Los lectores no podían no pensar en alguna fiel imitadora de Opie o de Jane Austen, que justamente tuviera su boom durante la década de 1810. ¿Es posible que el tan mentado “relato inglés” fuera uno de la mismísima Austen? Críticos como Wayne Franklin y Barbara Alice Mann prácticamente lo descartan. La estima de Cooper por la obra de Austen está documentada. En ciertos aspectos, incluso situó su obra por encima de la de Walter Scott, entonces de moda en los círculos literarios. También le atribuyó el mérito de haber desplazado la literatura sentimental antes de que Scott fuera conocido siquiera como poeta. Parece cierto, en fin, que Cooper tuvo en mente otro proyecto antes de volcarse al que sería su debut novelístico. En una carta al editor Andrew Thompson Goodrich remitida en mayo de 1820, Cooper comentó haber estado trabajando sobre cierto “relato moral”. La fuente de esta tentativa, aventura Mann, acaso fue Emmeline , novela de Mary Brunton publicada póstumamente en 1819 que no tardó en arribar al mercado americano (dato que también encaja con las memorias de Susan). Años más tarde, Cooper citaría a Brunton a la par de Austen como uno de los más valiosos novelistas de su tiempo, sin distinción de género. Pero aun así se comprende que aquella obra en particular pudiera no ser de su agrado. James Franklin Beard, por su parte, se inclina por el nombre de Amelia Opie, cuyos Simple Tales (1807) y Tales of Rural Life (1813) cuenta entre los modelos más probables de lo que bien pudo ser una primera versión de Tales for Fifteen . Tanto llegó a extenderse el borrador –comentaría el autor más tarde– que Cooper mismo tomó la decisión de componer una novela hecha y derecha, no sin antes destruir el manuscrito original. Solo entonces habría adoptado más directamente el admirado modelo de Austen, más allá del ánimo de superación que lo moviera en un principio. De todas formas, también vale mencionar la posición de Lance Schachterle, para quien las semejanzas con una novela como Persuasion no descartan que el principal modelo de Cooper pudiera ser, todavía entonces, la narrativa de Opie.
En medio de los contratiempos que sufrió la escritura de The Spy , puede que Cooper se convenciera de que la mayor falla de Precaution –y la razón de su relativo fracaso– tal vez no radicara en la elección de sus modelos genéricos, sino en su ambientación. Su percepción del escenario inglés provenía casi exclusivamente de sus lecturas y de sus dos visitas a Londres; fue su amigo británico James Aitchison quien lo ayudó a darle mayor autenticidad. Una reseña en el Repository , por lo demás elogiosa, lamentó sin embargo que la novela no estuviera ambientada en América. Puede que, influido por su editor y otros allegados o bien por cuenta propia, Cooper se replanteara esta cuestión. Antes (o en lugar) de entregarse al trabajo que tantas dificultades le estaba ocasionando, ¿por qué no probar fortuna aplicando las convenciones de su novela anterior a un espacio americano? Puede que la hipótesis de Beard sea incomprobable; no por eso es menos sugestiva. Pero las dudas de Cooper, si las tuvo, evidentemente fueron pasajeras. Su atención se dirigió nuevamente a su novela en curso y, tras el inesperado estímulo que esta imprimió a su carrera, emprendió la proyección de una tercera novela. Mientras tanto, su compromiso con Wiley seguía pendiente. En una carta donde lo felicitaba por su éxito, el editor lo urgió a terminar los cinco American Tales que le había prometido. Desvanecido todo su interés al respecto, Cooper finalmente entregó dos relatos con la condición de que se ocultara su autoría. Lo que fuera una táctica de marketing terminó siendo, al mismo tiempo, una forma de abjuración. Casi dos décadas más tarde, Cooper declararía retener una impresión bastante favorable de “Imagination”, que dijo haber escrito en un día lluvioso, entre la vigilia y el sueño. Por el contrario, su veredicto sobre “Heart” – una pieza prácticamente inconclusa– siguió siendo tan desfavorable como lo expresara en el prefacio. Que el autor no conservara ninguna copia de los relatos es otra prueba de que, más allá de la relativa indulgencia de sus palabras, Cooper nunca llegó a ver en aquel volumen más que un poco significativo incidente del pasado.
