El desafío de rehabilitar el turismo en el Cusco tendrá que enfrentar otras controversias en el futuro próximo –de las cuales, la más polémica es el proyecto del aeropuerto internacional en Chinchero–. Entiendo por qué muchos cusqueños respaldan un proyecto que puede brindar beneficios inmediatos. Sin embargo, se debe pensar en el daño que puede causar a largo plazo en el ambiente, la cultura y el turismo de la región. Como concluyo en mi libro, no tiene sentido correr este riesgo.
Pero el turismo en el Cusco nunca se ha tratado solo de la economía. En verdad, una de las conclusiones más sorprendentes de mis investigaciones es que, durante la mayor parte del siglo XX, el turismo tuvo más influencia como fuerza cultural en la formación de identidad regional y nacional en el Perú. Felizmente, otros historiadores han reconocido la importancia de esta actividad y también están investigando su rol histórico en el Perú3.
Me complace poder llevar a cabo esta edición nueva de mi libro en el año del Bicentenario del Perú. Muchas historias sobre el Perú republicano se centran en la falta de capacidad de forjar una identidad nacional. Obviamente, no quiero negar la importancia de investigar los fallos históricos en la creación del Estado nación en el Perú. Sin embargo, enfocarse solo en lo inacabado o fallido en la historia del nacionalismo peruano no puede explicar cómo Machu Picchu llegó a ser uno de los símbolos nacionales más notables y famosos en el mundo. Al igual que Machu Picchu, otros símbolos nacionales del Perú –la gastronomía, por ejemplo– han alcanzado conocimiento global y representan en forma poderosa (y problemática) a la nación peruana. Espero entonces que este libro pueda contribuir a una narrativa nueva que deje de enfocar solo el fracaso del nacionalismo en el Perú, sino, después de dos siglos, también los peligros de su éxito.
Mark Rice
31 de marzo de 2021
1Por ejemplo, ver: De Bellaigue (2020).
2Por ejemplo, ver: García (2018, pp. 275-285).
3Por ejemplo, ver: Armas Asín (2019).
Introducción
En 1913, Hiram Bingham, el explorador renombrado por haber descubierto la célebre «ciudad perdida» de los Andes hacía menos de dos años, confesó, en un evento de gala de la National Geographic Society, que Machu Picchu «es un nombre espantoso, pero digno de recordarse»4. Millones de viajeros parecen haber seguido su consejo por más de un siglo. Cuando Bingham llegó a Machu Picchu por vez primera en 1911, este no era sino un conjunto de oscuras ruinas. Hoy es el eje de una floreciente economía del turismo que tiene su centro en la región del Cusco en el Perú. Un millón y medio de turistas visitó Machu Picchu tan solo en 2017. Es el atractivo central de una industria turística que cada año contribuye con 7,6 mil millones de dólares a la economía peruana y comprende 3,9% del PBI (Ministerio de Cultura, Dirección Desconcentrada de Cultura, 20175; World Travel and Tourism Council, 2017). A medida que Machu Picchu fue convirtiéndose en un destino de viaje, su prominencia cultural fue también transformándose. Considerado alguna vez una ciudad perdida, actualmente se le conoce a escala global. Acicateado por el turismo, Machu Picchu ha pasado a ser el tema central de numerosas outlets, que van desde serias investigaciones académicas hasta comerciales de televisión de teléfonos celulares. Su creciente importancia turística ha hecho que adquiera su papel contemporáneo más importante: es un poderoso símbolo del Perú, que conecta directamente su identidad nacional con un pasado andino e incaico. Este libro cuenta la historia de cómo Machu Picchu llegó a ocupar un lugar tan prominente en la identidad nacional peruana y el papel que el turismo tuvo en su transformación.
Resulta tentador pensar que el ascenso de Machu Picchu como uno de los destinos turísticos más célebres del mundo era algo que estaba predestinado desde el momento mismo en que Bingham llegó allí en 1911. La industria del turismo, que se especializa en presentar a ciertos lugares como sagrados y fantásticos, ciertamente ayudó a crear su imagen mítica de ciudad perdida, que el tiempo no había tocado. Pero, tal como nos lo recuerda la historiadora Donna Brown, «el turismo no es un destino impuesto a una comunidad o región» (1997, p. 205). Hasta el desarrollo de los lugares más sui géneris –incluido Machu Picchu– depende de la toma de decisiones pragmáticas para construir un consenso político, construir infraestructura y crear un significado cultural que resulte atractivo para los viajeros. Al analizar el desarrollo turístico del oeste de los Estados Unidos, Hal Rothman observó que incluso el Gran Cañón «no habría sido otra cosa que una remota rareza geológica» si no hubieran intervenido constructores, la población local y el Estado, que lo transformaron en un sitio turístico (1996, p. 526). Aunque el turismo promete a los viajeros un escape de la banalidad del trabajo, la política y las decisiones financieras, su éxito o fracaso, están determinados por estas mismas actividades. Al revelar la narrativa de cómo la población local y sus aliados globales construyeron el Machu Picchu moderno, el presente libro resalta el papel sustantivo que el turismo tuvo en el siglo XX en la creación de los símbolos nacionales del Perú.
Si bien es cierto que su ascenso refleja la narrativa de otros lugares famosos, Machu Picchu resulta, en varios sentidos, un estudio de caso singular cuando se le compara con otras atracciones culturales globales. En primer lugar, su paso de una oscuridad casi total a un renombre global es notable. A diferencia de la mayoría de los lugares históricos visitados por turistas, Machu Picchu se encuentra definido no por su prominencia en la historia peruana durante tres siglos, sino más bien por su ausencia relativa. Puede, en efecto, decirse que es más célebre por haber estado «olvidado» que por ser conocido. Incluso después de 1911, luego de que la mayoría de los peruanos tuvo noticia de su existencia, eran pocos los que sentían un vínculo directo con el pasado incaico que Machu Picchu simbolizaba. En segundo lugar, el solitario predominio de Machu Picchu como representación del Perú es también singular. Es cierto que está muy lejos de ser el único lugar histórico del Perú, y que los turistas internacionales también visitan otras zonas, pero ninguna de ellas tiene igual prominencia. Su estatus en el Perú sería comparable al de un universo alterno en donde toda la atención y los viajes internacionales relacionados con Gran Bretaña se concentraran únicamente en Stonehenge y consideraran a otros lugares en Londres o Escocia como algo adicional. Dicho estatus resulta aun más sorprendente cuando consideramos que, al iniciarse el siglo XX, la mayor parte de la élite peruana esperaba desechar los signos del pasado indígena nacional por considerarlos incompatibles con su visión de un país modernizador.
¿Cómo, entonces, fue que Machu Picchu pasó de ser un lugar tan oscuro que pocos –si alguno– recordaban su nombre original a ser una representación tan poderosa del Perú? Es más, ¿cómo fue que el Estado central decidió adoptar un símbolo que representaba al Perú como una nación indígena andina? La respuesta yace en la comprensión de la importancia histórica que el turismo tuvo para el ascenso de Machu Picchu. Los estudios recientes de este lugar se han concentrado fundamentalmente en los factores arqueológicos y culturales que le ayudaron a alcanzar renombre global (Burger & Salazar, 2004; Cox Hall, 2017; Shullenberger, 2008; Tamayo Herrera, 2011). Dichos trabajos en general asumen que el turismo surgió gracias a la creciente fama de Machu Picchu. Sin embargo, este libro sostiene que el desarrollo del turismo no se debió al ascenso y prominencia de Machu Picchu, sino que esta actividad tuvo un papel central en su reinvención moderna desde el principio mismo.
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