabrielín.
—Venga, sal ya, ¡que has ganado!
Insistían pero no había respuesta. Julio optó por sumarse a la búsqueda pero ni así. Las voces alertaron a algunos vecinos y a otros de los niños del pueblo, que se mantenían jugando en otros grupos, pero nadie lo había visto. El sol hacía rato que se había puesto y los tres amigos sintieron un escalofrío, una certeza que no se confesaron de que aquella tarde de juegos traería duras consecuencias.
—Pues tenemos que volver a casa, y deprisa. Si se nos echa la noche por el camino, no veremos ni torta, además, hoy no hay luna —advirtió Julio.
—¿Y mi hermano? No podemos volver sin él.
Julio pareció dudar.
—Seguro que ha subido ya,
—Pero ¿cómo se va a ir solo?
Ramiro no decía nada.
—¿No teníais que limpiar el corral? Habrá visto que se hacía tarde y por eso se habrá ido, además, acuérdate de que antes de empezar a jugar al escondite ya dijo que quería subir.
—No sé… subid vosotros y yo lo espero aquí por si acaso.
—Si te quedas, tu padre se va a cabrear y bajará a buscarte. Como será de noche no lo hará solo, mandará a alguien más con él y tendrán que bajar con faroles. Tú verás, pero la vas a liar buena.
Julio emprendió el camino de regreso seguido de su hermano. Fernando aún dio una vuelta más por entre las casas profiriendo a voces el nombre de su hermano y veladas amenazas contra él por el mal rato que le estaba haciendo pasar. Cuando ya empezaban a desaparecer las siluetas de sus amigos por la estrecha vereda que ascendía hacia Dolor, les gritó que le esperaran.
Gabriel, el capataz de la mina, estaba a la puerta del corral, de brazos cruzados esperando la llegada de sus hijos. En cuanto los viese aparecer, les propinaría una buena paliza con la correa de su pantalón. Bien se la habían ganado, sin duda, por quedarse jugando con los hijos de Juanón, que acababa de preguntarle si había visto a sus hijos.
—¿Que si los he visto? Pues mira por dónde, por ahí llegan ahora.
Se oían las voces de los chiquillos llamando a Gabrielín. La noche ya era cerrada y los chicos llegaban fatigados y asustados, habían subido corriendo.
Ante sus padres, les explicaron lo sucedido. Al corroborar que su hermano no había regresado, Fernando palideció de inmediato.
—¿Cómo has podido volver sin tu hermano? —le reprochó su padre.
—Yo…
Julio se vio obligado a intervenir.
—Pensamos que ya habría subido. Dijo que tenía que limpiar el gallinero, aunque decidimos todos seguir jugando un poco más. Al buscar y no encontrarlo, le dije a Fernando que no se quedase abajo, que seguro que ya habría subido.
Gabriel no sabía qué decir. Por un lado, la inquietud le instaba a reprocharle a su hijo regresar a Dolor sin su hermano, por otro, entendía que habían obrado con lógica.
Juanón, ante la indecisión del capataz, terció en la disputa.
—Vamos a por unos faroles y bajamos a Villanueva a buscar al chico. Seguro que ha llevado el juego al extremo y estará asustado. ¡Cómo va a subir siendo de noche!
Gabriel asintió conforme. Juanón tenía razón, sin duda, eso era lo que habría sucedido. Aun así, alertó a todas las casas de Dolor para que se asegurasen de que Gabrielín no estaba en ninguna de ellas, en ningún rincón escondido temeroso de recibir una buena reprimenda. Después, Gabriel cogió la escopeta, un par de faroles y emprendió el descenso a Villanueva tras Juanón. Este conocía bastante mejor las características del sendero y le iba advirtiendo a su capataz de las irregularidades del terreno para evitar una caída traicionera.
Cuando llegaron a Villanueva, recorrieron las calles del pequeño pueblo profiriendo el nombre del chico a voces. El tumulto desató la ira de los perros, que tras los postigos la emprendieron a ladridos contra aquellos desconocidos que perturbaban la calma de la noche.
Visto que sus voces no obtenían respuesta, Gabriel optó por una decisión más contundente. Cargó los dos cañones de la escopeta con sendos cartuchos y en mitad de la plaza disparó al aire un tiro y tras una breve pausa otro más. Si los roncos ladridos de los mastines no habían ya despertado a todo el pueblo, él sí que lo acababa de hacer.
Poco a poco, se fueron asomando algunos vecinos a las ventanas primero, a las puertas de sus casas después para ir, finalmente, acercándose tímidamente a la plaza. Las voces de Juanón y el capataz ya les advertían de quiénes eran y cuál era el motivo de su presencia allí, pero nadie supo dar razón del muchacho. Incluso los taciturnos Andrés e Isabel, que apenas se relacionaban con el resto del pueblo, se unieron a las partidas de búsqueda.
Nadie halló rastro alguno del desaparecido. Cuando el nuevo día rayaba sobre las agrestes cumbres de la cordillera, la mayoría de vecinos ya sospechaban de que solo una desgracia podría ser el motivo de aquella desaparición.
Con un par de caballos prestados, Gabriel y Juanón emprendieron el camino hacia el cuartelillo de la Guardia Civil en La Vecilla. Cruzando por las hoces, el sinuoso, estrecho y profundo desfiladero que corta de un tajo las blancas y grises moles calizas que atraviesa, el rumor del Curueño, embravecido por el aporte del deshielo, reverberando por entre las paredes de la garganta resultaba ensordecedor. Tras emitirse desde el cuartelillo aviso a varios puestos de la provincia de la desaparición del niño, una pareja de guardias les acompañaron de regreso a Villanueva de la Cueva. Los uniformados organizaron patrullas de búsqueda con los vecinos de Villanueva y Dolor por los alrededores, pero dos días después dieron por concluida la búsqueda sin pista alguna que hiciese vislumbrar algún motivo lógico sobre la desaparición de Gabrielín.
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