Mercedes Valdivieso - Los ojos de bambú

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Los ojos de bambú: краткое содержание, описание и аннотация

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Es una novela inspirada por las experiencias de Mercedes Valdivieso en una estadía en China en 1960. Época en la cual la revolución liderada por Mao Tse-Tung constituía un hecho admirable para los sectores de izquierda, tanto en Europa como en América Latina. Uno de los proyectos posrevolucionarios fue invitar a intelectuales y artistas de todo el mundo a Pekín con el objetivo de que permanecieran allí varios meses y, a su regreso, difundieran en sus respectivos países los positivos cambios logrados por la revolución para, de este modo, obtener una visibilidad internacional. Clara, en un gesto libertario, rehúsa participar en los paseos turísticos organizados por los funcionarios del Gobierno chino para sus visitantes extranjeros y prefiere viajar sola en el transporte público y conocer la China milenaria y popular.

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Clara tenía la taza cerca de sus labios y por sobre ella lo miraba. “No fue una discusión como antes; fue distinto, como entre desconocidos, sin referencias ni pasados”.

Por la ventana abierta veía apagarse una a una las luces del edificio de enfrente. La noche estaba agradable, la temperatura se mantenía sin variaciones desde la tarde y ellos podía llevar todavía simple ropa de lana. Clara permanecía sumida en la contemplación del cielo, atenta a los relámpagos que se encendían a lo lejos, cada breves intervalos.

—Me marcho, creo que es mejor dejarte sola. Ya conversaremos otro día, cuando pises tierra firme.

—¡Germán!

Con la mano en la cerradura, este se detuvo un momento. Clara llegó a su lado y lo miró llena de angustia.

—Germán, lo siento, pero… ¿Tú crees que pisamos tierra firme?

Abrió la puerta de un golpe y salió al pasillo. La alfombra verde tendida sobre la baldosa aparecía en la esquina a sus espaldas y desaparecía en la otra esquina frente a ellos. Cinco, seis, siete puertas cerradas rompían la monotonía blanca de las paredes. Acomodado en una banqueta dormitaba un empleado que al oírlos se puso de pie algo sorprendido. Miró, sonrió, hizo una inclinación de cabeza y volvió a sentarse.

—Contempla estos pasillos, Germán. Por aquí entré a mi llegada, y recuerdo que cuando quise después bajar al jardín, me perdí en ellos. Como tú, como todos en un principio. Había un reloj a la vuelta, por ese reloj pensé guiarme, pero había otro reloj igual en el extremo opuesto y siempre los confundía. Me paraba frente a mi puerta y su número era distinto. ¿Dónde estaba el mío? Corría de nuevo sobre la alfombra hasta que un empleado me tocaba en el hombro pronunciando apenas: “other side”. Aún ahora salgo con miedo, temores inexplicables, temor de no llegar nunca a esa esquina, de que la alfombra no termine y se alargue, de volverme a perder en estos pasillos.

—Clara…

Pero ella continúo en voz baja, agarrándose a sus ojos:

—Hace unos días soñé que entraba al hotel y lo encontraba totalmente vacío, las puertas y ventanas de todos los departamentos golpeándose al viento y las piezas desnudas. Me desperté transpirando. Esa noche alguien vino a casa y me contó la misma pesadilla.

Germán sacudió la cabeza para desprenderse de su mirada.

—Basta. Debes ir mañana mismo al médico para hablarle de tus nervios. Todo lo que me dices me parece de una terrible ingratitud con esta gente. Podría hacerte mil reproches sobre tu pequeña individualidad que defiendes en forma tan desesperada; aquí no tiene cabida, debe fundirse en la auténtica grandeza de este mundo. No pierdas el sentido de las cosas.

Se inclinaba sobre ella y su rostro aparecía desnudo como si de él hubiera tirado una máscara. Clara pensó que volvía a verlo después de mucho tiempo, en la continuación de una escena olvidada años atrás, inconclusa. No se oía un ruido, un paso, una voz. Todo adquiría a esa hora un aspecto algo irreal. Observaba a Germán con una mano en la boca y un poco de miedo. ¿Qué podía decir? Ignoraba la pregunta y desconocía al amigo. Pero se recuperó pronto y entró en sí misma pálida y temblorosa, emergiendo a la realidad como a una superficie.

—Tienes razón, mañana iré al médico; tal vez ambos debiéramos ir al médico y pedir un tranquilizante que nos ayude a poner las emociones en su lugar.

También Germán recuperaba su rostro habitual. Quiso murmurar algo, pero se detuvo. Sin una palabra echó a andar mientras ella se quedaba frente a la puerta. Cuando lo vio llegar a la esquina, Clara entró en su departamento.

