El hechizo que produce China es parecido a un enamoramiento. Imposible permanecer extraño ante esos niños hermosos y dulces cuyo porvenir está hoy asegurado; imposible no entusiasmarse ante el inmenso progreso obtenido en catorce años; imposible olvidar los rostros abiertos y fraternales de los intérpretes que durante una comida íntima —aquella noche de Año Nuevo chino— dejaron de lado su mesurada condición de funcionarios para beber con nosotros el largo brindis de la amistad; imposible fue para mí evitar las lágrimas cuando abracé a Jo y Tsung junto a las escalinatas del jet que nos arrancaría del Asia. Y ya en el avión, mientras los amigos se convertían en pequeñas manchas azules sobre el hielo, me prometí con firmeza regresar algún día.
Han pasado cuatro años y hoy formulo cuatro palabras sobre esta mi última novela, cuya trama ocurre en Pekín y la cual comencé a escribir en 1963, en Chile, después de diez meses de trabajo en China, porque había regresado con mi marido a ese país, tal como lo deseáramos, un día 30 de enero de 1960.
No es fácil hacer una crítica desde la admiración y el respeto, pero es preciso hacer, más aún hoy que se han puesto al descubierto las gravísimas consecuencia que produce la ausencia de toda crítica.
Hubo alguien que observó con una sonrisa: “¿Tratar de hacer objeciones? ¿Para qué…? Nada lograrás y dentro de unos quince años esta etapa en China habrá pasado”.
Nadie duda que dentro de ese tiempo esto habrá pasado, pero quince años corresponden a los mejores, a la formación de una generación. Aceptar como inevitable la necesidad de meter en puño de hierro a esa generación, aceptar como inevitable postergar la realización interior del ser humano en nombre de imperativos materiales, es en cierta medida hacerse cómplice de ello; más aún cuando esta necesidad es proclamada desde un país: principio general para todos los pueblos; más aún cuando ya otros países del mismo sistema han comprendido que no es ni práctico ni positivo caer en eso.
No hay equivalentes que compensen al hombre la limitación de sus posibilidades, porque nadie vivirá por él su propia vida, y esto no está sujeto a color de piel, sistemas o costumbres; bajo el ropaje de los hábitos el hombre es en esencia el mismo en cualquier país del mundo, y nunca más generoso que cuando se ha realizado interiormente.
Es un hecho que millones de seres ven la superación del sistema capitalista como un gran paso hacia la liberación del hombre y los acontecimientos que aquí se exponen constituyen problemas en el desarrollo histórico de este gran ideal humano.
M. V.
“Yo tenía, yo tenía ese gusto de vivir entre los hombres, y he aquí que la tierra exhala su alma de extranjera…”.
Lluvias. Nieves. Exilio.
Saint-John Perse
“Preciso es que nos sometamos a la carga de estas amargas épocas; decir lo que sentimos, no lo que debiéramos decir”.
El Rey Lear
Shakespeare
El golpe en la puerta se repitió igual. Ya no era posible guardar silencio y esperar que se marchara; aquel golpe interrumpía su trabajo y su quietud. No dejó el lápiz ni levantó la cabeza al decir con fastidiada resignación: “Adelante”; lo hizo cuando los pasos del hombre llegaron hasta la mesa y vio su mano apearse en ella. Se echó atrás en la silla y miró su rostro con fijeza. Otra vez le parecía extraño, distinto. Las últimas semanas le sucedía esto a menudo, y era desagradable, tan desagradable que deseaba evitar esos encuentros, postergarlos, cerrar la puerta. Pero resultaba difícil. La habitual taza de café al término del día, conversada sobre la fatiga y las emociones, fue al principio un descanso que ella esperaba con ansiedad; su risa alegre de hombre sano, sus bromas y el amor sin condiciones hacia el pueblo que los acogía, eran tan reconfortantes como el aroma fuerte del café.
—¿Por qué no contestabas?
