El ministro protestante apareció tras la Reforma protestante del siglo XVI, como un rechazo consciente a la concepción católica tradicional del sacerdote. De ahí que las diferencias sean fundamentales, hasta el punto de llegar a producir divisiones de larga duración entre los cristianos. No es mi intención hacer hincapié en las diferencias, pero considero que es indispensable que seamos conscientes de ellas, pues afectan a nuestro entendimiento del clero. Más aún para aquellos de nosotros que vivimos en sociedades cuya historia ha sido esculpida por el cristianismo protestante.
En un momento volveremos a centrarnos en esas diferencias. Por ahora, basta con que examinemos qué enseña la Iglesia Católica sobre el sacerdocio.
Por el bien de los sacramentos
Me gustaría dejar claro desde el principio que los sacerdotes son también ministros. Son ordenados para cumplir su ministerio. Y dado que la palabra ministerio significa «servicio», los ministros son siervos. El catecismo de la Iglesia deja muy claro que la vida de un sacerdote está consagrada «al servicio de»[1] sus feligreses. Tras la ordenación, considerará el resto de su vida como un «periodo de servicio». Lo que haga durante su ministerio deberá medirse «según el modelo de Cristo, que por amor se hizo el último y el servidor de todos. El Señor dijo claramente que la atención prestada a su rebaño era prueba de amor a Él»[2]2.
Ahora bien, un hombre puede servir de formas muy variadas a las personas de su comunidad. Puede cortar el césped de sus jardines, preparar sus impuestos, organizar los banquetes de bodas o cambiar el aceite a los coches, y todos estos propósitos serán nobles. No obstante, no es la manera en que un sacerdote es llamado a servir.
El Nuevo Testamento es bastante específico respecto al ministerio y a las principales obligaciones de los sacerdotes. Éstas son rituales y expiatorias, tal como leemos en la Carta a los Hebreos: «Porque todo Sumo Sacerdote, escogido entre los hombres, está constituido en favor de los hombres en lo que se refiere a Dios, para ofrecer dones y sacrificios por los pecados» (Hb 5, 1). ¿Qué podemos deducir de esto? Que un sacerdote es alguien que ofrece sacrificios. Es un mediador entre Dios y la humanidad. Y ésta es la verdadera naturaleza de su servicio.
Cuando Jesús ordenó trabajos específicos a sus apóstoles (de forma colectiva), estos trabajos eran invariablemente sacramentales y rituales. Lo vemos en cada uno de los Evangelios. Jesús ordenó a sus apóstoles que bautizaran: «Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos» (Mt 28, 19). Les ordenó que dijeran Misa: «Y tomando pan […] lo partió […] diciendo: Esto es mi cuerpo […]. Haced esto en memoria mía» (Lc 22, 19). Les otorgó el poder de escuchar confesiones y absolver a los pecadores: «A quienes les perdonéis los pecados, les son perdonados; a quienes se los retengáis, les son retenidos» (Jn 20, 23). Les envió a ungir a los enfermos: «Y llamó a los doce y comenzó a enviarlos […]. Y […] ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban» (Mc 6, 7-13).
Por ello, tanto entonces como ahora, el principal trabajo del sacerdote es litúrgico y sacramental. Un sacerdote puede ofrecer consejo, gestión, recaudación de fondos, y muchas otras cosas, pero se trata de trabajos puramente secundarios en su vida, ya que ha sido ordenado para el ministerio sacramental.
Así ocurrió en tiempos de Jesús, y así viene ocurriendo desde entonces. Este entendimiento del ministerio, sin embargo, era bastante reciente en tiempos de la Nueva Alianza. De hecho, se usa la misma palabra tanto en hebreo como en griego para describir el culto ritual y el trabajo manual. El término puede interpretarse como servicio (trabajo servil) o como liturgia. Incluso a día de hoy, nos referimos a nuestros actos de culto público como «servicios» y como «liturgias».
