Sin embargo, hemos de admitir que los estereotipos dominan los medios de comunicación, al igual que dominan la conciencia de tantos chicos jóvenes (y de otros muchos no tan jóvenes). Cuando el joven Joe Freedy aseguró que su vida giraba en torno «al fútbol y a su propia imagen», la imagen que tenía en mente era sin duda la de ese «gran tipo» que mostraban los anuncios publicitarios de cerveza en el descanso del partido. En cierto momento aprendió que el machismo no satisface, no completa al hombre, y descubrió algo que sí lo consigue.
La verdad oculta sobre los hombres
¿Por qué tantos hombres buscan satisfacción donde no la hay? ¿Por qué nos aferramos a ciertas caricaturas en lugar de a lo verdadero? ¿Por qué creemos en la masculinidad distorsionada que nos ofrecen los medios de comunicación?
Creemos en todo ello precisamente porque son caricaturas, falsificaciones, estereotipos. Todas estas falsedades están basadas en una verdad de la que dependen, aunque la simplifican, distorsionan o exageran en exceso.
Cuando los medios de comunicación reflejan al hombre como libidinoso, agresivo y avaro, están distorsionando en extremo los auténticos roles del varón (roles paternales), es decir, de dador de vida, protector y abastecedor. En el curso habitual de la vida familiar, un padre es progenitor; da vida a través de la expresión sexual del amor hacia su esposa. En el curso habitual de la vida familiar, un padre es quien defiende a la familia de amenazas externas; y en casos extremos esto puede conllevar una intervención violenta. En el curso habitual de la vida familiar, un padre abastece a su mujer y a sus hijos, no solo como la persona que trae el pan y el sueldo a casa, sino también como sabio consejero, paciente maestro y estable apoyo emocional.
¿Qué ocurre cuando estos roles se ven seccionados entre sí, escindidos de la paternidad, privados de su significado religioso y profundamente teológico?
Cuando esto ocurre, nos encontramos en la sociedad con hombres como los que aparecen en los medios de comunicación.
Y cuando esto nos ocurre a nosotros personalmente, nos hundimos en una profunda frustración, confusión e insatisfacción.
Lo que espero lograr en el trascurso de este libro es recuperar la verdad bíblica y teológica sobre el sacerdocio y la paternidad. He aquí el porqué: ambas realidades están profundamente relacionadas entre sí. Es más, describen los roles para los que los hombres (varones) fueron creados. Dios creó a los hombres para ser padres. Los llamó hombres para que fuesen padres. Y nuestros corazones seguirán inquietos hasta que descansemos dentro del rol para que el que fuimos creados, cuerpo y alma, y para el que fuimos llamados por Dios y por su Iglesia.
Soy un hombre felizmente casado, un padre orgulloso de sus cinco hijos y una hija, y abuelo de tres criaturas. Doy gracias a Dios por la paternidad que me ha otorgado. Y aun así, creo que ha conferido una paternidad más perfecta, y en última instancia más satisfactoria, a Joe Freedy y a quienes Él ha llamado al sacerdocio.
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Me estoy adelantando. Esta es la verdad que deseo esclarecer en el resto del libro. Una verdad que Dios ha revelado desde el inicio de la creación, en la naturaleza y en las Escrituras. En los próximos capítulos, rastrearemos la argumentación que nos proporciona la «historia de la salvación», destacando el desarrollo de la paternidad y el sacerdocio de los hombres de Dios, cuando se empeñan en llevar a cabo su misión, entre éxitos y fracasos.
Si entendemos el punto de vista de Dios acerca de la paternidad y el sacerdocio, estaremos mejor preparados para ayudar a los hombres a discernir su vocación y vivirla con fidelidad, pues muchos son los llamados. De hecho, todos los hombres sienten la vocación de la paternidad de una u otra forma. Pero muchos son llamados a la paternidad del sacerdocio.