Dejó el lápiz sobre la mesa y se puso de pie. No trató de sonreír ni de formular una excusa. No la tenía. Su mesa de dibujo estaba situada en el taller a pocos pasos de la puerta que a esa hora solo él golpeaba. Se encogió de hombros y fue hasta el rincón del cuarto a dar corriente eléctrica al pequeño hornillo que sostenía la cafetera.
—Hay noches en que me siento muy cansada.
Se sentía muy cansada, incluso la pintura la abrumaba y le parecía como si todo lo realizado en el último tiempo careciera de valor. Ese tiempo tan esperado se le escapaba en días inútiles y los apuntes que tomara con tanto entusiasmo permanecían abandonados dentro de una carpeta. Desde la discusión que motivaron no había vuelto a mirarlos.
Interrumpió su pensamiento para observar al hombre y pensó que deseaba verlo reír como antes, sorprender de nuevo sus dientes blancos y afilados que daban al rostro moreno, vital, cierto aspecto de animal carnívoro. Pero su semblante era una mancha oscura y cerrada en donde se abrían los ojos urgentes, desconocidos. Recordaba aquel primer encuentro en el hotel, sin palabras durante largo rato. Había tomado su cabeza con expresión incrédula y maravillada, y ella experimentó alivio entre la firmeza de sus manos.
—Parece agobiada por alguna preocupación que no puedo explicarme. Javier llegará dentro de pocas semanas, ¿verdad?
No contestó. Cerca de su brazo, junto al rincón donde se encontraba el hornillo, pendía el cordón de las persianas. Tiró de él y manipuló un rato hasta dejarlo asido al gancho que las sostenía. La copa de un árbol rozaba la ventana.
—Creo que te aíslas demasiado, exageras. Hoy me contaron que alguien te vio huyendo por los pasillos; eso no puedes hacerlo, porque muchas personas esperaban tu llegada, querían estar contigo, oírte, ver tus trabajos. En cambio, tú huyes por los pasillos.
“Los pasillos del hotel construidos para que todos se crucen y nadie se detenga. No olvidaré jamás la primera vez que pisé la alfombra verde, inacabable, tirada como una soga desde el primero al último piso”.
Le pareció de pronto que él hablaba y se sintió inquieta al reparar en su distracción. Volvía a evadirse, porque se evadía en medio de cualquier conversación o circunstancia ese último tiempo, y cuando intervenía en ellas Wang Te-en, era el intérprete quien debía traerla de nuevo al presente, atento y sorprendido. Miró a su amigo para oírlo mejor, pero este no pasó por alto el gesto.
—Es bastante difícil entenderte. ¿Qué te sucede? Vives como en otro mundo.
La misma urgencia apretaba cada una de sus palabras. El agua hervía y Clara no reparaba en ello.
—¡Dios! ¿No vivimos en otro mundo, acaso? Y esta soledad que me reprochas, ¿quién puede disfrutarla o rechazarla a gusto?
—En el restaurant todos suelen quejarse de ti. ¿Por qué no bajas a comer alguna vez?
—No podría. Solo la idea de encontrarlos reunidos, mirándose las caras de mesa a mesa, me espanta, me enferma. Tengo la sensación, entonces, de estar flotando en sus compañías como dentro de una pecera para diversión o provecho de alguien.
El pito de la cafetera los interrumpía. Se inclinó para tomarla y comenzó a llenar las pequeñas tazas de jade que él le llevó una tarde, poco después de su llegada. Tres tazas sin platillos, a la usanza del país.
—Pero… ¿Qué te sucede…? Hablas en un tono de reproche que no tiene explicación. Si no estás contenta aquí, no lo estarás nunca en ninguna parte. Tiempo y tranquilidad para pintar, buen taller, materiales de primera calidad y la vivencia de una revolución maravillosa. Realmente, no sé qué pensar de ti. ¿O se trata de aquella discusión acerca de tus dibujos? Me atreví a criticarte porque siempre lo hice, porque me preocupas; entre nosotros es lógico proceder así. Estoy seguro de que terminarás por encontrarme razón.
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