Emília Bolinches Ribera - Pilar Soler

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La vida de la luchadora incansable, Pilar Soler (1914-2006), se recoge en este libro. Pilar vivió una época social y políticamente convulsa: II República, Guerra Civil y posguerra franquista. Todo ello en el seno de una familia anticonvencional. Hija de madre soltera y de padre no reconocido aunque muy conocido -Félix Azzati-, Pilar se hace de forma natural republicana, comunista y feminista. Tres causas de las que se alimentaba su rebeldía. Y por esas tres causas luchó y padeció injusticia, pobreza, soledad, cárcel y tortura, clandestinidad y exilio y falsa identidad durante 26 años. Confiesa que en la clandestinidad pasó miedo pero siguió luchando, militando, comprometiéndose y jugándose la vida por unas ideas que la llevaron incluso a tener que separarse de su hija durante veinte años. Nada le fue fácil. ?Me iré contenta?, dijo. Y nos dejó su vida.

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II. EN LA PRISIÓN-CONVENTO DE SANTA CLARA

Cuando Pilar, su niñita y su madre llegaron a la prisión del convento de Santa Clara las separaron. A la madre la colocaron en una de las celdas del piso superior con siete u ocho presas más, pero como Pilar iba con su niña la instalaron en la sala grande de la planta baja. La sala quedaba en la parte izquierda del patio porque la derecha la ocupaban las cocinas y otros departamentos carcelarios. Pues bien, en aquella gran sala se veía un rincón situado a la izquierda en donde se alineaban seis o siete camastros. Allí habían colocado a las gitanas con sus churumbeles, como ellas los llamaban. Y en la cama libre que quedaba, al fondo de ese rincón, colocaron a Pilar y a su niñita, Mari Luz.

Pronto las dos mujeres se dieron cuenta de que en esa cárcel el régimen era muy severo. Después del desayuno todas las presas bajaban al patio, donde prácticamente pasaban todo el día. Incluso allí mismo les llevaban el rancho a mediodía. Un rancho que se hacía, lo hacían las presas de la cocina, con los restos de las verduras y los desperdicios que se recogían de los mercados, sobre todo del mercado Central, y que llegaban en camiones diariamente. Tenía que llover a cántaros para que subieran a las mujeres a las celdas antes de su hora acostumbrada. Únicamente las presas con niños estaban dispensadas de este régimen. Decían que el régimen de las madres era mejor porque en el patio, o hacía mucho frío, o hacía mucho calor y, por tanto, era mejor que se quedaran resguardadas de las inclemencias del tiempo en la sala con los niños.

Pero para Pilar el tiempo que pasó en aquella sala grande fue como un tormento añadido al que significaba estar en la cárcel. Se pasaba el día en aquel rincón tirada en su camastro, sobre una especie de bolsa con un poco de paja y con su niñita, que apenas tenía tres meses, en brazos. Como el rancho era tan malo y el suplemento que daban a las madres para los niños era solo un poco de leche para los biberones o para beberla en vaso, y se trataba de una leche que en su mayor parte era agua, los niños hambrientos se pasaban las horas llorando y las mujeres se pasaban el día, o bien pegando a los niños porque estaban nerviosas, o bien intentando hacerlos callar. Pero lo cierto es que no se callaban. Aquel rincón fue un auténtico calvario para Pilar. Su niña, mal alimentada y con sarna de arriba abajo, tampoco dejaba de llorar. Y las gitanas todo el tiempo pegaban a sus churumbeles. Las pobres mujeres no tenían ni idea de cómo cuidar a los niños en esas circunstancias. El único alivio de Pilar era el rato que podía ver a su madre porque era la única persona con la que podía desahogarse un poco.

–Si no me sacan de ese rincón me volveré loca…

Pero luego comprobaba que a su madre aquello le influía tan negativamente que le entraba un cargo de conciencia grande por haberle infringido ese dolor. Así que la situación se hizo tan insostenible que tuvieron que pedir a la familia de su marido, Gonçal Castelló, o sea, a sus suegros y a su cuñada, que vivía con ellos, que se llevaran a la niña. Se la llevaron y a Pilar la subieron a las celdas del primer piso con su madre. También fue un traslado traumático. Después de subir la escalera había que pasar por un rincón oscuro y luego por un pasillo de acceso a las celdas. Pues bien, en aquel rincón oscuro estaba una niñita que había muerto el día anterior. Su madre le había contado que cuando un niño o niña moría lo ponían en ese rincón y ella había contestado rápidamente:

–Si a mí se me muere mi niña y me obligan a ponerla ahí, eso sí que no lo soporto.

