Max Aub - Campo de los almendros

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El Laberinto Mágico de Max Aub nace y se desarrolla, como habrá tenido la ocasión de comprobar el lector de los anteriores Campos, bajo el doble signo de la fragmentación y de la totalidad, de lo que siendo parte en apariencia autónoma está destinado a conjuntarse en un todo unitario. El Laberinto Mágico, inmerso en un continuo proceso de investigación de la realidad, va presentando sus resultados a través del tamiz de la transposición literaria. Y lo hace de manera escalonada, sin descanso, con la fijación de quien necesita, palabra tras palabra, novela tras novela, Campo tras Campo, alcanzar a todo trance una meta omnicomprensiva.

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Pero no acaba esto aquí. Porque la versión corregida y definitiva, que en un primer momento iba a ser la versión canónica, dejó de serlo al tener Max Aub la afortunada ocurrencia de añadirle una «Addenda», que había sido previamente publicada, en Cuadernos Americanos , con el título «La Virgen de los Desamparados» (1966).

Esta «Addenda» complementa el anterior final. Pues si ese final cerraba la macroestructura de los Campos , un monumento literario-arquitectónico en memoria de los vencidos, la «Addenda» es la inscripción que, como un rezo, figura grabada en los mausoleos.

Los desamparados son los derrotados. Lo son doblemente: por haber sido desterrados para siempre a la memoria de sus heridas y por haber sido borrados de la Historia.

El narrador necesitaba, por tanto, sacar a la luz pública lo que uno de sus personajes de este Campo le dice en el puerto de Alicante a su hijo:

–Estos que ves ahora deshechos, maltrechos, furiosos, aplanados, sin afeitar, sin lavar, cochinos, sudados, cansados, mordiéndose, hechos un asco, destrozados, son, sin embargo, no lo olvides, hijo, no lo olvides nunca pase lo que pase, son lo mejor de España, los únicos que, de verdad, se han alzado, sin nada, con sus manos, contra el fascismo, contra los militares, contra los poderosos, por la sola justicia; cada uno a su modo, a su manera, como han podido, sin que les importara su comodidad, su familia, su dinero. Estos que ves, españoles rotos, derrotados, hacinados, heridos, soñolientos, medio muertos, esperanzados todavía en escapar, son, no lo olvides, lo mejor del mundo. No es hermoso. Pero es lo mejor del mundo. No lo olvides nunca, hijo, no lo olvides.

Pero Aub se inclinaba más por el diálogo que por el monólogo. De ahí que introdujera algunos matices, relativizando la rotundidad de esa prédica, en los Campos y en los demás escritos de El laberinto mágico .

Volveré en seguida a esta cuestión.

Antes, he de mencionar que, de vuelta nuevamente al manuscrito de Campo de los almendros , se comprueba que también la primera parte de este Campo tiene un doble comienzo. La primera versión empezaba en la escena segunda: «No he muerto. La guerra ha terminado…». La escena anterior, en la que se relata la tertulia en la Academia de San Carlos, es un añadido posterior. La función de este añadido no es fácil de dilucidar. Pero no parece errado concluir que ese añadido hace menos evidente el machihembrado entre Campo de los almendros y Campo del Moro . La tertulia en la Academia remite sobre todo a otros Campos , pues los personajes que participan en ella no han sido tan directamente protagonistas de Campo del Moro como Vicente y Asunción, que llevan el peso de lo narrado en ese Campo y también en la escena segunda de Campo de los almendros , la que previamente era la primera. Por otra parte, en la primera versión, esa escena segunda iba precedida de la fecha: «18 de marzo de 1939», que quitó Max Aub en la versión definitiva. Esa fecha remitía también muy directamente a Campo del Moro .