Convertido en un lecho de Procusto donde comprimir las convenciones de la ficción doméstica británica, la especificidad del escenario americano en Tales for Fifteen conserva un lugar más bien marginal en relación con la trama. Muy particularmente “Imagination” abreva a menudo en lo sublime y lo pintoresco; tampoco desdeña las referencias toponímicas, como las tierras altas del Hudson o los yermos territorios entre Albany y Schenectady. Pero el relato todavía está lejos de los modos de articulación entre acción, paisaje y significado que caracterizarían la producción más típicamente cooperiana. La trama de una muchacha que entiende y vive la realidad a través del prisma de la ficción novelesca hace pensar en antecedentes como The Heroine (1813), del irlandés Eaton Stannard Barrett, y la célebre Northanger Abbey (1818), de Austen. Schachterle arriesga otra posibilidad, curiosa por cuanto remite a una popular novela local: Female Quixotism (1801), de Tabitha Gilman Tenney. Es posible que Cooper conociera estas obras. Sí es seguro que, por lo menos años más tarde, el autor estaba familiarizado con la obra cumbre de Cervantes. A falta de pruebas, vale recordar que los supuestos riesgos que la lectura de novelas implicaba para las jovencitas eran ya, en todo caso, un tópico bien establecido entre los moralistas de principios de siglo. Más allá de la ironía dramática con que presenciamos las fantasías y las peripecias de Julia, el humor de “Imagination” también ostenta una vena más claramente satírica. En elementos como este –que el relato deriva de los excesos y los tics de la sociedad neoyorkina del momento– Beard ha vislumbrado rasgos que el autor desarrollaría más adelante. No así la desmesura lacrimógena de “Heart”, en la que Cooper volvería a incurrir solo en forma excepcional (en sus textos polémicos y al hablar de sí mismo, dice Grossman; como una concesión a su público femenino, sostiene Beard).
Cooper no “confesó” públicamente su autoría del volumen hasta la reedición de “Imagination” en 1841. Difícilmente pudiera dañar su reputación la reaparición de un relato que, como aún hoy señalan algunos críticos, tampoco estaba por completo exento de mérito. La portada anunciaba ahora a su autor como la celebrada pluma detrás de The Spy o The Last of the Mohicans , y Cooper podía jactarse de haber logrado aquello que en su juventud pareciera un horizonte casi inalcanzable. En su prefacio a la edición revisada de Precaution , el autor afirmó que lejos había estado de planear la publicación de esa novela cuando comenzó a escribirla. Susan atribuiría a su madre el haberlo convencido de hacerlo; de lo contrario, dice en sus memorias, puede que su padre ni siquiera se hubiera esforzado en terminar la obra. No siempre es fácil distinguir entre una confesión genuina y una ritual captatio benevolentiae . Pero parece claro que aquella experiencia fue parte del calculado esfuerzo de Cooper por fundar los cimientos de una carrera cuyo gran modelo fue, previsiblemente, la del propio Scott. Sin entrar en la cuestión de su calidad (o, mejor, tomándola como parte del problema), su única tentativa con la narrativa breve –otras pocas piezas que podrían reclamar ese honor no pertenecen a la ficción sino a la crónica o el sketch – sin duda parece un excurso, un desvío efímero en la producción del autor. Pero de ahí, precisamente, el interés que estos dos relatos revisten como testimonio de su intento por medrar en el mercado al precio de adentrarse en un formato desconocido e incluso bajo un nombre falso. Parece irónico que un producto tan ajeno en prácticamente todo sentido a las obras más típicas de Cooper entroncase tan directamente –quizás más que cualquiera de aquellas– con una instancia fundacional de su vida literaria. Una excepción, claro está, pero también un fragmento perdido de su mito autoral. El giro brusco llegó pronto, sin embargo, y entonces sí surgió el Fenimore Cooper que todos conocen: el de las grandes aventuras en escenarios agrestes e inmensos, el inmortal poeta épico que supo capitalizar –en todos los sentidos del término– la gesta de los pioneros europeos en América y las feroces luchas con los pueblos nativos.
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