Diferente es el caso de Detroit, donde los discursos semióticos de la ciudad moderna se deterioraron con la urbe. Ya en ruinas, fue apropiada por otro tipo de ciudadano, más consciente del valor de lo social y de lo ecológico. Ahora, la ciudad resurge con lentitud de su ruina física y simbólica, a medida que diseña otra imagen de sí, gracias a las formas de vida de sus nuevos habitantes.
Estos dos lugares mencionados, donde el espacio representa la realidad, están construidos por otras personas, pero fueron apropiados por sus habitantes para ser reconstruidos y resignificados. Allí, lo simbólico no es ficción, sino la verdadera realización de la comunidad. Desde esta perspectiva, la intimidad de cualquier rincón cotidiano guarda la semilla de una heterotopía y la transformación físico-simbólica es el resultado de dinámicas sociales cotidianas. Los microdiscursos semióticos emergentes se enfrentan con los macrodiscursos impuestos, heredados o preestablecidos. Otros casos como Castro, Checa o Chapinero transformaron, de forma orgánica, su dimensión simbólica y forjaron identidades sociales urbanas, que ahora participan en la estructuración social, política y económica de sus habitantes.
Pretender que la dimensión semiótica de lo urbano se condense en una fórmula simple, práctica y fácil para ser consumida, a partir de la cual se califique lo urbano, alimenta los macrodiscursos urbanos modernos y descuida, de manera sistemática, los microdiscursos que emergen con naturalidad desde las costumbres, las cosmogonías y las vidas cotidianas de los habitantes urbanos.
La ciudad contemporánea, erigida por la evolución histórica y orgánica de sus realidades sociales y físicas, exige una reflexión que se centre en las evidencias, en los fenómenos que produce, de los cuales deberá entenderse su naturaleza implícita. La formación del sentido urbano es inherente a sus procesos simbólicos. Lo importante es que el habitante participe en esa construcción emergente, a partir de sus necesidades y sus deseos. Esta práctica legitima los microdiscursos y revisa los macrodiscursos urbanos que, aunque se reconocen como educadores y socializadores, desconocen la naturaleza orgánica real de lo urbano en lo cotidiano.
En función de este marco explicativo, la investigación de este libro se desarrolla en tres capítulos: el primero, con tres apartados, determina los fundamentos conceptuales a partir de los cuales surge la relación con el espacio urbano como fenómeno comunicacional; de tal manera que sea el contenedor y el emisor de todo tipo de información. El segundo capítulo, compuesto en cinco apartados, presenta el enfrentamiento entre imaginario estético e imaginario social urbano, con la finalidad de exaltar lo simbólico en los procesos de fortalecimiento del sentido de lo urbano. A través de este enfrentamiento, se hace un recorrido por la historia de las reflexiones sobre este tema, desde la empatía estética hasta la geografía simbólica, para definir la dimensión semiótica de lo urbano, mediante conceptos como el lenguaje urbano, la sintaxis y el texto urbano. La tercera parte se despliega en tres apartados que sitúan la investigación de campo en Chapinero Central, Bogotá, donde se consolidan las geografías toposemiótica, estético-semiótica y sociosemiótica, con las cuales se establece la cualidad geográfica del comportamiento semiótico del espacio urbano. La investigación concluye con la definición de geosemiótica o el sistema geográfico de los signos urbanos. De esta manera, se supera lo estético por lo semiótico, como mirada que reconoce la dimensión social de la persona común en el paisaje urbano, quien construye, por medio de su empatía espacial, el sentido de lo urbano.
1“Así, la estructura del espacio se manifiesta en los contextos más diversos, bajo la forma de oposiciones espaciales donde el espacio habitado (o apropiado) funciona como una especie de simbolización espontánea del espacio social” (Bourdieu, 2002, p. 28).
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