Hay más. Los contertulios de Ambrosio Villegas, en esa primera escena, son intelectuales de la clase media, preocupados por el arte y la literatura. No son grandes intelectuales, no son luminarias. Son eso, pequeños intelectuales de la clase media. Como Vicente Dalmases. Como la inmensa mayoría de los personajes del resto de los Campos . Y como el propio Max Aub. Los Campos son sobre todo la narración, en clave novelescohistórico-sociológica, de las aspiraciones de esa clase de modernizar el país. Las continuas diatribas de Max con prietistas, anarquistas y comunistas se explica, al menos en parte, por el reformismo pequeño-burgués de raigambre krausista, un krausismo imbricado en un socialismo mucho más cercano a Negrín que a Besteiro y totalmente alejado –faltaría más– de Indalecio Prieto. Pero a Besteiro, a quien nunca perdonó Max haber protagonizado con casado el golpe del 5 de marzo de 1939, lo llegó a considerar recién proclamada la República una opción que no se supo –o no se pudo– aprovechar. Alto fue el precio que hubo que pagar por ese error de cálculo, imputable en buena parte –que cada palo aguante su vela, pensaba Aub– al Partido Socialista. En «Balance de un mundo perdido», decía Aub:

La Segunda República Española fue una mezcla de buena fe, equívocos y equivocaciones, justificables las últimas por las ilusiones que, de buenas a primeras, envolvieron a los mejores. Las rencillas internas del Partido Socialista impidieron llevar a la Presidencia de la República a Julián Besteiro, el hombre más indicado entonces para dirigirla, episodio que tal vez le llevó [el 5 de marzo de 1939] a rematarla. Alzaron en su lugar a un orador del régimen monárquico, gran propietario andaluz, aficionado de raíz a la cacería, gérmenes que pudieron más que su indisputada honradez.

Desde el primer día, la reacción, derrotada en las urnas, hizo naturalmente los esfuerzos necesarios para recobrar el poder. Fracasado, ya en 1932, el primer intento del general Sanjurjo, en Sevilla – como había de ser por capital de Andalucía, reino de los mayores latifundistas–, la benevolencia liberal de Manuel Azaña le perdonó la vida –cauce de cientos de miles de muertes–, fundado en las ilusiones decimonónicas del 14 de abril (1967 a : 131).

Esas «ilusiones decimonónicas» eran, en suma, las de Aub y de la clase media ilustrada y progresista, que como Antonio Machado tenía en las venas «sus gotas de sangre jacobina». Admiraban al pueblo, estaban con el pueblo, se sentían solidarios con el pueblo, pero el protagonismo es en los Campos suyo. Por eso, el pueblo apenas aparece en los Campos . Bueno, sí aparece, pero como telón de fondo. Los Campos son fundamentalmente protagonizados por Dalmases, Templado, Cuartero, Rivadavia, Ferrís, por los intelectuales de la Alianza, por los jóvenes universitarios de la FUE… Clase media entregada, sin el más mínimo quebranto de ánimo, a la causa popular. Pero, insisto, no pertenecían a esa clase por la que, sin el menor género de duda, sentían el mayor respeto. Era el pueblo el punto de referencia fundamental de sus ilusiones ilustrado-progresistas. Las palabras con las que termina «Balance de un mundo perdido» son muy elocuentes: «¡Qué pueblo! –exclamábamos [en abril de 1931]–. ¡Qué pueblo! En ello no nos equivocábamos: lo demostró cinco años más tarde. Los errores fueron otros» (1967 a : 133).

El atributo mayor de Aub y de su Laberinto no es, por tanto, el monólogo, el canto a las virtudes –a veces lo hay, como aquí: «¡Qué pueblo!», o como más arriba, la prédica del padre–, sino la capacidad de análisis, de denuncia y también de autocrítica.

Campo de los almendros , como el resto del Laberinto , es un antídoto contra la amnesia histórica.

Y lo es no solamente por los temas de que se ocupa, sino también –y acaso sobre todo– porque no renuncia a ser, con todo lo que ello implica –hasta aquí se ha intentado un acercamiento a tan compleja cuestión– una obra artística.

Ediciones de Campo de los almendros

1968, Campo de los almendros , México, Joaquín Mortiz.

1981, El laberinto mágico VI. Campo de los almendros , Madrid, Alfaguara.

1998, Campo de los almendros , Madrid, Alfaguara.

2000, Campo de los almendros , ed. Francisco Caudet, Madrid, Castalia.

2002, Campo de los almendros , ed. Francisco Caudet, en Obras completas de Max Aub , Joan Oleza (dir.), vol. III-B: El laberinto mágico II, Valencia, Biblioteca Valenciana / Institució Alfons el Magnànim.

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