James Cooper - Cuentos para quinceañeras

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James Fenimore Cooper (1789-1851) se considera el primer gran novelista norteamericano de fama internacional gracias a sus historias de aventuras, en especial 'El último de los mohicanos'. Antes de consolidarse como tal, sin embargo, probó suerte con la narrativa breve y acometió la redacción de algunos relatos de índole sentimental e intimista, de los que solo acabó dos: «Imaginación» y «Corazón». Nada más publicarlos, bajo un pseudónimo femenino y con el título de 'Cuentos para quinceañeras', se desentendió de ellos, por lo que han pasado desapercibidos para gran parte de la crítica. Con el propósito de enriquecer el estudio de la etapa inaugural de la literatura estadounidense, presentamos la primera versión en español y la edición crítica de estos textos olvidados que constituyen un eslabón perdido en la historia del cuento norteamericano.

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Si se hace la casi inevitable comparación con su estricto coetáneo Washington Irving (1783-1859), que hizo de la forma corta su favorita (predeciblemente se había formado en el periodismo, como satirista y cronista), y que instaló el problema fundacional de lo europeo versus lo americano (que Henry James y Edith Wharton luego explotarían), saltan a la vista las diferencias: Fenimore Cooper evitó el periodismo y las formas breves lo más que pudo, y se apasionó tanto con América que el Viejo Continente no le produjo mayor vértigo. Pero por sobre todo, más allá de abundantes páginas sobre cuestiones náuticas y militares y otros escritos sobre temas de interés general, lo que más se destaca es su concentración con la épica de largo aliento. Y era comprensible: hasta entrado el siglo XIX, las novelas siguieron siendo una vía de prestigio artístico y, ante todo, un buen negocio, pues se vendían a raudales y se publicaban en dos o tres tomos, normalmente a lo largo de varios meses (nuestro autor, por caso, publicó la mayoría de sus largas novelas de a dos tomos en su país natal y de a tres en Inglaterra).

Por la otra forma literaria que podía conceder fama y dinero al mismo tiempo, el teatro, es palmario que Fenimore Cooper apenas se interesó. Como Edgar Allan Poe (que oportuna y críticamente reseñó la novela Wyandotte ), solo ensayó una vez el drama: la comedia Upside Down, or, Philosophy in Petticoats (1850); que se haya representado cuatro veces y que se conserve solo un fragmento de la pieza – pese al éxito que el dramaturgo de turno había obtenido como novelista– delata el fracaso de la obra y la indiferencia del autor (que pese a todo embolsó unos jugosos 250 dólares por los derechos). En este punto hay que pensar, asimismo, que escribir dramas y comedias a la sazón era rentable en Europa, pero no en los Estados Unidos, dotados de una escasa infraestructura apropiada y por ende de un reducido público, amén de cierta herencia puritana esencialmente antiteatral.

Tales y stories

Más allá de un par de informes o crónicas sobre fenómenos naturales –un eclipse, un lago escondido– o rarezas culturales de su país –como los vapores de los ríos del sur–, James Fenimore Cooper eludió la ficción breve: sólo compuso dos relatos, y bajo un seudónimo femenino. No hay que dejarse confundir, sin embargo, por la indeterminación genérica que surge de la designación de sus obras: en el inglés de su época, novelas y cuentos se denominaban “ tales ” por igual, y no existía la diferencia editorial entre novel –al principio un tecnicismo– y tale o short story , que progresivamente se haría imprescindible para mercadear libros. Las piezas breves recibían otras etiquetas, y hasta la consolidación del relato breve, en general tale designaba casi siempre una novela y sketch , siempre una pieza corta y no necesariamente ficticia (piénsese por ejemplo en los Historical Sketches de Brockden Brown, escritos entre 1803 y 1807 aunque publicados en forma póstuma, y más célebre, el heterogéneo Sketch Book de Washington Irving, aparecido entre 1819 y 1820).