Por cualquier otro nombre
Esta dimensión sacramental es lo que convierte el ministerio católico en «sacerdotal». Cuando los autores bíblicos hablaban de los «ministros» del tabernáculo o del Templo, utilizaban una palabra especial para describirlos. En griego era hiereus, cuyo significado literal es «persona sagrada». Pero en inglés se suele traducir esta palabra como «priest», y en español, como sacerdote. Este título no significaba que esos hombres fuesen especialmente sabios, bondadosos o justos. Simplemente significaba que eran personas escogidas para las funciones sagradas. Su trabajo era sagrado porque Dios así lo había ordenado, no por ningún valor intrínseco del sacerdote.
Por ello, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, los términos sacerdote y ministro se utilizan hasta cierto punto de manera intercambiable. Los sacerdotes cumplían con el ministerio expiatorio, prestando un servicio a la entera comunidad. San Pablo comprendió su misión en sentido sacerdotal. Habló de su llamada como de «la gracia que me ha sido dada por Dios de ser ministro de Cristo Jesús entre los gentiles, cumpliendo el ministerio sagrado del Evangelio de Dios» (Rm 15, 15-16).
Con la llegada de Cristo se produjo un «cambio en el sacerdocio» (Hb 7, 12). El propio Jesús era ahora sacerdote de la Nueva Alianza. De hecho, San Pablo habló de Jesús como sacerdote expiatorio a la vez que víctima expiatoria (cfr. Ef 5, 2).
Pero Jesús también compartió su sacerdocio con aquellos hombres a quienes designó como apóstoles; les ordenó que observaran los ritos que él estableció, los sacramentos de la Iglesia, los sacramentos de la Nueva Alianza. Como sacerdote de Cristo, San Pablo podía reclamar los derechos anteriormente reservados solo al sacerdocio del Templo de Jerusalén. «¿No sabéis que los que se dedican al culto reciben el sustento del culto, y que los que sirven al altar participan del altar? Así también ha ordenado el Señor a los que anuncian el Evangelio, que vivan del Evangelio» (1 Co 9, 13-14).
El término inglés priest (presbítero en español) procede de otro término del Nuevo Testamento, del griego presbuteros (que los latinos redujeron a prester). La palabra aparece con frecuencia en el Nuevo Testamento, y suele traducirse como «el mayor». En la Carta de Santiago (5, 14), por ejemplo, se describe a los hombres (sin duda alguna en referencia a los cristianos más maduros) que recibieron la llamada al ministerio sacramental. Ahí los vemos ungiendo a los enfermos y perdonando los pecados.
¿Qué hace a un sacerdote ser lo que es?
A diferencia de los sacerdotes de la Antigua Alianza, el sacerdocio de Jesucristo no le llegó a los hombres por herencia o descendencia carnal. Les llegó por vocación. Cristo miró a los hombres a los ojos y les dijo: «Seguidme» (por ejemplo, en Mt 4, 19 y 9, 9). De ahí en adelante, fueron separados para el servicio.
Llegado el momento oportuno, esos hombres transmitieron su ministerio sacerdotal mediante un rito sacramental: la imposición de manos (cfr. Hechos 6, 6). Los apóstoles impusieron sus manos ritualmente sobre aquellos hombres que se convertirían por ello en sus colaboradores y sucesores. Mediante este rito de ordenación, los apóstoles confirieron el don del sacerdocio a una nueva generación (cfr. Tm 1, 6). Y así se ha ido transmitiendo a través de los milenios, hasta llegar a los sacerdotes que nos sirven en la actualidad.
Mediante esta acción, quienes son ordenados reciben el Espíritu de Jesucristo, y de este modo reciben el poder para realizar acciones que resultan totalmente divinas.
Tan estrecha es su comunión con Jesús que le representan (le re-presentan). Cuando San Pablo perdonaba pecados, aseguraba hacerlo en prosopo Christou (2 Co 2, 10). Este término griego, prosopo, está plagado de connotaciones. Literalmente significa «rostro», pero también puede significar «persona» o «presencia». En nuestro idioma, estas palabras y otros términos cercanos tienen significados que se solapan. Si estoy presente, estoy aquí en persona. Y mi persona es otra palabra utilizada para definir el rostro que te muestro.
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