Porque sin haberlo visto ya se lo imaginaba y la horrorizaba. El cuadro era dantesco y las presas lo vivían como un castigo, aunque oficialmente las monjas decían que era para que al pasar pudieran rezar por la criatura. Pero ese día en que Pilar había entregado a su hijita, cuando vio aquello le pareció como una siniestra premonición. Aunque, afortunadamente, Mari Luz estaba ya a salvo y el sacrificio de no estar con ella había valido la pena. Solo alguna vez, desde aquella celda, subida a los petates y a todo lo que tenían a mano para alcanzar la reja de la alta ventana que daba a la calle, Pilar pudo ver a su niña de lejos, cuando su cuñada Concha Castelló la llevaba a pasear por allí para que su madre pudiera verla.

Durante todo el tiempo que Pilar estuvo en prisión, en la de Santa Clara y en la del paseo de la Pechina, no tuvo noticias de su marido. Ella intentó en vano contactar con él. Primero supo que estaba escondido en casa de sus padres y que allí entró en contacto con la resistencia, con compañeros que se habían quedado en Valencia. Con ellos fueron formando pequeños grupos y había debates entre ellos sobre qué podían hacer, quiénes de ellos debían quedarse y quiénes pasar la frontera. Y mientras estaban discutiendo todas estas cuestiones, lo detuvieron. Detuvieron a varios de ellos y parece que alguien había «cantado». Un día que Pilar está en misa, una mujer que hacía la cocina le dice al oído:

–Te traigo un papelito que anoche entregó una prostituta para ti.

Las putas eran muy solidarias con ellas y Pilar no se extrañó. Así que le pasaron el papelito escrito por Gonçal donde decía que estaba detenido en la cárcel Modelo y que habían preguntado por ella. «Y para que se callaran –le escribe su marido– les he dicho que estabas ahí condenada a treinta años». Pilar cae en la cuenta de que para salvarse, la ha metido en un buen lío. Porque resulta que Pilar estaba en la cárcel como una mujer detenida porque estaba en casa de Consuelo Barber, pero no estaba denunciada como Pilar Soler, ya que su expediente aún no había salido a relucir. Prueba de ello es que cuando llegaban algunas mujeres de la comisaría que iban a ingresar en la cárcel, al ver a Pilar se quedaban de una pieza.

–Nos han preguntado por ti y les hemos dicho que no sabemos nada. Si la policía se entera de que estás en la cárcel…

–Callad, a ver si aún me salvo.

A partir de ese momento Pilar vivió con el temor de que en cualquier momento apareciera el juez. Pero, afortunadamente, no se sabe por qué, no fue nadie. La verdad es que había mucha desorganización entre policía, militares y falangistas. Y eso la salvó.

Pilar supo que su marido, que estaba en la cárcel cumpliendo condena, había salido unos días con motivo de la muerte de su padre. Pero al parecer se había paseado por las calles de Valencia, y los falangistas lo habían visto y lo habían denunciado. Por eso volvía a estar de nuevo en la cárcel Modelo. Pilar quiso hablar con él, pero eso era imposible. Hubo de conformarse con escribirle unas notas. Entonces las comunicaciones entre presos y presas eran muy difíciles. Únicamente tenían permiso para escribir una tarjeta al mes. Así que Pilar no dejó de escribirle porque a fin de cuentas seguía siendo su marido y había cosas importantes que debía saber, como el nacimiento de la niña. Pero a pesar de los repetidos intentos de comunicarse, lo cierto es que él nunca le contestó. Pilar también supo que mientras Gonçal estuvo en la cárcel, su madre le llevaba comida todas las semanas. Y ni a Pilar ni a su niña les llegó jamás ni una sola botella de leche.

Poco a poco Pilar se fue haciendo a la idea de que, aun sin mediar ni una sola palabra, la separación de los dos era un hecho. Pilar y su madre solo recibían de tanto en tanto una cassoleta d’arròs que les traía la familia de Silla cuando iban a verlas. Pero había que salvar a la niña de una muerte segura si se quedaba en la cárcel, por eso, después de pedírselo a Gonçal, sin obtener respuesta, se dirigió directamente a la familia de éste y consiguió que se llevaran a la niña una vez muerto su suegro. Cuando Gonçal salió de la cárcel, gracias a las gestiones de los buenos abogados que contrató su familia, se refugió en casa de sus padres y tampoco entonces se comunicó con Pilar ni fue a verla. La dureza de la vida de la cárcel, la separación de su hija, el abandono de su marido y la derrota de la guerra la sumieron, durante un tiempo, en un estado de abatimiento fatal. Aquello la dejó fuera de combate, pero solo por unos días. El temperamento batallador, seguramente heredado de su padre, nunca la abandonaría del todo. De esta manera, en cuanto se recuperó encabezó una permanente y, en ocasiones, imprudente reivindicación carcelaria entre sus compañeras de celda.

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