Al día de hoy, puede constatarse que James Fenimore Cooper ha quedado casi exclusivamente relegado a la etiqueta de novelista oficial de la gesta colonial norteamericana (más allá de su relativa sensibilidad para con los pueblos nativos), 1y es dable pensar que su nombre y su fortuna literaria estén ligados a la posición de los Estados Unidos en el concierto mundial. Sin dudas, es un autor que ha ido perdiendo lustre conforme la literatura de su país se fue poblando de nombres y figuras, empezando por Washington Irving y siguiendo por Nathaniel Hawthorne y H. W. Longfellow (Poe y Herman Melville tardarían un poco más en consagrarse). En su apogeo, que llegó a ser resonante (a mediados de siglo era probablemente el autor estadounidense más leído fuera de su país), lo parodiaron figuras como W. M. Thackeray y Francis Bret Harte de un lado y otro del Atlántico. Y como se sabe, las parodias de un autor o de una obra puntual delatan que la cosa ha llegado a su cumbre y comienza a declinar… Su hija mayor, la escritora Susan Fenimore Cooper (1813-1894), prosiguió el oficio de su padre y no solo llegó a obtener cierto renombre como autora, sino que además hizo mucho por mantener y divulgar la obra de su ilustre progenitor, pero no pudo hacer milagros. El primer golpe duro al renombre de James Fenimore Cooper lo asestó sin duda Mark Twain (¡cuándo no!), con su libelo –mordaz como toda página suya– “Fenimore Cooper’s Literary Offenses”, aparecido en 1895 (póstumamente se dio a conocer otro texto similar: “Fenimore Cooper’s Further Literary Offenses”, que luego sería reeditado como “Cooper’s Prose Style”). A continuación, la fama se fue opacando, las juventudes se volcaron a Jules Verne o Karl May, y por si fuera poco, el Far West fue sustituyendo en la mente de la gente al atractivo que a comienzos del siglo XIX todavía podía ejercer la colonización de Norteamérica: California pasaba a ocupar el lugar de la Bahía de Hudson, y los cowboys eran tanto más fascinantes que los mohicanos.

El texto

Es casi seguro que James Fenimore Cooper compuso Tales for Fifteen en 1821, mientras intentaba salir adelante con la que sería su primera novela exitosa (y que en cierto sentido podría considerarse la primera novela estadounidense cabal y propiamente dicha): The Spy. A Tale of the Neutral Ground (1821). Su intención inicial fue componer cinco historias (a juzgar por el anuncio de 1822 en el Literary and Scientific Repository , estas habrían de titularse “Imagination”, “Heart”, “Matter”, “Manner” y “Matter and Manner”), pero solo acabó dos, y a duras penas, pues la segunda, como él mismo lo reconoció en su breve prefacio heterónimo, fue terminada de apuro. Las cartas a un editor posterior confirman que el móvil principal fue el dinero que podría obtenerse de la publicación, que finalmente tuvo lugar a mediados de 1823. Pero el mayor interesado resultó no ser el propio Cooper (menos aun tras el formidable éxito de The Spy , que le dio renombre internacional) sino Charles Wiley, su editor: un imprentero de New York que por entonces atravesaba una delicada situación económica y a quien el autor accedió a ayudar como un gesto de amistad. De esta explicación se haría eco Susan, la hija del escritor. Pero el camino entre la concepción de la obra y su publicación fue más tortuoso de lo que parece. Puede que su génesis se remontase a un tiempo en que Cooper ni siquiera había ingresado en la escena literaria, excepto (si se quiere) como un ávido lector. Atraído desde niño por las novelas y otras lecturas, su pasión lo llevó a familiarizarse con las producciones de autores británicos y americanos desde el siglo XVII hasta el presente. Pero incluso una vez dados sus primeros pasos como escritor (sin contar algunos experimentos líricos juveniles), la perspectiva de desarrollar una carrera literaria y además vivir de ello siguió pareciéndole, por un tiempo, cuando menos remota. Para un autor novel y americano aún era difícil abrirse camino, y para colmo Cooper se encontraba al borde de la bancarrota. Los horizontes de su carrera empezaron a perfilarse, sin embargo, en lo que se consideraría un episodio fundacional tanto en la vida del futuro escritor como en la historia de la literatura norteamericana.

La anécdota en cuestión –reiterada por Susan en varias ocasiones, con ligeras variantes– evoca a Cooper leyendo una novela en voz alta para su esposa, según era su costumbre. Se cuenta que, ya mal predispuesto por el título y la tapa del volumen, el antiguo oficial de marina no tardó en interrumpir la lectura para apostar que él mismo podría escribir algo mejor y fue su esposa quien selló el desafío. La anécdota originaría incluso una tradición crítica –todavía en boga a mediados del siglo XX– según la cual Cooper habría aprovechado la práctica de la lectura en voz alta como pretexto y como coartada para una afición que hubiera podido juzgarse poco “masculina”, caracterización que parece decir más de la victoriana Susan que de su padre. Varias hipótesis se han tejido en torno a la identidad de aquel “relato inglés”. Susan creyó recordar que se trataba de uno de Amelia Opie o de alguien “de su escuela”. Su padre, según esta versión, había decidido componer una imitación que a la vez superara el original. Cooper se enfrascó en la escritura a un ritmo frenético –que sin duda exageró en una carta– sin dejar de compartir los avances diarios con su familia y con algunos conocidos. El producto final de este experimento fue Precaution (1820), su primera novela, que sugestivamente publicó en forma anónima y que fue atribuida a una dama inglesa.

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