La luz en la mesa de dibujo marcaba un círculo blanco sobre el papel y, en un extremo, las dos tazas de café ponían una redonda nota negra. Miró con alivio el piso desnudo que hizo despojar de alfombras al día siguiente de su llegada. Un par de sillones de mimbre reemplazaban los pesados y uniformes sillones del hotel. Al mirarlos recordó las caras estupefactas de los empleados cuando ella ordenó retirar la mayor parte de los muebles sin importarle nada el vacío que dejaban en las tres habitaciones: dormitorio, taller y sala. Trataron de hacerla entrar en razón a través del intérprete, tan estupefacto como ellos:

—Son muy cómodos, completamente occidentales, diseñados para amigos extranjeros. No puede quedarse solo con algunas mesas y la cama.

Pero ella se quedó solo con algunas mesas y la cama. No fue capaz de soportar la uniformidad metida en su casa, como no fue capaz de soportar más de una semana el inmenso comedor de luces blancas pendientes del techo sobre las curiosas e insistentes miradas de los comensales. Trataba de esfumarse de alguna manera o de llegar a cenar lo más tarde posible, pero aquello fue superior a su voluntad y tuvo que renunciar al restaurante.

Días desconcertantes esos primeros días de su llegada, llenos de cortesía y generosidad por parte de la institución que la invitara, pero llenos también de una indefinible angustia que parecía brotar de los pasillos interminables, de la curiosidad ajena, del cemento gris, helado y repetido en los numerosos bloques cuyo conjunto componía el Hotel Internacional, construidos tras una inmensa área cerrada, lejana de la ciudad, abierta solo en dos extremos, y en cada uno, garitas con ojos y manos vigilantes sobre el permiso que autorizaba a los residentes la entrada o salida del hotel, pequeño pasaporte que le fuera entregado horas después de su llegada.

Germán no estaba en el aeropuerto de Pekín ese día de su llegada. Viajaba por China presidiendo una delegación sudamericana y debió esperarlo, esperarlo con la ansiedad de varios meses en que sus relaciones dependieron de cartas aéreas recibidas, en general, antes de las preguntas o con las respuestas atrasadas, sin posibilidades de diálogo. Las cartas de Germán hablaban un lenguaje nuevo, desconocido, excitante, redescubriendo el mundo. Javier siempre ocupado en su cátedra universitaria y los diversos trabajos derivados de aquella, encomendó más tarde a su mujer la tarea de contestarle, y Clara comenzó a hacerlo a medias, un poco aturdida ante ese derroche de energías. Las respuestas que llegaron principiaron, entonces, a girar en torno a una idea repetida en cada párrafo, sugerida primero y expresada luego entera: la posibilidad de contratar a Javier para un curso de Cultura Latinoamericana en la Universidad de Pekín y de una invitación a ella. La invitación y el contrato llegaron muy pronto, pero Javier debía esperar el término del año universitario en su patria —solo unos meses restaban—; entretanto Clara podría salir primero.

—Te hará bien…

Miró las tazas en la mesa de dibujo y pensó que aún permanecían en el baño el plato y el vaso de leche ya vacíos, usados para las comidas que le enviaban del restaurante.

Presionó el cordón de la luz sobre el lavabo y en el centro del espejo apareció su rostro. Al mirarlo recordó que el contacto con su imagen durante el último tiempo se limitaba solo a la buena distribución de los lápices y del lápiz labial. Deslizó el índice por la superficie lisa y fría, lentamente. “El mismo rostro de siempre, el que suele aparecer en los periódicos, el que saludan los amigos y que Javier ama. El mismo de siempre. ¿El mismo…?”.

En la superficie lisa y fría no tocaba las fisuras de su piel. “Serás siempre hermosa porque tu belleza no está sujeta a los años”. Germán asomaba en sus recuerdos.

Retiró la mano del espejo y apagó la luz sobre el lavabo. Olvidaba el vaso y el plato. Pasó enseguida al taller y estuvo largo rato inmóvil en medio del cuarto. Aquel encender y apagar su imagen en el cristal la había deprimido.

“No hay problemas que se solucionen con un viaje. Alguien decía que uno llega a otro sitio, abre la maleta y encuentra de nuevo su propia alma. Nadie lo sabe más que yo y, sin embargo, partí como antes. ¿Cuántos años hace del primero? Mi viaje de bodas y todos mis viajes después de viuda. Viajes de placer según las compañías de turismo y mis amigas, armada de cheques viajeros que me entregaba papá con esa generosidad que terminó al casarme otra vez. En este silencio parece absurdo que todo eso haya existido. Estoy sola. ¿Qué hago aquí…? ¿Quién es Germán…?”.

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