¿Qué es un sacerdote? La respuesta a esta pregunta se extiende a lo largo de la Biblia, pero se desprende de las enseñanzas de la Iglesia. Revisaremos las enseñanzas católicas básicas antes de explorar su poderosa fundamentación en las Escrituras.
¿Recuerda el lector el libro que cambió la perspectiva de Joe Freedy respecto al culto y que dio un giro al curso de su vida? Bien, mi oración se dirige a que este pequeño libro pueda hacer por el sacerdocio lo que aquel libro hizo por la misa, al menos en el caso de un quarterback en Buffalo, Nueva York. No es la vanidad lo que alienta mis esperanzas. Hablo desde el punto de vista de la experiencia. He escrito varios libros, y sé que escribir conlleva una ardua tarea para el autor.
Sin embargo, cuando se hace correctamente, leer puede convertirse en una colaboración entre el lector y el Espíritu Santo; y es en ese momento cuando la lectura de un libro es mucho más grandiosa que su escritura. Si logro que al menos un puñado de lectores acuda al Espíritu cuando lea estas páginas, mi plegaria habrá sido escuchada.
2. EL DENOMINADOR COMÚN DEL SACERDOTE
Revisión de los puntos básicos
Me crié presbiteriano, aunque en un vecindario en el que habitaban abundantes familias católicas. Por ello, no tardé mucho en darme cuenta de que mis amigos católicos eran distintos de mí y de mis amigos protestantes en numerosos aspectos. Tomemos como ejemplo la geografía. Tendíamos a marcar las lindes municipales de acuerdo con los distritos escolares: ¿Tú vas a Mount Lebanon o a Bethel Park? Con sólo cruzar una calle, acudías a un colegio de secundaria diferente. Podrías considerarte en un país totalmente diferente.
Por su parte, los católicos dividían el territorio por parroquias. ¿Vas a la de St. Bernard o a la de St. Germaine? E incluso daban un paso más en la geografía católica, pues cada parroquia era identificada por su párroco: Father Lonergan en la de St. Bernard, y Father Hugo en la de St. Germaine. En cierto modo me asombra que, aun habiendo crecido como presbiteriano, todavía me acuerde de estos detalles después de tantos años. En las clases de geografía del colegio tuve que memorizar las capitales de los principales países del mundo, y posiblemente no pueda citar hoy en día ni la mitad de ellas. No obstante, sí que recuerdo con claridad los nombres de las parroquias y de sus párrocos, a quienes jamás conocí. No importa, pues los países y sus capitales aparecen y desaparecen, mientras que las parroquias siguen en pie en su lugar, y los parroquianos todavía veneran los nombres de aquellos pastores.
Los católicos saben quiénes son sus sacerdotes, de eso no cabe duda. La pregunta es, ¿tenemos nosotros igual de claro qué es un sacerdote? Quizás no.
No es un simple trabajo
Si hubiese preguntado a mis antiguos amigos del vecindario, seguramente me habrían explicado que un sacerdote es a la parroquia católica lo que un ministro es a la iglesia protestante. Es el director general de todas las operaciones, la persona que preside el culto cada domingo.
En cierto modo así es. El «trabajo» que un sacerdote realiza a lo largo de una semana cualquiera puede mostrar en apariencia numerosas similitudes con el «trabajo» de un ministro protestante, cargo que yo mismo ocupé durante cierto tiempo antes de convertirme al catolicismo. Como pastor presbiteriano, prediqué sermones, aconsejé a la gente y visité a los enfermos. Me preocupé por las goteras del tejado de la iglesia, trabajé con las congregaciones de los «grupos de los mayores» y participé en programas para la recaudación de fondos. Todas estas obligaciones eran comunes a las del clero católico en las parroquias de la ciudad.
Sin embargo, existían otras diferencias más amplias y profundas entre nosotros, ministros protestantes, y ellos, sacerdotes católicos. Del mismo modo, existen diferencias amplias y profundas en la forma en que los sacerdotes católicos y los ministros protestantes entienden su oficio, su trabajo y su vida.
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